¿Qué demonios puede hacer un hombre con un millón de acres?

María Elena Arenas Cruz, Podemos Almagro.- Esta es la pregunta que se hace el reverendo Casy en Las uvas de la ira, la novela de John Steinbeck, cuando alguien le describe lo que está pasando en California, lugar a donde se dirige el joven Tom Joad con su familia para buscar trabajo. opinionEndeudados con un Banco que finalmente se ha quedado con los dos acres de tierra que poseían en Oklahoma, la familia Joad no ha tenido más remedio que abandonar su humilde casa, derruida por los nuevos tractores que ahora trabajan de día y de noche, y emigrar hacia el Oeste. Alentados por hojas volanderas que ofrecen trabajo en abundancia en un hermoso lugar poblado de frutales y viñedos, con blancas casitas rodeadas de algodonales, reúnen todo lo que tienen e inician la aventura subidos en un destartalado camión. Cuando ya están cerca de la tierra prometida encuentran a un padre con su hijo que viajan en dirección contraria, es decir, que han decidido regresar. Le piden que les cuente cómo es aquella tierra, y entonces escuchan las primeras noticias preocupantes: el hombre explica que “hay cosas agradables a la vista, pero inalcanzables”; es un hermoso país, donde se ven bosques de naranjos vigilados por “un tipo armado con un rifle que tiene derecho a matar al que toque la fruta”. Pero, además, ha oído hablar de que “cerca de la costa hay un fulano, un fulano dueño de periódicos, que tiene un millón de acres…”.

Cuando Casy, perplejo y sorprendido, pregunta que qué demonios puede hacer un hombre con un millón de acres no hace una pregunta retórica, una pregunta cuya respuesta sea evidente o esté implícita. Casy no sabe, como nosotros hoy sabemos, lo que ese fulano hace con los acres de tierra. No lo sabe. Su pregunta demanda una respuesta objetiva, una descripción que llene de contenido concreto el hacer de la interrogación. Su interlocutor entiende la pregunta y contesta:

-“No sé –dijo el hombre-. Supongo que estará loco. Debe de ser loco. He visto una fotografía suya. Parece loco y perverso.”

No hay otra manera de explicar sino como un estado de demencia que un hombre pueda poseer un millón de acres él solo, pues es evidente que él solo no puede  hacer nada con ellos, es decir, no puede trabajarlos; Casy y Tom lo saben: ni siquiera si su familia y sus amigos les ayudaran y entre todos araran y desbrozaran la tierra, y la sembraran y vigilaran las malas yerbas y cavaran cada planta y después recolectaran todos juntos la cosecha, un millón de acres es demasiada tierra para que un hombre y su familia la trabajen, luego está loco. La locura de ese hombre es la única respuesta que Casy y Tom y su padre y el hombre que camina de regreso pueden darse.

Nosotros no. Nosotros no nos damos esa respuesta tan insatisfactoria porque, en primer lugar, nunca nos hemos hecho esa pregunta: “¿Qué demonios puede hacer un hombre con un millón de acres?”. Sabemos que hay unos cuantos hombres que tienen mucho, mucho, muchísimo dinero, y casas y fábricas, o empresas, y tierras y yates y aviones y hasta islas enteras… De hecho, esos cuantos hombres, poseen casi toda la riqueza del mundo[1]. De todo el mundo. Pero nosotros no nos preguntamos qué demonios hace un hombre con esa inmensa riqueza; sabemos y aceptamos que la tiene, pero no formulamos la pregunta sobre el contenido preciso de su hacer como hombre porque, sencillamente, hemos perdido la perspectiva de los límites de la condición humana.

Siempre me gusta recordar, siquiera como una oración para mí misma, la penúltima escena de la película Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone. Después de buscar durante toda una vida al asesino de su hermano (Henry Fonda), el hombre de la armónica (Charles Bronson) ve cómo aquel se acerca a caballo. La breve conversación que mantienen es esta:

-¿Me esperabas a mí?

-Hace tiempo

-¿Te has convencido de que no eres un hombre de negocios?

-Soy un hombre

-Una vieja raza. Vendrán otros Morton y la harán desaparecer.

Entonces la cámara se desvía un poco de los protagonistas y enfoca a cientos de hombres agachados que martillean sobre los raíles de las vías del ferrocarril que están construyendo. Morton es un millonario paralizado en una silla de ruedas que viaja rodeado de matones en un tren particular por las vías que su propia Compañía va tendiendo a lo largo del país. Tenía el monopolio de la construcción y ha sido asesinado.

¿Por qué es tan poderosa esta escena? ¿Qué hace que el asesino se considere a sí mismo un hombre? ¿Por qué el otro acepta esta definición a pesar de que sabe que es un ser sanguinario y despreciable? ¿Por qué el criminal es un ejemplar de la vieja raza frente a los trabajadores del ferrocarril? Para mí la respuesta es sencilla: porque no se ha visto en la necesidad de tener que venderse como fuerza de trabajo para subsistir, que es lo que caracteriza a la nueva raza de hombres. Aunque su actividad es destructiva y negadora, el asesino se mueve todavía, paradójicamente, en el reino de lo humano, es decir, en los límites de la condición humana. Estos límites vienen claramente definidos por la finitud y la mortalidad de nuestro cuerpo, finitud a la que, sin embargo, los hombres denodadamente oponemos la razón, la imaginación y la memoria. Estas tres facultades, igualmente finitas, se mueven también en el terreno de los límites: la tierra, los cuerpos, la ley[2]. Lo inhumano, por tanto, es la ausencia de límites, la desmesura, lo que los griegos llamaban hybris. Es cosa de locos poseer un millón de acres que nunca podrán ser arados, sembrados y cosechados por un hombre y su familia; son los hombres como Morton, que acaparan todos los medios de producción, los que van a obligar a los demás a venderse para poder comer. En definitiva, lo que une al matón asesino de la película de Leone con el reverendo Casy y Tom Joad, lo que sorprendentemente los sitúa en el mismo bando, es su conciencia de los límites como requisito incuestionable de la condición humana.

Esta lenta y trágica desaparición de lo que puede llamarse “la vieja raza de los hombres” es uno de los temas más sugerentes de Las uvas de la ira. Su lectura nos hace entender nuestro presente más que cien artículos sesudos de economía, sociología o antropología.

[1] Según diversas estimaciones que se plantean a partir de documentos como el «Informe sobre la Riqueza Global», del banco Credit Suisse, o de las declaraciones de la directora general del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, cabe afirmar que menos del 10% de la población mundial, exactamente el 8,1% (373 millones de personas) posee el 82,4% de la riqueza total e, incluso, dentro de ese 8,1% de ricos, un 0,5% de súper ricos (29 millones de personas) acumulan el 39,3% de la riqueza del mundo. En cambio, el resto de la población mundial, que suma más del 90% del total de la población (acercándose a los 7.000 millones de personas), tiene tan solo el 17,7% de la riqueza global.

[2] Cfr. Santiago Alba Rico, “Tiempo, tecnología, capitalismo. Adiós a las cosas”.

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