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Exhibicionismo dominante

- 3 agosto, 2015 – 14:308 Comentarios
conlosojosbienabiertosMe llama la atención la insistencia de la organización cofrade ante la alcaldesa por su reciente decisión de acudir sólo a una porción de procesiones y no a todas ellas. Me llama la atención ese deseo insistente, cuando lo normal y habitual es escuchar a la gente decir que no quieren ver a los políticos ni en pintura, que no los quieren metidos en sus asuntos, que sólo vienen a hacerse la foto y a sacar tajada. Sin embargo, en determinados ámbitos esta presencia se reclama y casi exige de manera insistente.   El folklorismo, lo acabamos de ver en la recientepandorgada, necesita la presencia de la alcaldesa y su corporación. El semanasantismo, del mismo modo. ¿Imaginamos, por ejemplo, que el resto de organizaciones y eventos sociales fueran tan exigentes/insistentes con la presencia de la oficialidad política? Sin embargo, no hemos visto a los defensores del constitucionalismo local, del aconfesionalismo o del separatismo religión-estado (¿hay algo de todo esto en nuestra ciudad?) quejarse a la alcaldesa del exceso de procesiones a las que acudirá como representante política. Este hecho me lleva a dos conclusiones, quizás precipitadas, quizás desacertadas. Primera, la dependencia estructural que las organizaciones tradicionalistas tienen del orden político, como si éste diera especial lustre o valor a lo organizado. Una especie de subordinación voluntaria para que la cosa organizada gane mérito. Y creo humildemente que es imprescindible un ejercicio de fortalecimiento y emancipación de estos eventos y organizaciones, para que no sean tan dependientes de lo oficial. La importancia e interés de lo que organizan debe estar en lo organizado en sí, no en la presencia de alguien que no da mérito alguno a eventos de esta naturaleza. Segunda conclusión, no creyendo que la primera conclusión sea cierta, más bien pienso lo contrario. La insistencia por su presencia viene a ser una especie de necesidad encaminada a poner de manifiesto ante la sociedad, más aún en estos tiempos de heterogeneidad y dispersión política, que la oficialidad está con los organizadores. Esto es, el evento no es más relevante por la presencia del político, sino que por la trascendencia del evento es necesaria la presencia del político. Su ausencia puede dar a entender al pueblo que el evento no es relevante y trascendente, y tal apreciación sería una debilidad. Frente a la subordinación anterior estaríamos ante una orfandad poco oportuna. Pero, yendo más allá en mi aventuramiento, quizás los organizadores, conscientes de que el evento en sí no tiene trascendencia o indiferentes por si tiene alguna, quieran otorgársela a sí mismos, como grupo de poder. Y con un poder suficiente como para atraerse a la fuerza al poder político. Uno cobra especial poder, aunque sea simbólica y temporalmente, si se exhibe públicamente junto al poder político. Y sin embargo, no se trata sólo de exhibirse junto a él sino de dominarlo. Para ello, este tipo de manifestaciones tradicionalistas es especialmente sagaz. Efectivamente, piénsese que la presencia del político de turno en estos eventos es bastante singular, puesto que no se limita a estar o a presenciar el acto, sino o actuar, a representar un papel activo dentro de él, poniéndose así a las órdenes del maestro de escena, según los oportunos protocolos y costumbres inveteradas. Cuando el político va a los toros, no se le pide que desfile con la cuadrilla, ni siquiera que se lance con unos quiebros o que tercie en ellos de manera apasionada. Asiste desde el palco. Lo mismo ocurre cuando va a la ópera. En este caso, si el político no se ha dormido antes, y lo hará salvo que se represente a Wagner, nadie le pedirá que salga a escena a cantar un aria, a hacer bulto entre los figurantes o a recibir al final los aplausos ganados por los intérpretes. Asiste con humilde aburrimiento desde el patio de butacas. Lo mismo podría decirse de tantos otros eventos socioculturales y deportivos, en los que el político es espectador, no actor. Sin embargo, en el mundo simbólico del tradicionalismo la presencia del político debe ser imperativamente activa e interpretativa. No se conforma el organizador con la presencia expectante del alcalde, desde el palco, la grada, la butaca o la barrera, sino que ha de interpretar, zambullirse en el acto, con lo cual el político pasa de ser representante político a representante del papel asignado. Papel inapelable, pues lo manda la tradición, el “siempre ha sido así”. Y ante tal autoridad argumentativa, cualquier oposición o desmentido parece insolente o despreciativo. La costumbre inveterada es el pretexto perfecto para domeñar el poder político y subordinarlo a la voluntad tradicionalista. El organizador, henchido de satisfacción y autoridad, se regocija al pasear al político según el guion elaborado. Ya no se paseacon el político, sino que se le pasea con la indumentaria, el rito y la parsimonia debidaspara que el pueblo observe y reconozca la autoridad del organizador sobre el poder político. El organizador es el que se hace la foto ahora con el político, el que marca su paso, su ritmo y su voluntad ante la mirada popular. Esta autoridad exhibicionista, simbólica y llena de teatralidad barroca debe ser la única a la que en un irregular estado democrático se puede aspirar desde determinados ámbitos sociales. Cuando la normalidad democrática se resiente o cuando existe resistencia a establecer una dialéctica democrática equitativa entre colectivos dispares y contrapuestos en base a un análisis objetivo de carencias y necesidades culturales reales, sólo queda el recurso exhibicionista de pasear al político de turno, como prueba de autoridad y dominación frente al resto de la sociedad. Sin embargo, desde la perspectiva crítica y despejada de una ciudadanía robusta y seria, tales muestras de poder exhibicionista se invierten y dan como resultado una imagen tragicómica y esperpéntica. Quizás la explicación de esta realidad sea más simple (quizás más simplista), por ejemplo, el deseo de que la alcaldesa apoye una manifestación cultural de reconocido prestigio turístico, que aporta riqueza a la ciudad; el deseo de que la alcaldesa, como representante popular respalde esta intensa y sobrecogedora prueba de fe popular; o cualesquiera otras razones habituales. Por eso, vaya usted a saber si hay algo de cierto en lo que digo. Tómese como una hipótesis inocente fruto de la canícula estival y de la resaca postpandorguita. Alberto Muñoz Con los ojos bien abiertos
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8 Comentarios »

  • manuel v. dice:

    Estimado Alberto: confío en que antes de que acabe el presente siglo del que ya hemos consumido una década y un lustro, las aguas se remansen de forma que todo cuanto acontezca de interés social no sea analizado por la presencia de tal o cual político, sino por la efectiva importancia e influencia de ese acto. Un acto no tiene ni más ni menos relumbrón porque acuda el primer ciudadano inter miles cual es el edil o edila electo/a. Pero acelerar un nuevo tiempo que revise todo, lo cual es una obviedad porque todo es revisable “excepto” la Constitución del 78- conlleva el riesgo de laminar lo que fuimos y en parte, lo que somos. Es corriente, como sabes, en las grandes etapas revolucionarias borrar la linea de tiempo anterior para empezar desde una suerte de año 0 -sólo sigue en vigor uno y en todo el mundo, lo cual merece una mínima reflexión- e iniciar (inventar) nuevas costumbres, nuevas tradiciones, nueva ciudadanía, que andando el tiempo sedimentarán en el imaginario y andando más el tiempo se tornarán viejas, cutres y obsoletas. Llevamos meses desde las elecciones municipales analizando las manchitas de la superficialidad sin perspectiva aún de los méritos o deméritos de los actuales administradores de la cosa pública. Yo no me considero tradicionalista al uso, ni del Santo Voto de mi pueblo, soy muy raro, pero el afán por llevar al ridículo manifestaciones festivas o tradiciones que son naturalmente asumidas, mal que nos pese, por una mayoría silenciosa y ruidosa, sea cual sea el origen de esa tradición, me parece caer en cierta diletancia intelectual. En el País Vasco un señor baila en el mismo parlamento, como en Dublín ves a unas chicas haciendo diabluras con los pies, jaleadas por jóvenes a los que aún no les ha salido la barba. Tradition, cantaba el cascarrabias Tevvie en El violinista en el tejado. A mi personalmente me interesa que dentro de unos meses, tal vez un año, tenga la suficiente perspectiva y experiencia como para hacer un juicio de valor sobre el trabajo de nuestros electos, así sea en el Gobierno como en la oposición, y me importa un bledo que la alcaldesa de Ciudad Real acuda a la pandorga vestida de campesina. O no. Pero dudo mucho que la profunda inercia de las tradiciones aunque se trate de la nueva tradición de la Pandorga, pueda ser detenida por decreto. Las tradiciones caen por el olvido del pueblo, por la superación de su absurdo original o por las bravas. Por lo demás, mi admiración y fidelidad lectora.

  • manuelv. dice:

    Respecto de la insistencia cofrade a la alcaldesa me parece fuera de lugar, por supuesto, y una concepcion vieja del rito religioso, que efectivamente retrotrae a otros tiempos. Y da pereza. Mucha.

  • caspa dice:

    Análisis certero y admirablemente razonado. Así da gusto.

  • cocodrilo dice:

    La iglesia en tiempos de la dictadura siempre fué de la mano con la política y ahora corren otros tiempos,vivimos en un estado laico y cada cual es libre de acudir o no a las procesiones que le venga en gana.El estado debe ser independiente de cualquier influencia de la iglesia,asi que la organizacion cofrade que deje de incordiar en asuntos que son de pleno derecho de ejercer cada cual su libertad de culto y que se preocupen de otros menesteres,como por ejemplo de intentar ayudar junto con la iglesia a esos indigentes que piden limosna en la puerta.Esto si es un asunto importante lo demás son menudencias y jilipoyeces.

  • mariaciudadreal dice:

    Has dado en el clavo en tu segunda deducción, querido Alberto, como siempre con esa vis tuya, mitad seria mitad cómica nos enseñas con claridad la realidad de las cosas, en esta ciudad, algunos personajes que no destacan en sus vidas diarias ni siquiera como buenos trabajadores, se sienten importantes (y se les hace) por mandar un paso de Semana Santa, si se sentirán importantes, que luchan a uñas por ser los gerifaltes de esas “comitivas” y claro, la única manera que tienen de hacer ver al pueblo llano de su importancia, es como bien dices, llevando al máximo mandatario local bajo su mando, “mirad, mirad, cuán importante soy, que llevo bajo mi bastón a la alcaldesa”. Esos mismos gerifaltes que en su vida cotidiana no dudan en molestar a un enfermo, amenazar a una niña, u ofender a cualquier vecina que ose discrepar de sus formas o ideas. Se sienten tan importantes, que al igual que la “princesa del pueblo”, sin apenas saber escribir su nombre, hasta escriben libros, eso sí haciendo corta y pega de otros verdaderos autores. La alcaldesa electa lo que debería hacer, es empezar a poner a cada uno en su sitio, y en las procesiones las autoridades eclesiásticas que es lo que procede. Y de paso echar una mirada por las subvenciones que se dan, cómo se utilizan y exigiendo claridad en las cuentas.

  • Ángel Romera dice:

    Del todo penetrante; qué bien conoces el tema. Ni un sociólogo lo expondría mejor.

  • Florete ojete dice:

    Tolerancia 0 con la dictadura del 78. ¡STOP PARTIDOS POLÍTICOS Y POLÍTICOS!

  • Alberto dice:

    Estimado Manolo, no tengo ningún “afán por llevar al ridículo” las tradiciones existentes. Más bien pongo el ojo en el uso interesado y manipulador que se hace de ellas. Por eso suelo hablar de tradicionalismo, o folklorismo, más que de tradición y folklore. Soy gran entusiasta de las tradiciones reales y espontáneas, pero no de las impostadas, ortopédicas e interesadamente dirigidas por intereses dominantes.

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