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VI y III

- 3 junio, 2014 – 09:54Sin comentarios
Manuel Valero.- En noviembre de 1975 mandé un artículo en una carta convencional -texto a máquina, sobre, sello y buzón-al diario Lanza. Se titulaba Una Corona para la libertad y en él hacía mi análisis púber sobre el modo en que el recién entronizado Juan Carlos I tenía que reinar: de manera incluyente a todas las sensibilidades políticas e ideológicas que facilitara el acceso del país a la nómina de estados europeos homologados democráticamente. ManoloValero3Teniendo en cuenta lo inocentemente incorrecto del suelto, el diario del régimen ¡lo publicó! Y así el articulo forma parte de la mejor hemeroteca de la provincia del mundo. Franco estaba recién enterrado y laTransición en los matraces experimentales de la Historia. De algún modo, todo era tan reciente que nadie sabía el derrotero final de los acontecmientos salvo quienes ya habían pactado sobre moquetas y mucho humo (entonces se fumaba comm,il faut) ese tránsito pacífico, no tanto de un régimen autoritario a una Monarquía como de una dictadura a una democracia. El propio Santiago Carrillo lo dejó dicho y esculpido en el fronstispicio de la Historia: “No es el momento de elegir entre Monarquía y República sino entre Dictadura y Democracia”. El Rey Juan Carlos se convertía así en el único monarca del mundo traido de la mano de un dictador y apoyado por omisión por el secretario general de los comunistas españoles antes del eurocomunismo , y por tanto portador de las esencias de la dictadura del proletariado. Entre los dos dictados, el rey acomodó la tortuosa España en la democracia burguesa en la que vivieron bien instalados los partidos de la izquierda. Fue un alivio para nuestros mayores experimentar esa ausencia de republicanismo activo en la calle, pues ellos, nuestros mayores, barruntaban a trémula voz un nuevo enfrentamiento fratricida apenas el dictador diera su último aliento. No fue así. Y España se puso a caminar, todos los primeros, por la senda de la Monarquia constitucional, parlamentaria y democrática con pasable denominación de origen al abrir la puerta a los rojos de toda la vida. Desde esa lejana fecha de 1975 hasta el día de hoy han pasado muchas cosas, entre ellas, el descrédito de la Monarquía por absurdos espectáculos episódicos de su cabeza visible y el descarado latrocinio de advenedizos en forma de yerno de la plebe. De 1975 a 2014 se ha escrito un periodo histórico en el que como en el movimiento Op Art relucen tanto los blancos como los negros: si apartamos el estupendismo oportunista de populacho internético habrá que admitir que merced a lo que es hoy España, Pablo Iglesiajunior podrá sentarse en su escaño europeo y sus correligionarios tal vez en bancadas nacionales, regionales y concejales en el futuro si así lo estiman libremente los electores. A riesgo de un resumen demasiado condensado en caliente a uno se le ha venido a la cabeza el nuevo líder de la izquierda española: el señor de la casta que acaba de renunciar al solio es responsable de alguna manera de nuestro modelo de convivencia que convoca elecciones con puntualidad democrática. Uno piensa también que una República es mejor porque se elige al jefe del Estado pero considera que una República que puede ser muy de derechas, tampoco es ahora mismo, la panacea. Quizá la abdicación haya pillado con el pie cambiado a cuantos ahora -después de admitirla con loores y olores de multitudes- se aprestan al ensoñamiento de la III frente al VI Felipe, quizá por eso de que a la III va la vencida. Lo único que pide uno desde su escepticismo es que cuando toque, porque no creo que al pueblo súbdito en general le haya entrado de repente un retortijón republicano que necesite aliviar con urgencia, se haga con honradez intelectual, pacíficanente y en consulta plebeya y, sobre todo, ay, que no nos tiremos años discutiendo sobre qué tipo de República. Una de las ventajas de ésta sería la oportunidad de experimentar la desmitificación resultante de la fusión sentimental entre República e izquierda española, porque no lo olvidemos en una República se corre el riesgo de que acceda a la jefatura del Estado un fogoso señor de derechas. La democracia es lo que tiene.
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