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Benítez y Platón

- 26 diciembre, 2015 – 16:567 Comentarios
El surrealismo es el escapismo de los Copperfields mundanos. Yo lo visito cuando el vino se hace presente y mis hijos ausentes. Me transporta a ese mundo posible kripkeano en el que yo no soy yo, y mis circunstancias no me oprimen como si fueran un poema con el pie forzado. José Manuel CampilloEs un movimiento artístico hijo de Freud y Bretón, y primo de Apollinaire, Dalí, Buñuel y otros creadores que bambolean su obra entre la música dodecafónica de Schönberg y los boleros de Nat King Cole. Entre lo improbable y lo bello. Entre la posibilidad de formar un gobierno en la España actual y los labios de Scarlett Johansson. Es, en lenguaje visual, lo que muestra Kurosawa cuando al final de El infierno del odio envuelve los últimos movimientos del asesino con el O Solemio de Capua. Y en lenguaje escrito, lo que hace Harry Haller en el epílogo de El lobo estepario. Su inconstancia y sus continuos devaneos lo convierten en una vanguardia maravillosa, pero no hace buena pareja con el fútbol. Es como esos matrimonios de conveniencia que se celebran entre gente que no se conviene en absoluto. El fútbol es hijo de Platón. De hecho, solo desde el mundo de las perfectas ideas platónicas es entendible. Es un deporte clasista con miedo a las innovaciones, las vanguardias lo tocan solo tangencialmente. Como las comas en la literatura de Thomas Bernhard, que no se acercan al texto hasta que la frase ve que te falta la respiración. Es en las formas perfectas de la belleza, la simpatía, el estilo y el conocimiento donde se sumerge sin mojarse, como si fuera Bob Esponja, la verdad del balompié. En ese cóctel de cualidades mecido por los tiempos modernos es en el que el entrenador se juega dejar de ser un sospechoso habitual. RafaBenítez, el entrenador de la hazaña del Liverpool contra el Milán, tiene el conocimiento. Es un estratega del nivel de Petrosian. Ese campeón del mundo de ajedrez que parecía que no jugaba y te hacía unas camisas de fuerza posicionales de las que no escapabas hasta que inclinabas el rey. Su estilo es feo, como también lo era Bette Davis. Pero Bette Davis gustaba, y Benítez gana. O sea, en el mundo de las consecuencias es un entrenador adecuado. En el de las intenciones, sigue bajo sospecha. Benítez solo tiene el conocimiento, que es mucho más de lo que tienen algunos que aspiran a dirigir España. Pero España, en lo político, es una cuestión mucho menos importante que en lo futbolístico. Sigamos. Rafa no es bello. Y esa traición a Adonis no está permitido en el solemne escenario del Santiago Bernabéu. No guarda buena relación con la estética, tampoco mala. Simplemente, no se relacionan. No basta con ser, hay también que parecer. El Bernabéu rumorea con sus arrítmicos silbidos que nunca le pedirá matrimonio. Dilatará ese momento como si fuera Penélope esperando a Ulises. Tampoco es simpático. Ni siquiera un antipático gracioso como Gila. No. Benítez es tacaño de sonrisa, tan escaso a la hora de agrandar las comisuras, como lo eran los diálogos en El acorazado Potemkin. El estilo es prosaico, como el apellido. No te puedes apellidar Benítez y entrenar al equipo que más copas de Europa ha ganado. Es como si yo pretendiera escribir En busca del tiempo perdido firmando como Campillo, y esperara que alguien lo leyera. Rafa Benítez no tiene cabida en el mundo inteligible platónico. Sí en el corrupto mundo sensible. Ese de las copias imperfectas. Por eso su relación con el equipo blanco es procelosa desde el principio. El público y los jugadores siente lo mismo que Spencer Tracy cuando vio a Sidney Poitier en Adivina quién viene esta noche. Posdata: Nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión. Lo siento, Rafa. Silencio, ¡se rueda! José Manuel Campillo www.vienafindesiglo.blogspot.com
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