De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (18)

Manuel Cabezas Velasco.- Mossen Lambert Lampart, maestro impresor de cuyo taller había nacido la primera obra impresa en el territorio peninsular, se dedicaría durante unas dos décadas al negocio impresor. En él no sólo se inició en la utilización de los caracteres móviles sino que también se dedicaba a la fundición de tipos. Uno de sus colaboradores y alumnos más estrechos era el platero y maestro impresor Alfonso Fernández de Córdoba, llegando a publicar entre ambos una Biblia en valenciano. Este hecho, los vínculos que parecía tener con los judíos y su probable origen converso, propiciaría que Alfonso Fernández tuviese que huir de Valencia, junto a su hermano Bartolomé.

carillonLos hermanos Fernández de Córdoba tomaron como rumbo la ciudad de Murcia, aunque en un primer momento dado lo precipitado de su huida, tuvo que preparar el traslado de todos los muebles y enseres que componían su imprenta. Para ello recurriría a la ayuda de un judío murciano conocido como Maymón, que se convertiría en el socio que gozaba de los dineros necesarios para volver a poner en marcha su imprenta.

El traslado de la misma se haría inicialmente a Guardamar, donde mantendría el depósito de papel, y posteriormente iría a Murcia. Para ello cruzaría a caballo la frontera de los reinos de Valencia y Murcia. Sin embargo, su estancia en la ciudad murciana apenas duró dos años, teniendo incluso que ocupar el cargo de fiel de pesos – dado su oficio de platero – ante las dificultades que tenía de encontrar un socio protector con el que pudiese ejercer su oficio de impresor. En ese tiempo se imprimiría el Breviarium Carthaginense, aunque su meta era volver de nuevo a Valencia, para lo que firmaría varios documentos y así efectuar el contrato con el notario Gabriel Luis de Ariño y tener como socio al judío Maymón.

Esta sociedad daría como resultado la impresión de varias obras en Valencia, de Juan Pérez de Valencia, gobernador de la diócesis de Cartagena por Rodrigo de Borja, su obispo y vicecanciller de la Iglesia.

Su asociación con el notario Ariño buscaba como objeto que pudiera hacer todas las gestiones posibles para poder obtener el perdón real y volver a Valencia para realizar su obra. Sin embargo su tiempo en tierras murcianas y valencianas tenían también las horas contadas.

Su rumbo sería otro: ir hacia el norte. Era el año de nuestro señor de mil y cuatrocientos y ochenta y cinco, y no parecía que en su travesía pudiesen estar mucho tiempo solos. A lo lejos, en el camino, se atisbaba como iban dos jóvenes en su misma dirección. La muchacha portaba en su regazo a un retoño.

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La orden de detención sobre el adulterio cometido por Cinta contra el soldado Alfonso García, al haberse enamorado de Ismael, rondaba aún por la mente de Sancho. Mas él, que estaba acostumbrado a lidiar con los avatares que suponía emprender la huida hacia otro lugar cuando las circunstancias le habían sido adversas, aún recordaba lo acontecido cuando se vio obligado a huir a Toledo a finales de la década de 1460.

Los motines que se dieron en aquel momento propiciaron la huida de Sancho y otros conversos – algunos para no regresar por un tiempo, como fue el caso de su vecino Juan Falcón el Viejo -, aunque en el caso de Sancho sólo esperaría el momento oportuno de que se calmasen los revueltos ánimos para regresar a su ciudad. Ánimos bastante caldeados por los hechos acaecidos en las Cortes de Ocaña donde las actividades usurarias de los judíos castellanos habían generado mucha controversia.

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