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Mrui grisms

- 20 diciembre, 2016 – 07:10Sin comentarios

ReymondeLa canción siempre ha formado parte de las culturas populares como medio de expresión, artístico sencillo, directo, asequible, emocionante. Todo el mundo cantaba, y bailaba. La poesía de la canción popular reflejaba el modo de pensar de la comunidad, adaptándose a las circunstancias de las distintas estaciones, en las canciones de trabajo, las canciones de cuna, las canciones de ronda, los villancicos… pues la canción formaba parte de la vida cotidiana.
Pero la música folklórica ha sido arrinconada en aquellos sitios en que las comunidades han dejado de enorgullecerse de su presencia y han adoptado formas procedentes de tierras extrañas, por su exotismo o su atractivo. Siempre ha sido así, el folklore no sólo agoniza en nuestra tierra. En nuestro caso, es tarea casi imposible encontrar a un joven que sepa distinguir una jota de una seguidilla, o que sepa la letra de un par de coplillas.

Pero no nos confundamos, el hecho de que agonicen formas de manifestación pasadas no significa que la canción, asociada a la vida, haya desaparecido. Simplemente el medio y las costumbres han sufrido una metamorfosis, y hemos pasado de la tradición oral a la transmisión mecánica: las canciones que retransmiten los reproductores de música o las emisoras de radio, nos acompañan en el trabajo, en las noches de ocio, en el coche, en el despertador… La música nos acompaña porque decidimos cuándo, cómo y cuánto nos acompaña, porque es una necesidad vital.

Como tantas otras cosas, la tecnología ha venido a sustituir artificiosamente a la persona, a la propia voz. El proceso ha sido lento, pero la mecanización de la música se ha instalado en nuestro modo de ser y de pensar hasta desterrar la práctica de cantar. Para acompañarnos de música en momentos de soledad, ya no es necesario esforzarse, chapurrear, imaginar, o recordar, basta con darle a un botón para tener presente el objeto, no su imagen. La canción ha dejado de ser un producto popular para convertirse en un producto de consumo, en el que sólo los mejores productos pueden representar a un grupo de población, pasar el filtro del tiempo y convertirse en clásicos, en populares, en neo-folklore.

Me resulta un poco cómica, según de quien provenga, esa afirmación común de que a uno le gusta la música de todo tipo. Para comprobarlo, yo le pondría un poquito de música instrumental de Ornette Coleman, Luciano Berio o Correa Araujo, por ejemplo. O le pondría un par de seguidillas cantadas por una vieja del lugar. Pero demos aquella afirmación por válida: lo que significa es que la diversidad de manifestaciones culturales, donde aparentemente no hay ninguna que predomine sobre otras, es un signo de nuestro tiempo. Es posible que a uno le guste algún tipo de música folklórica, pop extranjero, pop nacional, salsa, bossa nova, música celta, jazz (sin estridencias), clásico (sin ambigüedades)… De este modo tan simple, se crean y mantienen en el tiempo paradigmas musicales aceptados por la mayoría, populares, mientras tengan en común fórmulas sencillas: una melodía cantable o reconocible, armonías sin sobresaltos, un sonido sin estridencias (a menudo con una marca de batería/percusión cómoda que nos facilite seguir el tempo), unos arreglos donde las voces secundarias no perturben demasiado…

Es un misterio saber cómo una ocurrencia individual puntual terminó por convertirse en un refrán, en una copla, en una tendencia aceptada como propia por el grupo. Pero no hay ningún misterio en saber cómo una canción llegó a popularizarse: en el paso de la sociedad artesana a la sociedad industrial, la música se mercantiliza. La música, dentro de su propio medio, pero no ajena al contexto, también cuida sus productos. Se cuida la melodía y la letra, aunque frecuentemente no tanto como la voz, el arreglo, la calidad de sonido o la imagen del protagonista o su marca (lo cual es una paradoja). En consecuencia, quien tiene más medios en el mercado, es quien termina por imponer el modelo. Obviamente, no hay una vía única. Existe lo que se llama “música comercial”, así etiquetada para darle categoría de subproducto. Pero cualquiera que sea el estilo, tendrá sus propios canales de difusión, y el proceso será el mismo. Obviamente también, la imposición no es forzosa, sino voluntaria, porque se refuerza nuestra identidad musical e individual con lo que oímos, hasta el punto de que cuando llega una propuesta nueva extraña, que requiere un esfuerzo, la reacción primera es normalmente de rechazo.

Me parecía necesario exponer toda esta premisa para acotar el asunto que vengo a tratar: los villancicos, probablemente el último reducto reconocido y vivo (o en pronóstico reservado) de nuestra tradición musical. Las letras de los villancicos navideños son de otra época: “saca la bota, María, que me voy a emborrachar”, “en el portal de Belén, gitanillos han entrado / y al bueno de San José, los calzones le han robado”, “El tendero de la esquina, que ha tenido la atención / de tirarle a la cabeza un pedazo de turrón”, son algunas de las perlas que se cantaban. Muchas de sus letras tienen ya difícil cabida en una sociedad como la nuestra, en apariencia puritana y secular. Antiguamente la gente mayor también cantaba esos villancicos, pero hoy se asocian a cosas de niños, que cantan coplas por el nacimiento de otro niño. Esa mezcla de texto casposo, de melodía rancia, asociada a momentos que pretenden superarse, es una de las causas, a mi entender, del maltrato que estas coplas reciben como subgénero. Cuando se producen en un disco, con sus voces blancas, con su ritmo ternario o bien marcado a tiempo, el resultado ese desdeñable.

Frente a esto, bien diferente, tenemos el villancico de origen anglosajón, introducido por la industria, a través del cine, o cientos de formas. Pero ya no son solo los “Jingle Bells”, “Jingle Bells Rock”, o “White Christmas”, canciones creadas con eminente afán comercial: cada vez reconozco más y más corales protestantes, en versión cantada o instrumental. El texto no es un problema, no se entiende, y tampoco las traducciones son especialmente conflictivas. La canción es simplemente la base para ser versionada de infinitas maneras, muy profesionales, muy atractivas… o no: en el fondo no importa la calidad concreta, al final, la marca prevalece sobre el resultado. Ante el dilema de escoger villancicos con swing o villancicos autóctonos cantados por niños, la ortodoxia se decanta actualmente por el primero. No es un problema de la globalización, aquí no hace falta saber qué se canta en Marruecos o en Francia, para asumir que los villancicos en inglés han entrado en nuestra conciencia colectiva hasta la cocina.

Lo que ya me parece el colmo del dislate, es el uso que se hace de estas canciones navideñas. Estas canciones comerciales no se compran ni se buscan para disfrute personal, uno no decide cuando las va a escuchar, no las canta en la ducha… Estas canciones son el atrezzo necesario en esa otra ceremonia cultural en que se ha convertido el comercio en navidad. Alguien pensó que es de buen gusto poner (imponer) música navideña anglosajona todos los días a todas horas. No hay escapatoria. Y si es a un fuerte volumen, mejor, que se note que somos mucho españoles y mucho ruidosos. Felices fiestas.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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