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Pedro Antonio González. La madera de las palabras

- 7 abril, 2014 – 14:193 Comentarios
José RiveroHace unos días Javier Cercas, trataba de explicarse y explicarnos el pasado histórico y político de Adolfo Suárez (‘El hombre que mató a Francisco Franco’)  recurriendo, como clave explicatoria, a la película de John Ford ‘El hombre que mató a Liberty Valance’. Pedro Antonio González Moreno (Calzada de Calatrava, 1960), utiliza otro recurso parecido en su último poemario ‘El ruido de la savia’ (Premio José Hierro 2013), libro regido, no sólo por el ruido vegetal mencionado, sino por la búsqueda de los vínculos reiterados entre la madera y las palabras. Una madera de las últimas ramas de la higuera doméstica, en la que crecerán versos, por una rara y extraña mutación botánica, casi de estirpe fantástica. ¿Cuándo se ha visto que una rama florecida resulte coloquial como un verso trazado y tramado a su sombra? Por ello,  para hablar de oficio de poeta y como un nuevo Liberty Valance que nos explique las cosas del presente atribulado, González Moreno recurre a la clave explicatoria del  oficio, ya desaparecido, de Piconero.

Pensé que aquel oficio consistía Tan sólo en extraerle El humo a la madera, o tal vez en guardar, para después la lumbre que había oculta dentro de las ramas”.

pedro-antonio-gonzalez-01  De tal forma que de la lenta labor del piconero ahumado y del piconeo montuno o serrano, resulten trabajos  de humo, de madera y de lumbre; para obtener un calor oculto que se guarda como si de un fuego sagrado se tratara. Y todo ello, todo el trabajo del monte y del cobijo, se asemeja al desbaste constante y prolongado del agua sobre la piedra,  que de forma parecida verifica el poeta con el lenguaje. pedro-antonio-gonzalez-02Un desbaste y un desgaste, que tiene que ver tanto con el uso sensorial de las palabras, como con la invención intelectual del verso. Por más que el piconero utilice la madera y su alma, y el poeta las palabras y su cuerpo. No es tanto pues, la diversidad de los orígenes del laboreo de ambos, cuanto el proceso de transformación de las operaciones que se atribuyen, lo que acaba uniendo esos dos oficios. Dice John Berger, que “la leche que se echa en las vasijas es trabajo; pero el queso resultante es imaginación”. Dicho de otra forma, el secreto de esa aventura que es la actividad humana, es  el de “transformar el trabajo en espíritu”; casi en clave crespiana, cuando denominaba sus dietarios como ‘Los trabajos del espíritu’. Dejando ver que el espíritu también trabaja; o si se quiere, que el trabajo no afecta en exclusiva a lo manual, porque la mano también piensa. Ocurre que gracias al trabajo aprendemos a obtener lo que necesitamos, pero el espíritu nos hace preguntarnos para qué. Y todo ello, nos hace visualizar la entidad de la transformación. Toda transformación demanda y exige un movimiento, por ello ese movimiento o esa transformación, también se capta en lo anotado por el mismo Berger, al remarcar el gesto del hachazo antes de la caída de un árbol,  o el del sacrificio de un animal que hemos engordado. En esos momentos, el del golpe del hacha, la vaca deja de ser un animal y se transforma en carne; de igual forma, que la rama ya desgajada del tronco tras su corte, deja de ser un árbol y se convierte en madera. Aunque todavía no, en poema. De igual forma que la pieza longitudinal extraída del  rollizo de árbol, ya no es madera, sino que ya, fruto de esa transformación inventada, es una estructura o una viga; es ya civilización y más tarde llegará a ser poesía.pedro-antonio-gonzalez-03 Es decir la naturaleza se transforma en civilización, y esta es capaz de especular con las palabras, a partir de un instante reflexivo que tiene que ver con la madera erguida y con la madera tumbada;  con la rama pavonada y con la rama vista ya como poesía. Aunque otras veces, esa transformación de La Naturaleza a la Civilización, opere en sentido inverso; como nos mostraba Antonio Machado en sus ‘Proverbios y cantares’:

“Poned sobre los campos un carbonero, un sabio y un poeta. Veréis cómo el poeta admira y calla, el sabio mira y piensa… Seguramente el carbonero busca las moras o las setas Llevadlos al teatro Y sólo el carbonero no bosteza. Quien prefiere lo vivo a lo pintado Es el hombre que piensa, canta o sueña. El carbonero tiene llena de fantasía la cabeza”.

Una fantasía, también, del trabajo del poeta que copia al piconero o al carbonero, y por ello apuesta por “quemar las palabras muy cuidadosamente/ hasta que ardiera toda la hojarasca/ y su corteza impura”…; igualmente “dejar que los versos, ya vaciados de humo, / quedasen reducidos a su ascua,/ y pudieran así guardar un poco/ de lumbre para luego”. Un proceso de separación de la ganga de la corteza y sus desechos, de la mena del cogollo de la albura del maderamen mismo. Para hacer ver todo lo que sabe la madera, que se sabe, como el olmo machadiano, “melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta”; por más que los ancestros del poeta y sus antepasados de piedra y pámpano, no llegaran a ver ni a entender que, de una rama alta surgiera un verso empenachado. Periferia sentimental José Rivero  
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3 Comentarios »

  • Ángel Romera dice:

    El simbolismo del humo y la palabra es muy antiguo en la historia literaria y también en Pedro Antonio, quien lo usó ya en su primer libro, ”Señales de ceniza”. Ahora al parecer lo reitera y enriquece, pues no he leído todavía el libro. El símbolo viene en realidad del poema que Catulo ofrece a la tumba de su hermano, que fue a visitar cuando viajó a Bitinia, CI:

    Ut te postremo donarem munere mortis
    et mutam nequiquam alloquerer cinerem

    Para honrarte con última ceremonia fúnebre
    y a muda en vano hablar ceniza…

    Esta ceniza es también la tinta del poema (elaborada entonces con hollín y savia) y se dispersa con la palabra como en la pira de un funeral romano. De ahí provienen luego las muchas alusiones a la ceniza funeraria del amor de Propercio y los “borrones” de Ovidio en sus ”Tristia” por las lágrimas del poeta que llueven sobre el texto elegíaco, etc… Es parte del simbolismo complejo de P. A. Por cierto que acabo de adecentarle un poco su artículo en la Wikipedia. En cuanto a sus ideas sobre la identidad manchega y el paisaje y su crítica literaria al XX manchego poético… En otra ocasión, je je.

    He ad

    • José Rivero dice:

      Perfecta coda Ángel del humo, del fuego y de las cenizas, desde su extirpe poética hasta el presente. También Crespo jugaba con flores y cenizas. Comparto tus dudas sobre otros aspectos de P.A. Y su visión geográfico -literaria de La Mancha. Pero ahora tocaba el ruido de la savia.

      • Ángel Romera dice:

        Celebro que alguien más haya leído a Crespo en esta irreal e incivil Ciudad Real; por lo menos ya somos dos. Es cierto que el humo es un símbolo muy importante para él, también en sus interesantísimos aforismos, género del que tú mismo eres buen cultivador (si no te los reseño es porque no sé donde los he puesto; soy un desordenado). Recuerdo algo así como que “la carne es humo dormido…”, etcétera. Creo que todavía no se ha descifrado bien su sistema de símbolos, incluso más complejo que el de Lorca, que sí lo ha sido; porque él vivía en comunión con la naturaleza en la Cuesta del jaral y tomaba de allí, como Neruda de sus bosques y montañas de Chile, mucha imaginería, pero también intervienen elementos iconográficos y culturalistas complejos que van desde las Metamorfosis de Ovidio a la literatura del Renacimiento italiano y la mitología griega, en concreto su dios favorito, Hermes, y sus tradiciones asociadas.

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