Ciudad Real capital

ReymondeDifícil tarea se antoja a priori promocionar en el exterior la imagen de una ciudad para atraer el turismo. Tal vez sea necesario hacer campañas institucionales dirigidas a los profesionales (cuya cuantía económica es de suponer que estará bien ponderada), aunque en general uno es poco dado a buscar campañas similares de otras poblaciones que no sean la propia.
La consulta a través de internet y el “boca a boca” es lo que mejor funciona. Y en ambos casos, los mejores mentores deberían ser sus propios ciudadanos y las personas que han venido a visitarla en alguna ocasión… y no lo son.

¿Qué busca un turista? No solo los monumentos– que en nuestra ciudadse conservan pocos – sino la fisonomía de la propia ciudad (al menos, en los tramos que se visitan), la agenda… y laoferta hostelera. Para mí, mejor que la buena mesa, es la buena tapa de Ciudad Real, con la que cenas de pie en los bares ¡Vaya! Y de entre todas, el mítico y siempre elogiado “güevo” de la Plaza Mayor. El resto, merece una reflexión más detenida.

Cuando hace más de 20 años llegué a esta ciudad por primera vez por motivos de trabajo, me habían advertido de que esta ciudad era fea ¿Por qué fea? Hacía poco que se inauguró la línea del AVE; y en su recorrido peatonal desde la estación hasta el centro había que dejar a un lado la Universidad; los altos edificios de la calle de la Mata daban una imagen moderna; la Iglesia de San Pedro mostraba un trazado austero y bonito; y por fin la Plaza Mayor, siempre concurrida, donde convivían en ambos extremos un Ayuntamiento de extraño aspecto neogótico con un puestecito de verduras bajo los soportales. No es que fuera un paisaje maravilloso, aunque la primera impresión resultaba prometedora (y se dice que la primera impresión es lo que cuenta). Feo no era, pero en verdad, no encontraba de camino nada llamativo, salvo San Pedro, el Ayuntamiento – y es que para gustos, colores (para mí, tenían mucho más encanto los viejos soportales, con diferencia) – y un edificio con escudo en la esquina de las calles Lanza y Conde de la Cañada, con los balcones abiertos y un aspecto ruinoso. Y a diferencia de los madrileños, que pasaban a tu lado sin verte la cara, aquí no dejabas de cruzar miradas con cualquier persona que viniera de frente.

La calle Alarcos desde la Plaza del Pilar – todavía con tráfico rodado – hasta el edificio de “los Nuevos Ministerios” daban continuidad a la experiencia vivida en la calle de la Mata. Al fondo, el Parque de Gasset, pequeñito, provinciano, decimonónico. Por la calle Postas, parecía vislumbrarse un poco lo que es el tejido urbano que se esconde tras los edificios altos. Luego venían el Mercado, el Prado y el Conservatorio (cuya rehabilitación era relativamente reciente). Sin olvidar, obviamente, el Palacio de la Diputación, la Puerta de Toledo, o el Torreón (que no se encontraba vallado).

Pero traspasando estos límites, adentrándome en la ciudad, la impresión que recibí como madrileño recién aterrizado fue radicalmente distinta, como estar en un pueblecito de la España profunda. Las calles eran silenciosas, de poca altura y sin embargo de aspecto poco luminoso de noche y de día. Bastantes con la alineación de sus edificios escalonada por viejas viviendas que acortaban los tramos de aceras. Incluso el tramo inicial de la calle Toledo tenía este aspecto, y me sorprendía ver a su paso una estación del “Via Crucis” en Semana Santa que (si no estoy equivocado) se ha caído del calendario. Llegar a la estación de AVE por el barrio del Pilar me recordaba los sitios menos recomendables de Madrid. Los sábados por la tarde solo abrían Mercadona y algunos bares.

Desde finales de los ochenta / principios de los noventa (cuando se produjo el primer gran impulso de la ciudad en este siglo) hasta ahora (en que la gente está más pendiente del móvil que de tu cara), la fisonomía de la ciudad ha cambiado algo: la ampliación de la zona peatonal en la Plaza del Pilar, las intervenciones y peatonalizaciones de las plazas de la Constitución y de España, el crecimiento de la vegetación del Parque del Pilar y la ampliación del Parque de Gasset, hacen más agradable la vida en estos barrios. Cada vez quedan menos calles con paredes encaladas en el barrio de Santiago, y menos aceras retranqueadas. La remodelación del Mercado, el Carillón de la Plaza Mayor, los nuevos museos de la Merced y el Quijote, las remodelaciones de los museos López Villaseñor y Provincial; incluso añadiría (para los amantes de cierto tipo de arquitectura moderna) la Biblioteca del Estado, el Hospital General y el Conservatorio… el catálogo de propuestas arquitectónicas y expositivas que se ofrecen al visitante se ha ampliado. Pero la ciudad sigue teniendo un aspecto vulgar. Ciudad Real ha evolucionado conforme a un tipo de urbanismo muy extendido por nuestro país, particularmente en nuestra región, que sigue sintiendo su orgullo natal con la boca grande mientras que a la chita callando reniega de su tradición y su identidad tirando de toda clase de piquetas, por el bien del bolsillo más que de una modernización real. Dicho de otro modo, no se trata solo de que crezca, sino de que no se echen a perder edificios emblemáticos o arquitectura popular, que bastante se ha echado. Afortunadamente, el crecimiento en el extrarradio tampoco ha supuesto la depauperación del centro, que es donde se concentra la mayoría de las cosas que merecen ser visitadas, por lo que no hay que andar demasiado para ver prácticamente todo lo que se oferta ¿Pero es suficiente, cuál es el atractivo de Ciudad Real para que exista una demanda de visitantes, es Ciudad Real la ciudad de “irás y no volverás”?

Hay un aspecto potencial/pasivo, que es el paseo por el entorno urbano o la visita de sus singularidades, al que ya me he referido. Evidentemente también hay una variedad en el interés de los visitantes, desde la visita rápida (tipo grupos del INSERSO) a la parada por las exposiciones. En cambio, hay otro aspecto dinámico/activo, que se basa en su comercio y su agenda. El auge de la ciudad es inevitablemente paralelo al de su potencial económico en sectores variados, no solo en la construcción o el sector inmobiliario. La hostelería se mantiene no solo por el consumo interior, sino por sus visitantes, turistas de corto o largo recorrido, de uno o más días. Pero, por ejemplo, son muchos los habitantes de la provincia que vienen al cine o a los comercios (especialmente de ropa) y a poco más. Ha de haber, pues, más cantidad y variedad de reclamos que potencien la actividad económica en distintos sectores, que enriquezcan tanto al visitante como a sus propios ciudadanos.

Hoy en día, no hay ciudad o pueblo en España que resista la comparación con lo que fue en los años noventa. Sin embargo, y a pesar de todo lo que se ve, uno siente que Ciudad Real ha perdido el paso de los tiempos que corren, y no es de extrañar que esto guarde relación con el modelo cultural que se predica desde las instituciones, especialmente desde el Ayuntamiento. Desde hace décadas hasta hoy, lejos de impulsar un modelo cultural participativo, constantemente activo, retroalimentado, dotado desuficientes recursos económicos, atendiendo con prioridad a la demanda de sus ciudadanos… el reclamo cultural se ha hecho a base de hitos de eficacia cuestionable. No puede negarse que el impulso institucional (y sobre todo fuertemente monetario) a la Semana Santa, hasta su declaración de interés turístico nacional, no ha tenido reflejo, ni por asomo, en otras actividades de mayor o menor espíritu emprendedor en nuestra ciudad – me viene al recuerdo que el Festival Internacional de Jazz dejó de hacerse por la ausencia de apoyo del Ayuntamiento, por ejemplo – ni va a ser más rico culturalmente porque veamos más estatuas de Dulcinea, de Don Quijote o de reyes de Castilla.

Tranquila, es y sigue siendo la seña de identidad más repetida en Ciudad Real y donde uno se figura que se halla su encanto. También los cementerios están tranquilitos. La idea ampliamente instalada de que no hay nada que ver en Ciudad Real, ni en la ciudad ni en los locales de espectáculos, es falsa; pero los esfuerzos por enmendarla no han sido suficientes, o suficientemente adecuados. No es que no haya potencialidad en el sector cultural, sino que no se estimula la actividad, la demanda o el conocimiento de la oferta. No pretendan pues que nuestros vecinos sean espléndidos embajadores de nuestra ciudad. Dirán que en Ciudad Real no hay nada que ver, y cogerán el coche para visitar Almagro.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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2 COMENTARIOS

  1. Tan real como la vida misma.
    El turista del siglo XXI investiga, compara y busca exclusividad.
    Sobre todo, busca un turismo activo que otorgue experiencias únicas.
    Los turistas que buscan la autenticidad y la originalidad en sus viajes tienen una máxima: «donde haya menos gente mejor».
    Con un poco de creatividad, una buena dosis de marketing (no publicidad)turístico y muchas ganas, se puede promover hasta un pequeño pueblo de una docena de habitantes.
    Al fin y al cabo, como decía Mark Twain: «viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”…

  2. Hay que potenciar la ruta ecológica y geológica de los volcanes cercanos alargando la Vía Verde. Es algo único en España y que se encuentra muy cercano a la ciudad (Maar de la Hoya del Mortero).
    Hay que proteger y señalar los edificios singulares y su historia creando rutas.
    Son dos ideas.

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