Da-da-dá

Ángel RomeraMe suena en la cabeza un dadadá; Molotov, qué duda cabe, pero también será gana de dar por el ángulo oscuro o, en sintético, porculizar. Me acaece si sufro el monótono «Día perfecto» de Lou Reed. Lo que es dar, hay quien le daría al señor Rajuela un sello de LSD, no para que este majara hiciera un mal viaje al centro de la Tierra, donde es el llanto y el crujir de dientes, sino para que se concerniese de ser otro y viera las raíces del todo, que son también unas ramas por las que irse. Pero, ya lo dice Quevedo: «Solamente un dar le agrada / que es el dar en no dar nada»; al presidente de la desgracias sus presidiarios no le darían las gracias, cuanto más un tripi.

Con la caída de la hoja nos enteramos de que Errejón, cogiéndose los redaños taurinos del apellido, ha tenido que asumir el dedazo de su universidad; mi parecer es que sería culpable si la universidad no fuera ella toda y entera un dedazal de corrupción, desde el becario lameculos al catedrático lameador de sus prebendas. ¿Hay allí algún gorrino libre de índice incriminatorio? ¿Algún pedrícola o pepero presto a lanzar el primer zurullo?.

Ni saneamientos Hércules limpiaría ese establo de Augías. Bastará solo un símil, exemplum, comparación o argumento analógico: si adoptásemos en la Constitución el sistema electoral de una cátedra universitaria, esto sería ya la dictadura ugandesa de Idi Amin Dadá, y no porque esté el claustro lleno de negros hotentotes y antropofagotes. Aunque ya está cerca, se aproxima, ya está aquí: nos dan por culo, un suponer, por puro dadaísmo, no por mariconería, è bene trovato: el precio de la vivienda baja el cincuenta por ciento y solo se les ocurre subir el catastro para que les demos más impuestos para dilapidar. Más dar din-dón, diría Quevedo. Y no podemos.

También me pone cerúleo (el Dicci de la RAE se ha vuelto poético: «Dicho del color azul, propio del cielo despejado, o de la alta mar, o de los grandes lagos») que hayan llamado recontratatarahija de puta a la Reina de Iglaterra al descubrir que es heredera ilegítima de la corona y esta correspondería en realidad a otra u otro, ya que el análisis de miserias genéticas del jorobado y asesino Ricardo III nos ha desvelado que un intruso dejó un espermatozoide afortunado en la línea de sucesión. Para mí que, si examinásemos el puerco adeene de los Borbones, nos llevaríamos sorpresas más gordas. Podría resultar, por ejemplo, que Fernando VII fuese hijo de un tal Ruiz, valenciano, como afirma Félix Mejía en su Vida de Fernando VII, o incluso, según se dice por ahí, que Alfonso XII fuera hijo de un ingeniero que tuvo que ajustarse para evitar las órbitas asíntotas y encular debidamente a la esférica y putana, ma pía Isabel II, reina bombona, Valle-Inclán dixit. Pero, quiá, eso no lo permite la Constitución juancarliana, según la cual el rey es más inocente que Jesucristo, quien, por lo menos, fue juzgado, aunque mal. Hoy que vemos dejar el crepúsculo y ponerse a la vetusta Alba del Cara al sol y fallecerse a la Fabiola, inconcolable viuda consorte del santo rey Balduino, nos da por pensar que habría que nombrar rey de una España imposible de iguales a Julio Anguita o a Pablo Iglesias, gente nada porfirogéneta, que quiere decir bizantina y bien-parida, o, por qué no, a una literaria mezcla de ambos: Julio Iglesias.

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Ángel Romera

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