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De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (20)

- 12 febrero, 2017 – 17:00Sin comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- Sancho, en su partida hacia Toledo, dejaba su querida Ciudad Real, no sólo por las motivaciones que acuciaban a los conversos, pues el clima enrarecido también se lo encontraría en Toledo. En Ciudad Real, de nuevo las luchas intestinas entre calatravos y realistas dividían la ciudad en dos bandos. Los calatravos se habían convertido en protectores de los conversos, uno de ellos era Sancho de Ciudad.

heresiarcas 1La llegada a Toledo no le haría olvidar a Sancho su tierra natal, aquella en la que se había convertido en un pilar fundamental de la comunidad conversa. Era regidor del concejo municipal. Arrendaba alcabalas y tercias. Aunque su fe judaica le propiciaba no estar exento de multitud de enemigos, varios de los cuales querían borrar de la faz de la tierra esa posición de privilegio.

Cuando el heresiarca ejercía el cargo de regidor, cerca de su casa se hallaba el lugar donde se celebraban las sesiones del concejo, allá por el trascoro de la Iglesia de San Pedro. La atípica y temporal sede era necesaria pues los representantes municipales carecían de una propia desde el fatídico incendio que diera al traste con el antiguo emplazamiento. Allí en el cementerio de dicha iglesia, tras el repicar de la campana comenzaban las reuniones. Documentos y privilegios pertenecientes a la ciudad contenidos en una caja se hallaban resguardados en una oquedad del altar mayor cerca del lado de la Epístola.

Dada la diversidad de origen de los miembros de concejo, eran comunes las disputas entre los mismos, más aún si cabe si la dialéctica estaba condicionada por el clima anticonverso de aquellos tiempos. Sancho no era el único fiel a la ley mosaica que ejercía el cargo de regidor. Su gran amigo Juan González, dada su gran relevancia en la ciudad, era su mayor apoyo.

Dado su carácter y fidelidad a la ley mosaica, Sancho, en más de una ocasión se tuvo que alejar de su propia casa para seguir los preceptos judaicos. En otras se recluía en su propia torre, donde tenía su despacho, que se convertía en lugar de culto cuando requería la ocasión.

En ocasiones se alejaba de su casa, buscando la soledad, para lo que se marchaba hacia una de sus viñas. En ellas, fuera de cualquier testimonio comprometedor, se postraba y comenzaba a orar para agradecer todo lo que había obtenido hasta el momento y para seguir teniendo la fuerza y el valor suficientes que le ayudaran a mantener su creencia, a pesar de las más duras adversidades por las que atravesaba.

La huida a Toledo no sería la última ni la más arriesgada. Sin embargo, había recibido la ayuda de Juan González de Ciudad Real para preparar su marcha, el cual conocía muy bien Toledo y las personas más relevantes que debía buscar para ser acogido.

Sancho buscaría, no sin dificultades, a los conversos amigos por las calles de Toledo. Las referencias para una búsqueda segura las tenía en una persona en la que había depositado gran confianza: Juan González, quien años atrás había estado como escribano de cámara a las órdenes del Relator y Secretario Real – entre otros cargos – don Fernando Díaz de Toledo, y que sería nombrado Secretario por albalá en septiembre de 1465, nombramiento que sería firmado por el Secretario Juan de Oviedo.

A pesar de la ayuda de Juan González, en Toledo también había facciones que se encontraban en plena lucha. Las oligarquías bien podían proceder de antiguos linajes de caballeros, o bien procedían del común. En este último grupo se hallaban tanto cristianos viejos como ciertos conversos destacados. La búsqueda cautelosa de Sancho se hacía necesaria, pues él mismo ya no era un auténtico desconocido.

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