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¿Quién habla en nombre de los muertos?

- 26 abril, 2015 – 10:22Sin comentarios
A41Escondidas tras las cifras de inmigrantes desaparecidos en el “Mare Mortum” , obviadas en una especie “destino irreversible” y menos relevantes que las bajas producidas cerca de Suiza por un avión alemán, las víctimas mortales de los accidentes de tráfico acaban siendo un triste resumen del fin de semana que se cita rutinariamente en los informativos del lunes, como quien daba los resultados de la quiniela y, desde luego, con menos importancia que las fotos que mandan a las secciones de meteorología. Culpable - No Culpable A diferencia del triste final sobrevenido en ruinosas pateras y aviones “low or high cost”, trenes carentes de frenado de emergencia o autobuses interurbanos, donde el responsable es el conductor hasta que no se demuestre lo contrario (las cajas negras son tan ambiguas como la legislación anticorrupción española) y los fallecidos reciben todo tipo de homenajes póstumos con la aureola añadida de víctimas de un malvado, inconsciente o despistado responsable, las cifras semanales de los accidentes en nuestras carreteras siempre son culpables; hicieran lo que hicieran, todas esas personas (hombres, mujeres y niños) tienen “merecido” su final por no llevar el cinturón puesto, olvidarse del sistema de retención del menor, llevar un coche viejo, ser demasiado viejo el conductor, ir como una cuba, conducir más colocado que Amy Whitehouse o apretarle al “buga” más que Fernando Alonso. Sobrecoge que quien lee la cifra y sus porcentajes no se pare a comprender lo que está leyendo y meta en el mismo saco al “presunto asesino” de una mujeres en no sé dónde con los motoristas caídos mientras venían de Jerez y a pesar de los controles buscando drogas y alcohol de la Benemérita, a la que, por cierto, se echa en falta muchas veces cuando las condiciones de tráfico (ésas que impiden que tu multa de radar tenga ciertos visos de legalidad) se vuelven tan chuscas que se necesita de ayuda profesional para desenredar el nudo en intersecciones, pueblos pequeños y otros embudos del tráfico pre-vacacional. Mientras que nuestro locutor favorito (ella o él) desgrana el porcentaje de fallecidos sin cinturón o sin casco, se ilustra la noticia con unos videos de archivo donde siempre se ve al mismo loco adelantar en discontinua o al majareta de siempre chocando estruendosamente con la furgoneta de reparto en el carril izquierdo, como si el pobre padre de familia que ha llevado la desgracia a la suya por conducir por una carretera mal señalizada (muchas señales verticales tienen más años que el “Bésame Mucho”), con un asfalto que deja ver los adoquines de vía romana y con maleza tipo sabana africana, y que le impidieron ver el monstruoso todoterreno que venía de cacería harto de migas y chocó con ellos. El pobre padre de familia no llevaba el cinturón puesto ni sus dos hijos iban en sillas de a 100 €; su mujer que sí llevaba todo, también cayó en la misma tragedia: Guilty (culpable), deja entrever el tipo de corbatilla del telediario, mientras que la audiencia está en otros asunto, hace caso omiso y la cifra pasa a otra cosa mariposa. Nombres y Dignidad Reconozco no saber cómo resolver, aminorar o, en cualquier caso, adecentar esa información, pero en una sociedad audiovisual tan tristemente estúpida como la que tenemos (¿nos merecemos?), las víctimas de las carreteras, del asfalto, porque en la ciudades también hay anónimos culpables, sólo sirven para que el gobierno de turno justifique inversiones en helicópteros que, bien es cierto, se amortizan en un abrir y cerrar de ojos con unas cuantas redadas e ilustran, cuando difunden las imágenes de las “barbaridades que hace la gente al volante”, qué bien se ha efectuado su labor disuasoria y su fin recaudatorio que refrendarán ante la opinión pública quitando “muerto aquí, muerto allá” en las estadísticas anuales. En 2014 hubo, según el Gobierno, cuatro muertos menos que en 2013; según la importante Asociación de la Carretera, la cifra fueron seis más (más o menos esos eran los números) lo que nos lleva a que esos diez anónimos de diferencia pasaron a un limbo estadístico como si nunca hubieran existido. ¿Cuál fue su crimen? Pues que el Gobierno tenía que “vender” otro año con reducción de muertes en lugar de romper la tendencia de la década y admitir un año con incremento. Si se acude a las hemerotecas de la Red se comprobará que la polémica duró menos que la suscitada por las siglas JMA en los “papeles de Bárcenas” y que su aclaración o no (en la época de los ordenadores las estadísticas descuadran por 4 o 6) importara un bledo. Este año la cosa va a peor tristemente porque las carreteras adolecen del mantenimiento adecuado, porque hay otros conceptos que intervienen en la accidentalidad a los que se presta menor o nula atención, porque “hay más gente en la carretera, fruto de la recuperación de nuestra economía” (Sra. Seguí, dixit) o porque la táctica represiva no es totalmente eficaz, pero no habrá problemas: al final se esconden los muertos en cualquier otro porcentaje y seguimos la pantomima. Una última nota para la reflexión ¿por qué el automovilista siempre es culpable y el ciclista siempre víctima? ¿por qué el motorista es una cosa u otra según la cilindrada y origen de su moto? ¿por qué seguimos aceptando este “statu quo” como la llegada anual de la gripe o de las alergias? Triste… muy triste. Juanma Núñez A41- Todo Motor
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