La Navidad y sus sucedáneos

Fermín Gassol Peco. Director Cáritas Diocesana de Ciudad Real.- Dios ha nacido. El Amor ha hecho posible que Quien es inabarcable entre en el tiempo para que lo pequeño se pueda hacer inmenso; el Amor se ha hecho Palabra; el Amor lo explica todo…sin tener que decir nada; el Amor es silencio y es mirada; Navidad es Quien nace en estos días en el interior de nuestras almas.
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“Si no existiera la Navidad habría que inventarla”. Con estas palabras se dirigía al público un conocido director de orquesta al término de un concierto. Un deseo al que sin duda se sumarían muchísimas personas en el mundo. Sin embargo, como bien dijo, la Navidad ya está “inventada”. Este suceso acaeció en un pequeño lugar llamado Belén de Judá hace dos mil años. Ese fue y sigue siendo el origen de la Navidad, de la auténtica Navidad y así la celebra el mundo cristiano desde entonces.

El término sucedáneo tiene varias acepciones. Puede hacer referencia a aquello que aparentando poseer propiedades similares, no contiene la riqueza de lo que desea parecer; también se utiliza para definir aquello que es pura imitación más o menos conseguida del objeto auténtico.

Con la Navidad sucede igual. La auténtica Navidad, la que da verdadero contenido a la celebración de estas fechas, la de año nuevo es otra fiesta a la que no pretendo hacer referencia en estas líneas, es la conmemoración del Nacimiento de Jesús en un pesebre…porque no hubo lugar para ellos en la posada. Un Niño que nos anuncia el Acontecimiento de la Salvación, que desde su inocencia, desnudez y pequeñez, nos trae nada menos que el regalo de poder vivir eternamente. Esta es la Navidad, la original Buena Noticia que a través de los últimos veinte siglos se viene conmemorando en muchos lugares de la tierra. Los demás reclamos o focos de la Navidad no son más que bonitos y agradables sucedáneos más o menos conseguidos, muchos de los cuales resultan ser además caros reflejos de lo que no es, ni debe ser la Navidad.
Porque ¿En qué hemos convertido el ejemplo de inocencia, pequeñez y delicadeza con que Dios ha venido a nuestro mundo? ¿Qué hemos hecho de ese mensaje de humildad, desprendimiento, abandono… de confianza en Aquel a quien el Padre nos ha enviado? ¿Qué cantidad de adherencias hemos ido añadiendo a este mensaje tan primario y contundente a la vez? ¿Qué estamos haciendo con lo que el Evangelio nos indica de manera tan nítida? ¿En qué idioma hemos ido traduciendo ese “yo no he venido a ser servido sino a servir”? ¿En qué acomodada postura hemos ido colocando el Sermón de la Montaña y sus Bienaventuranzas, autentico clamor de lo que desearían para sí todos los desheredados de la tierra?

Dios ha nacido para que todos seamos una caricia hacia quienes necesitan un sí, un hola, un “estoy contigo y quisiera que tú también conmigo”, juntos los dos para salvar nuestro futuro que ya no es sólo mío sino también tuyo. Como acto de conversión, como satisfacción ante el desgaste sin miramientos en favor de los últimos y discapacitados, los desheredados de este mundo. Como entrega generosa hacia la causa de quien es distinto, como admirable mimetismo, encarnación y donación de quien necesita una palabra bondadosa y un testimonio de verdadera cercanía y solidaridad. Como identificación vital, como comunidad de amor con aquéllos que más nos necesitan.

Dios ha nacido para hacernos saber que todos somos transeúntes que pasamos por este mundo, cargados con más o menos cosas. Y que al final todas esas cosas se quedarán aquí. Dios ha nacido para invitarnos a cambiar la perspectiva y agradecer todo lo que tenemos como un regalo que es efímero y a ser solidarios con aquellos a los que las circunstancias les han hecho llevar un hatillo mucho más ligero, a veces sin nada en su interior.

Y es que, ignorando lo que dijo ese director de orquesta, parece que estamos empeñados en querer inventar la Navidad otra vez o muchas veces, quizá porque la auténtica nos parece poco atractiva o quizá también porque no hayamos descubierto en ella su verdadero sentido, que no es sino una hermosa realidad que nos traspasa y nos invita a un cambio de actitud en nosotros mismos. Tan distante de esa idea de confundir a la Navidad con un momento para inundar nuestra vida de regalos…y poco más.

Porque ese anhelante desearnos ser felices, así sin más, se convierte en un deseo etéreo, indeterminado, a veces alejado de su auténtico sentido dando paso a sucedáneos que se aproximan e imitan con más o menos acierto a esta idea y deseo original….pero que no encierran ni consiguen para nuestro desasosiego aquello que nos deseamos con tanta sinceridad. Desde la mecánica y obligada frase de desear felices fiestas o felices días, hasta otros más prosaicos deseos de felices gastos, felices comidas, mucha suerte…para los más pragmáticos…pasando por las cálidas y entrañables reuniones familiares en las que se comparte, ahora sí, un sentimiento natural y afectivo de desearnos…lo mejor. Es lo que desde Cáritas deseamos a todos los habitantes de la Tierra. ¡Feliz Navidad!

 

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