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13 aniversario del 11-M: La joven puertollanera que fue testigo del horror

- 11 marzo, 2017 – 12:317 Comentarios
Miciudadreal conmemora el 13 aniversario de la tragedia del 11-M recuperando un artículo de Santos G. Monroy publicado el 17 de marzo de 2004 en el diario Lanza. Se trata del testimonio de su hermana, que entonces contaba con 24 años. Ella fue testigo directo del horror y una de las primeras personas que acudieron a la calle Téllez a socorrer a los heridos. 11m Una ventana hacia el horror A María le despertó el viento de la desolación, un huracán de cristales y metralla, un bramido que presagiaba el horror inminente. María González Monroy tiene 24 años y es de Puertollano. Vive en el número 30 de la madrileña calle Téllez, y la ventana de su dormitorio se asoma a los rieles del espanto, a apenas veinte metros del lugar donde el pasado 11 de marzo hicieron explosión tres de los vagones del cercanías procedente de Alcalá de Henares. "Eran las ocho menos veinte de la mañana y aún estaba en la cama", relata con la mirada perdida en las catenarias de Atocha. Me despertaron las sacudidas de unos brazos invisibles y escuché una gran explosión". En un primer momento creyó que se había producido un choque de trenes, pero cuando dos segundos después, tras oír otra detonación, se asomó afuera y vio cómo agonizaban los restos de un convoy destripado, supo que se trataba de algo mucho peor. "Más tarde me daría cuenta de que los cristales de la ventana habían estallado y cubierto toda mi cama, de que la persiana había volado, y de que los muebles y paredes de mi habitación estaban salpicados de trozos de metal". El hecho de que la joven estuviera en ese momento tumbada y arropada por las mantas a una altura inferior a la de la repisa fue lo único que regateó la desgracia. Por encima de ella, a escasos centímetros de su cara, zumbó la onda expansiva, el aullido de la muerte. Todavía le duelen los oídos. Tiene un tímpano inflamado. No se le puede hablar en voz alta, y cualquier ruido le resulta molesto. Le han salido úlceras en los ojos, los huesos le pesan, y los médicos le han recetado unas pastillas para dormir que no le dan resultado. Se pasa las noches de turbio en turbio, abismada en imágenes alucinadas. Está cansada, muy cansada, y le han comunicado que, si no mejora, dentro de unos días tendrá que acudir su primera cita con el psicólogo. María tiene los ojos azules y una mirada limpia que la ulceración no ha conseguido apagar. Vino a Madrid para estudiar Trabajo Social, y vive de alquiler junto sus compañeras de piso, María y Leticia, que se encuentran bien aunque igual de consternadas. La ilusión de esta puertollanera, con el diploma de trabajadora social recién conseguido, ha sido siempre ayudar a los demás, hacer feliz a los que la rodean. Lejos estaba de pensar que iba ser testigo directo de la cara más brutal de la crueldad humana, de la conmovedora tragedia que ha sacudido al mundo y que cambiará el curso histórico de España. Ella misma, quizá, será una persona distinta después de lo que vio y sintió en la mañana sangrienta de Atocha. Han pasado tres días desde el atentado. Es domingo, 14 de marzo de 2004. Pica el sol mientras los españoles responden a la barbarie con sus votos. Frente al portal de María, bajo su ventana situada en un tercer piso, los muros que protegen las vías se han convertido en un templo silencioso, repleto de cirios de lánguidas llamas, de mensajes indignados en papeles y pancartas. Delante de ellos, un grupo veinteañeras secan sus lágrimas. Los curiosos se mueven lentamente, como si atravesaran capas de gelatina, callados, encendiendo nuevas velas. Detrás, los operarios de Renfe realizan las últimas reparaciones momentos antes de que se reanude el tránsito de los trenes de cercanías. La mirada de María aún está subrayada por unas ojeras de pesadilla. Las primeras imágenes de lo que vio desde aquella ventana del terror se han grabado dolorosamente en su cerebro. Todo transcurría bajo el manto ceniciento de la humareda. "Vi la gente saliendo de los vagones, desconcertados, tambaleándose, pidiendo ayuda; vi como se acercaban las primeras personas para auxiliarles; vi cómo corrían los médicos del centro de salud cercano. Tras llamar llorando a Puertollano, a sus padres, "mamá, papá, estoy bien, han puesto una bomba en el tren, no os preocupéis, voy a ver qué pasa", su primera reacción fue bajar para ayudar en lo que fuera posible. "Bajamos a la calle, a repartir mantas entre los heridos que se iban acumulando en la Travesía de Téllez, a distribuir botellas de agua y ofrecer toda la ayuda que estuviera en nuestra mano". Minutos después tuvieron que regresar a casa, apresuradas, aturdidas, desorbitadas: los servicios de emergencia alertaron del peligro de más explosiones y obligaron a los vecinos evacuar las calles. Para María y sus amigas fue tan solo el inicio de una jornada dantesca. Hasta su vivienda llegaban los lamentos de los heridos encapuchados con sangre. Desde allí fueron testigos horrorizados de las escenas que se sucedían en el interior de los vagones. Todo parecía sacado de las escenas de los cuadros de El Bosco. Nunca olvidará los cuerpos mutilados esparcidos por el interior del tren, ni las siniestras mantas que cubrían el suelo. Nunca olvidará el desfile de las bolsas negras que surgían desde el boquete de urgencia abierto en el muro, ni el olor a carne quemada, que se prolongó hasta el anochecer. Su vivienda se convirtió en sede improvisada de muchos medios de comunicación, que tomaban imágenes mientras los bomberos estudiaban los daños producidos en el interior del inmueble. Una planta más abajo, en el segundo piso, la carga letal de una de las puertas del tren se introdujo en el salón. En la fachada se clavaron puntas de metal como dardos acerados. En la calle, algunos automóviles aparecieron perforados por las agudas lanzadas de la metralla. A pesar de todo lo que ha vivido, en el corazón de María no cabe el odio. Se considera afortunada, si bien no puede dejar de pensar en el sufrimiento que está lacerando a centenares de familias. Atendiendo las obras de reparación de su casa, no pudo asistir la descomunal concentración que se desbordó por Madrid el pasado día 12. Tampoco pudo regresar a su pueblo, Puertollano, para enjuagar sus cabellos castaños con la pena negra que caía del cielo, para compartir con sus paisanos el multitudinario silencio del Paseo de San Gregorio, solo roto por el tamborileo de la lluvia en los paraguas. Pero este domingo de urnas que claman justicia, paseando por las calles de un Madrid convertido en santuario de solidaridad, María, coma todos los españoles, se confiesa con el alma destrozada, pero con sus ilusiones intactas. Para eso ha estudiado: para hacer más llevadera la vida de los demás. Aunque todavía haya monstruos que sigan amando la muerte.
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