Sesión de latigazos: “Pregúntale al polvo”, de John Fante

palabrasmarginalesLos personajes de John Fante no prestan libros. No los prestan por una cuestión de principios. O eso afirman ellos mismos. Un dicho español sostiene que hay dos clases de tontos: los que prestan libros y los que los devuelven. Hay que aplicarse el cuento y no prestar novelas ni nada de eso. Dinero tampoco.

Los personajes de John Fante no tenían que preocuparse por prestar dinero. No disponían de un duro. Por lo menos no lo tenía el señor Bandini, el otro yo de John Fante y percha del cachondeo de las miserias de un escritor que aunque se relacionó con la industria del cine, las pasó más de las vacas flacas que de las gorditas vacas que les tocan a otros en suerte.

john fanteMenuda suerte vivir como Bandini: escribe y nadie le publica; le publican y no le pagan; le pagan y se lo gasta en los bares y en enamorar a una camarera que ─cómo no─ no le hace ni caso. Y cuando se lo hace es para discutir. O sea, para qué queremos más: un escritor maldito al que ─encima─ se le dan mal las mujeres. Hay que amolarse.

Bandini lo tiene claro: va de un lado a otro como los personajes de Bukowski: sin norte, sin brújula y sin cartera. Bukowski fue un discípulo de John Fante. Y tenía la misma escuela que él: la pobreza, la hambrienta melancolía de los parados crónicos, la desesperación de quien ha de mendigar una copa para olvidarse de que no tiene para pagarla. Ni el consuelo del alcohol barato les quedaba a algunos.

John Fante, por otra parte, escribe mejor que Bukowski. Eso a estos dos les tenía que traer al pairo. No eran las suyas carreras para medirse en criterios de bondad literaria, sino de maldad visceral (maldad ─también─ literaria, quede claro) alimentada por el desencanto.

La novelita de marras que traemos al distinguido paisanaje fluye con consistencia, los antihéroes del vertedero se dirigen al personal con un lenguaje grueso, un léxico de barrio bajo, de bocata de mortadela con aceitunas y vivienda oficial con goteras. Un lenguaje para la masa que la masa no entiende porque está demasiado entretenida bebiendo cerveza, hablando de celebridades televisivas de medio mogate, y leyendo best sellers de esos donde se aplica el sadismo profiláctico y aséptico de quienes tienen que volver a casa bien peinados y lustrosos después de la sesión de latigazos.

Emilio Morote Esquivel
Palabras marginales

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