Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

ReymondeQué majos somos todos ante los ojos del prójimo, hasta que confesamos algún acto feo de nuestro pasado, cual es nuestro signo del zodiaco, nuestro equipo de fútbol, nuestra simpatía o militancia por un partido político o nuestra creencia religiosa.
La discrepancia puede hacernos cambiar nuestros sentimientos hacia una persona, por suspicacia o desconfianza. Por eso, estos asuntos conviene dejarlos tranquilos para evitarse líos, especialmente al hablar de temas sagrados, la historia ya está llena de hombres célebres ajusticiados por esta causa ¿alguien me condenará por el mero hecho de atreverme a hablar de religión o por discrepar?

La fe religiosa está en lo más profundo de la conciencia humana, personal, y en el fondo da igual que te hayan educado de un modo concreto, o si hay una tradición milenaria detrás, si las circunstancias te inducen a una conversión. En lo general, nuestra sociedad está condicionada por la cultura católica, que se manifiesta en una parte importante de la culturacomún, nuestro modo de ser y nuestras expresiones: Por Dios, Dios mío, Jesús, Virgencita que me quede como estoy, tener más paciencia que un santo… Hasta hace pocas décadas, España era un país oficialmente católico, y hasta el día de hoy, la religión católica se sigue impartiendo en las escuelas.

Ser católico implica reconocer el dogma de la Santa Madre Iglesia: La Virgen María como madre de Dios, la Santísima Trinidad, la resurrección y ascensión de Jesucristo, la verdad de las Sagradas Escrituras…Afortunadamente,la libertad de culto está amparada porla Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Constitución en España,y no se dan latigazos por declararse contrario al dogma, como sucede aún en Oriente Medio. Esto permite que en Españalos ciudadanos no profesen una religión en exclusiva, y que sectores de población católica practicante, convivan con sectores católicos no practicantes, evangelistas, agnósticos, ateos, judíos, musulmanes o budistas. A mi modo de ver, no se trata solo de tolerancia hacia las minorías, sino de valorarcuanta mayoría social es católica, y hasta qué punto afecta el catolicismo a todos, de cualquier clase o condición. Porque no hay mayor mayoría que la totalidad. Que haya infinidad de fiestas de Semana Santa de todo tipo declaradas de interés turístico, seguida con interés y pasión de mucha gente es una evidencia. Tanta evidencia, como la crisis de vocaciones religiosas o que la hostelería en el Mediterráneo haga su agosto en estas fechas.

Así las cosas, todavía se rige nuestro calendario laboral principalmente por las fiestas religiosas. Ya sabemos que la Iglesia católica reconvirtió las fiestas paganas de los solsticios por las fiestas de la Natividad del Señor y San Juan. Pero el resto de nuestro calendario incluye también la Adoración de los Reyes Magos, Corpus Christi, San José, Inmaculada Concepción, Semana Santa, Carnaval, la festividad del Santo Patrón local o gremial… fiestas que en pocos casos implican una celebración religiosa más o menos generalizada. En un país como el nuestro, aconfesional por definición, es anatema plantear que las fiestas laborales merecerían una revisión acorde con la laicidad del Estado (como sucede en el calendario escolar francés): todos deberíamos tener derecho a días festivos a lo largo del año – lo que también está recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su el Artículo 24 – pero vincular a toda la población, creyente o no, a que se correspondan con días de rito o culto religioso es una contradicción con la libertad de religión reseñada. Yo creo que algunas de estas fiestas podrían perfectamente cuestionarse y revisarse – utopía.

La libertad de expresión permite y exige que dicha expresión de la fe sea a la vez respetuosa con todas las creencias, porque hay que entender quehasta para los ateos la ausencia de fe es sagrada. En cuestiones de fe puede defenderse cualquier opción, pero no se deberían tolerar las malas formas cuando hay discrepancia. Con frecuencia se oye en la homilía renegar de quienes no creen en la fe, como amantes del materialismo – y con ello, carentes de una ética humanista – u otras cosas peor aún, como el papel sumiso de la mujer. Algunas de estas homilías resultan tan polémicas que llegan a salir en prensa. No es tolerable tomar el nombre de Dios en vano, desprestigiando la moralidad de quien no profesa nuestra misma fe. Que todos seamos iguales ante los ojos de Dios debería ser un ejemplo a seguir. No es aceptable la quema de herejes, como no es aceptable el martirio de creyentes.Sin entrar en anécdotas más polémicas (y demasiado frecuentes todavía) no me parece bien que alguien se manifieste soezmente en el interior de una iglesia para denunciar la intromisión de la fe católica en la universidad, como no me parece bien que el Gobierno indulte a 13 presos por petición de las cofradías, o que el Ayuntamiento de Tobarra desobedezca el cambio de hora por la “tradición” de celebrar la Semana Santa con una tamborrada de 104 horas seguidas. En este debate, falta racionalidad y respeto por la discrepancia, y sobran intolerancia y pasión.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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1 COMENTARIO

  1. Me ha encantado. Soy catolico practicante y militante, y me ha encantado.

    Sensato, razonable. Los catolicos hemos de recuperar la autenticidad en nuestra Fe y tradiciones, no creer en imposiciones y reivindicar nuestro sitio civil, ser tratados como los demas y no como unos pretenden, como ciudadanos de segunda sin derecho a manifestar publicamente la Fe.

    La realidad es plural y cabemos todos, y con respeto hasta las festividades religiosas son discutibles para aquellos que no las celebran y no quieren que se les impongan.

    Yo solo quiero una comunidad religiosa autentica y civilmente igual que los demas.

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