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De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (12)

- 8 diciembre, 2016 – 14:09Sin comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- Difíciles tiempos vendrían para la ciudad que adquirió tal condición con el rey Juan II, tras la sangre derramada por las calles de Ciudad Real en los sucesos de 1449.

carillonLa ola de antisemitismo había cristalizado en tan sangrientos días, habiendo enfrentado a dos bandos irreconciliables: los que usaban malas artes y les daba igual la sangre derramada – sobre todo de judíos y conversos – eran los cristianos viejos; y por otro lado estaban los astutos y pocos claros en la expresión de sus creencias religiosas, que eran los cristianos nuevos o conversos.

La paz de espíritu que insufló el perdón real pareció aplacar ciertas veleidades, haciendo más fácil la gobernabilidad de la ciudad para los alcaldes Alvar García de Villaquirán y Antón Martínez, y de una serie de regidores y hombres buenos de la ciudad, aunque la situación de amenaza de despoblamiento hacía que se tomasen ciertas medidas que atrajesen a repoblar Ciudad Real.

Junto al perdón real, durante este triste año de 1449, el monarca otorgó a la ciudad el privilegio de voto en Cortes, además de dar ciertos cargos de relevancia a los que fueran leales, puso casa al príncipe Enrique, eligiendo como asistente del mismo a Alvar García de Villaquirán.

El recelo levantado por los otrora fugados propició que el futuro Enrique IV hiciese una merced a Ciudad Real para que su ayuntamiento acogiese a las personas que lo solicitasen, concediéndoles ciertas exenciones de pechos. Este reclamo tendría pronta respuesta en fechas posteriores.

En cuanto a la hacienda concejil, la revuelta y su consecuente despoblación, no hizo nada más que agravar su situación, provocando incluso que el propio infante don Enrique otorgase más poder al cabildo para poder repartir miles de maravedís y así cubrir las necesidades entre los pecheros.

El reinado de Juan II tocaba a su fin. En 1453 moría degollado en Valladolid en público cadalso el Condestable don Álvaro de Luna, siendo colgada su cabeza en una escarpia durante varios días.

Se entraba en una época que no estaría exenta de conflictos, y el monarca que dio título a la otrora villa, con poca salud y recordando a su fiel don Álvaro – tal y como señaló su médico el Bachiller Fernán Gómez de Ciudad Real –, fallecería por fiebres cuartanas dobles el 22 de julio de 1454.

Un año antes, al otro lado del Mediterráneo, los turcos tomaban la ciudad de Constantinopla. Este acontecimiento se convirtió en un hilo de esperanza, en una señal, para la estirpe judaica, de una posible venida del nuevo Mesías, aquel que les protegiese y condujese por una senda no tan llena de espinas como por aquel entonces soportaban los fieles a la Ley mosaica.

En Ciudad Real, estos acontecimientos se celebraban en las casas de aquellos líderes conversos que tenían cierta posición. Uno de ellos era Sancho de Ciudad, y en la torre del mismo nombre, además de celebrar aquel magno acontecimiento, observaban las estrellas como señal de que aquel Mesías estaba cerca.

Sancho de Ciudad no era sólo un fiel a la ley de Moisés, sino que tenía relevancia dentro de la ciudad al ser recaudador de impuestos no sólo durante el reinado del fallecido Juan II de Castilla, sino también por ocupar el cargo de regidor en el concejo municipal.

Tras el fallecimiento de Juan II la situación en Castilla, lejos de alterarse, repetiría los mismos patrones de conducta, de luchas de poder entre los bandos nobiliarios y la monarquía. Con Juan II, su mano derecha y el objetivo de todas las críticas fue el condestable Alvaro de Luna, y, con la llegada de Enrique IV al trono, esta situación se repetiría en la persona del que fuera paje del condestable: Juan Pacheco.

Llegaba la década de 1460 y se disputan el poder en Castilla tanto el círculo de Juan Pacheco como otros nobles afectos al monarca (entre ellos Beltrán de la Cueva) al plantearse la cuestión de la custodia de los hermanastros del rey, los infantes Isabel y Alfonso, los cuales residían en la corte desde 1461.

Un año más tarde, el problema se agravaría al nacer – en 1462 – la infanta Juana, de cuya paternidad había muchas dudas.

Sería en este año, cuando la reina madre, Juana enviaría en comisión a la villa de Aranda a un grupo de regidores, del que Sancho de Ciudad era parte integrante.

Su integridad como judío quedó puesta de manifiesto desde un principio. Incluso a la hora de disfrutar de los placeres culinarios hizo gala de su rigurosidad judaica, negándose a comer todo aquel alimento que no fuese kasher en compañía del grupo de regidores cristianos.

Este comportamiento le generó serias disputas y enfrentamientos con el resto del grupo – ¡maldito judío! – le increpaban algunos –. A ello hay que sumar que su vida corrió serio peligro, aunque gozó de la protección del prestigioso Juan González Pintado, quien había estado educado por el relator Fernán Díaz de Toledo, también converso, poniéndolo por entonces a su servicio.

La relevancia de Juan González y la estrecha relación que le unió a Sancho duraría varias décadas, mas su importancia vino a cimentarse en su lealtad durante casi tres décadas al relator, y siendo secretario de los reyes Juan II y Enrique IV.

Sin embargo, aunque durante años estuvo lejos de su ciudad, Ciudad Real, pocos años antes de la revuelta de 1449 Juan González había regresado y residía en el <barrio nuevo>, cerca de la iglesia de Santiago. Llegó a construir una capilla en la iglesia de Santo Domingo, e hizo donación de una imagen de la Virgen.

La revuelta pareció plantearle una crisis de identidad y encaminaría sus creencias más próximas a la ley mosaica.

Por aquel entonces tanto Juan González como Sancho de Ciudad serían objeto de las iras de los cristianos viejos de la ciudad y de los pecheros que eran utilizados como armas arrojadizas en su contra.

A pesar de ello, la política de Enrique IV aún no había esquilmado la preeminencia que ocupaban ciertos conversos en Ciudad Real y siguieron disfrutando de la condición de regidores por algún tiempo.

Al igual que Juan, Sancho también debía clarificar cual era su auténtica fe mediante una serie de hechos. Uno de ellos había sido lo ocurrido en Aranda de Duero, en el que estuvo a punto de perder la vida. Y otro, aún más importante, ocurriría un año después, en 1463.

El año de la visita de los regidores a Aranda, había llegado a Ciudad Real un mercader judío procedente de Cáceres, el cual vino a circuncidar a varios conversos de la localidad. Así mostrarían su fe, al igual que Adonay le dijo a Abraham que hiciese con su familia y servidumbre. El mohel o circuncidador cacereño, también buen carnicero, poseía el instrumental para tal fin, pues la circuncisión o berit milá la llevaría a cabo con el cuchillo de doble hoja que poseía. Uno de los asistentes a la circuncisión sería Sancho de Ciudad, quien en 1463 reafirmaría su fe judaica con el acto que le integraría en la comunidad de creyentes.

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