La llamada que nunca existió

Fermín Gassol Peco.- Siempre me han impresionado los misteriosos fundamentos en que parecen basarse las comunicaciones inalámbricas, esas que por arte de birlibirloque y sin dejar ninguna huella que sea visible, pueden llegar a todos los lugares por recónditos que sean.
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Para un profano en la materia como servidor, el hecho de que desde las batuecas oceánicas alguien pueda comunicarse a través de una “chocolatina metálica”, que es a lo que se asemeja un móvil, con cualquier parte del mundo… resulta algo entre conmovedor y fantástico. Más alucinante aún para la imaginación, que millones de ondas circulen en el aire, “danzando” de acá para allá y nunca lleguen a encontrarse, ni enredarse.

El mundo de la telefonía móvil es tan sugestivo como espectacular, práctico, competitivo y demandado; por ello es muy comprensible que las múltiples empresas que se dedican a comercializar estos ya imprescindibles aparatos, que dicho sea de paso también sirven para telefonear, se lancen a hacer ofertas para tratar de disputarse tan suculento y extendido negocio un día sí y otro también, agudizando el ingenio de tal manera que resultan verdaderas obras de arte del marketing comercial. Quedarnos con todas las que nos llegan en infumables llamadas, muchas en horas intempestivas por eso de la sagrada siesta, bien obliga a tener un archivador de memorias para almacenar las particularidades de cada promoción, por supuesto que en la agenda de nuestro ya inseparable amigo y consejero.

Hasta que pasa lo que pasa. Que con tanta oferta, son los mismos ordenadores de telefonía los que se pueden volver locos. Es el caso sufrido por un usuario en el que se han dado tal cúmulo de despropósitos que no ha podido ser sino obra de un enloquecido ordenador con más estrés que los que dicen tener ahora mismo los negociadores de Podemos, Ciudadanos y algún otro.

Y es que el cliente de una compañía ha recibido una factura de teléfono con la nada despreciable cantidad de mil veintidós euros por hacer una llamada con una duración de cero segundos, es decir, por una llamada… que nunca existió. Pero además de producirse este hecho tan inverosímil, la originalidad del caso no acaba aquí, porque se da la circunstancia de que la seudo-llamada se la hizo a él mismo y con el más difícil todavía de tener el teléfono apagado. Una especie de complejísimo número de circo en el que intervinieran un prestidigitador, un escapista y un trapecista. Como la empresa operadora no se lo creyó… eso no se lo puede creer ni el más tonto del pueblo, el llamante imaginario hubo de demostrar que en el momento de realizar la llamada se encontraba a nueve mil metros de altura volando hacia… donde fuera.

Con ocasión de las pasados fiestas me han regalado un teléfono móvil. Entre las funciones que presenta esta “chocolatina inteligente” está la “llamada falsa”, la realizada a uno mismo, ideada para hacerla sonar en caso de necesidad imperiosa como puede ser que algún fantasma te empiece a dar el tostón más de la cuenta o te pregunte por cuestiones políticas interminablemente absurdas como las que abundan estos días. Me estoy pensando no utilizar tan práctica función. Porque no vaya a ser que esa llamada falsa (quien sabe si de Ferraz o Génova que puestos ya a fantasmear), venga después con una factura que sea de verdad y me haya pillado además con el teléfono encendido hablando con Mariano y Pedro convenciéndoles para que se den un beso político imposible, porque si no ¿para qué demonios lo quiero? Y es que lo dicho… con tanta onda circulando y con las temperaturas que padecemos en estas fechas de invierno, ¿qué invierno, qué llamada? aquí se vuelve loco hasta el ordenador del apuntador… del tiempo, las facturas y el consenso.

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