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Ella

- 7 marzo, 2014 – 14:10Sin comentarios
Juan Fernando Ruiz Claver. Concejal del Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Ciudad Real.- Como cada mañana Ella se levanta cansada, con el cuerpo dolorido, resignada y dispuesta para afrontar la dura rutina que le plantea el nuevo día. Atrás queda otra larga noche como todas las noches; noches de insomnio y sombras; de deseo y miedo; noches de fiebres y jarabes; de soledad y lágrimas, y, las menos, de profundo sueño. opinion Solo una intensa motivación con nombre y apellidos hace las veces de motor incombustible para poder tirar de un pié tras otro caminando sobre el frio suelo de una estancia aún gélida entre penumbras. El sol se despereza, tiñendo de rosa los tonos pardos de las nubes de agua, cuando Ella ya tiene listo el desayuno y, apoyando el resacoso peso de su cabeza sobre su brazo, escucha las noticias pegada a la radio, con el volumen bajo y la oreja junto al altavoz para no despertar aún a su pequeño. Sola, saborea una tostada de pan de ayer ungido con aceite, mientras añora una mano que acaricie su rostro agrietado por el frio, como antes pasaba. Pero aquello no duró: alguna vieja camisa y unas fotos guardadas en los cajones es lo único que queda de lo que pudo ser y no fue, de lo que prometía ser una sencilla historia de amor y se convirtió en una pesadilla violenta y amarga. Injustamente, se reprocha haber sido la que tuvo que tomar la decisión: ni siquiera para eso tuvo agallas aquel hombre, que sin saber cómo ni por qué, se transformó, de repente, de fiel amigo en traidor y mentiroso, de tierno padre en lobo agresivo; de cariñoso amante en dueño violento y agresivo carcelero. Ella quiso soportar lo insoportable, sin escuchar los consejos de quienes la querían bien, pero no tuvo fuerzas para aguantar más: primero fueron los gritos delante del pequeño, luego los insultos y desprecios en reuniones de amigos, y finalmente, los golpes con hedor a alcohol que marcaban moratones en su cuerpo y en su alma, tres de cada cuatro días a la semana. claverLas 7,35 horas: suavemente, Ella acaricia con los labios el rostro de su aún somnoliento hijo, mientras le susurra al oído el rutinario ceremonial del despertar entre bostezos: “buenos días, mi vida, hay que levantarse ya…” balbucea con una ternura digna de la mejor de las madres que en la naturaleza haya. Sabe que ese primer beso virginal, esa fresca sonrisa que acompaña a un pueril “te quiero” serán, posiblemente, lo mejor que ha de pasarle en la mañana, y le dan la fuerza suficiente para terminar de asearse y elegir de entre su armario un conjunto apropiado pero discreto, adecuado para no levantar en exceso la lujuriosa actitud de los clientes de la cafetería en la que trabaja. Los retoques finales del maquillaje esconden las cicatrices que el sufrimiento y el maltrato han tatuado a sangre en un rostro que no ha cumplido aún los cincuenta. Al llegar al trabajo, después de haber sorteado el intenso atasco del tráfico de la mañana, le espera un duro recibimiento: “…llegas cinco minutos tarde, como siempre…” es todo lo que escucha por saludo. Y tras esto, el encargado intransigente asesta sin pudor otro puyazo: “… guapa, tengo la mesa del despacho hasta arriba de solicitudes de gente que quiere tu puesto, así es que no te atontes, que uno es bueno pero no imbécil… por esta vez te lo paso, pero otro retraso y no tendré más remedio que comentar el asunto con la jefa…” ¡La jefa!, una estrafalaria mujer insatisfecha e insensible, que decidió que fuera su compañero de trabajo y no ella el más idóneo para ocupar el puesto de encargado, pese a llevar tres años menos en el puesto…solo porque mostró desde el principio su falta de escrúpulos para atender los favores que la vieja le reclama en ocasiones. Por eso, porque necesita mantener su puesto y ganar su miserable sueldo mes tras mes, Ella soporta broncas y menosprecios cada día, y cede a insinuarse con vergonzosa discreción ante la lasciva mirada de algunos asiduos de la barra. -¡Ábrete el escote! ¡Ya sabes que a los clientes les gusta alegrarse la vista con el café de la mañana! ¿O piensas que vienen por lo bien que te sale el “aguachirri” que les pones…? Pero Ella aguanta; es dura; no le queda otra; saca fuerzas de donde no las tiene para obtener los tan miserables como necesarios 800 euros más propinas, tragando como amarga quina, que el tirano compañero se embolse el doble, sin pegarle un palo al agua, solo por ser complaciente varón. Cuando el desánimo roza lo insoportable, piensa en la dulce imagen de su hijo que le sirve de acicate para soportar la triste realidad que su injusta vida le ofrece. Y al llegar a casa, agotada, prepara con dulzura un mar caliente y azul con forma de bañera y espuma, en el que comparte felices momentos de amor con su pequeño; y es entonces, en ese preciso instante, cuando sabe que su lucha si tiene sentido; es entonces cuando está segura de que nada ni nadie agotará sus fuerzas y de que ella, al igual que otras muchas “Ellas” similares, son la imagen imprescindible de la mujer libre, luchadora, tierna y sensible que dignifica al género humano en su esencia misma.
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