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Vida después de la tinta

- 15 julio, 2013 – 10:59Sin comentarios
Clarisa LealCuando tomo entre mis manos un libro me asaltan varias cuestiones: ¿Cuánto tiempo lleva editado? ¿Es un autor conocido, reconocido o novel? Y sobre todo ¿cuánto tiempo se pasó el manuscrito en un cajón hasta poder ver la luz y ser disfrutado por el resto? Muchos tenemos textos que permanecen  a la sombra como delincuentes comunes, olvidados en un cajón, suplicantes de ser aireados aunque sólo sea para gozo y disfrute de unos pocos, de esos que nos dirán lo fantástico que ha sido leerlo, lo emocionante de tal o cual capítulo y “no lo dejes, sigue, escribe, tú vales”. Pero lanzarse al mundo editorial es algo bien distinto. Aquí ya no se disfrutan de las palmaditas en la espalda ni de la benevolencia de los que buenamente te quieren y aprecian. Se dejan de lado los intereses emocionales para adentrarse en los económicos. Hay mucho de todo, bueno, malo y regular y la frase de “estar en el lugar adecuado y en el momento justo” cobra todo su sentido. Un sentido hiriente y vergonzoso cuando, meses y meses de trabajo escribiendo folio a folio, se ve echado por tierra por las diferentes opiniones que dan de él las editoriales. Y si no que se lo digan a los grandes escritores, esos que en la actualidad consideramos de “culto” y que no tuvieron, digámoslo así, un camino de rosas para alcanzar el status que gozan en la actualidad. A ellos dedico hoy este artículo. A su tesón, a sus ganas por mostrar su trabajo pese a todo, pese a todos. tinta¿Quién podría imaginar que a un Premio Nobel de Literatura le rechazarían cualquiera de los textos escritos en su vida? Que se lo digan al británico William Golding. Su clásico de la literatura de posguerra, “El señor de las moscas”, fue rechazado por las editoriales más de veinte veces. Incluso, después de ser editado, no disfrutó de mucha difusión aunque, años más tarde, pasó a formar parte del listado de los libros de lectura obligada en colegios e institutos. Algo parecido le ocurrió al “Diario de Ana Frank”, rechazado por quince editoriales antes de ver definitivamente la luz, y permanecer en el nº 1 de libros más vendidos en Reino Unido durante 20 semanas consecutivas. Decía Borges de James Joyce: “Es indiscutible que Joyce es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizá el primero. En el “Ulises” hay sentencias, hay párrafos, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare”. Pero este “Ulises” al que hace referencia el argentino, fue rechazado y calificado como obsceno. Qué incongruente que una novela, considerada como la mejor de la lengua inglesa del siglo XX, hubiese sido tan maltratada en sus principios. También  los autores de literatura infantil han sufrido  diferentes varapalos, devueltos luego con creces a aquellos que no supieron ver un filón y que perdieron la oportunidad de llenar sus arcas a manos llenas. Y si no que se lo digan a esos que obviaron a J. K Rowling y su archiconocida saga de niños aspirantes a brujos, “Harry Potter”. Seguro que después de descubrir el sonado éxito utilizaron las escobas y no, precisamente, para volar. Los versos de Sylvia Plath o Gertrude Stein, la primera novela de Samuel Beckett, la “Lolita” de Nabokov, los primeros manuscritos de Stephen King, textos y textos, devueltos o destruidos por no tener, a vista de unos cuantos ojos, la calidad suficiente para ser impresos y lanzados al mundanal ruido. Textos y textos que, si han llegado a nuestras manos hoy en día, ha sido por el trabajo infatigable del autor y las ganas de seguir luchando pese a las vicisitudes y las negativas. Y es que, quieran algunos o no, hay vida después de la tinta. El laberinto del verbo Clarisa Leal
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