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Incomodidad

- 27 octubre, 2017 – 12:008 Comentarios
Manuel Cabezas Velasco.- Son las once y cuarto de la noche. Es un viernes cualquiera en un suave invierno que empieza a recrudecerse. De pronto, un coche de gran cilindrada pasa muy cerca de dos jóvenes que están conversando. Reina el silencio. Sus corazones susurran una melodía temerosa e inquieta. ¿Por qué? Es el hombre que en las últimas semanas no ha dejado de vigilarles allá dónde se dirigían. Sin tregua. Sin horarios. Nadie conoce la historia ni tan siquiera los motivos que impulsan al "perseguidor" a estar siempre tan cercano de estos dos jóvenes. Nadie... excepto ellos dos. Para conocer esta historia, habría que remontarse dos años antes, cuando en un local de moda los dos jóvenes aun ni se conocían. En ese momento ocurriría algo inesperado: la chica se encontraba junto a un hombre mayor que la violentaba. El joven entraba en esos instantes por la puerta y se percataba de la situación. El primer impulso de este último era el de socorrer a la joven, pero al ver que nadie prestaba atención y al no conocer las causas que habían provocado la discusión, se mantuvo al margen. Transcurrieron los meses, y la pareja seguía frecuentando las visitas al bar de moda. Y también se encontraban con el joven. No era un local de grandes dimensiones, por lo que las personas que iban con frecuencia se solían conocer. La chica se había dado cuenta de que el joven solitario había reparado más de una vez en las discusiones de la pareja, y un día se acercó a él y le susurro: - Me llamo Rosi, ¿y tú? - Yo, yo... - con titubeante voz -, me llamo Mus. Así fue como los dos jóvenes entablaron su primera conversación. En ese mismo momento, el hombre mayor salía de los servicios y contemplaba sorprendido la escena. No sabía cómo interpretarla, más por su larga experiencia y con voz firme y pausada se dirigió a los jóvenes y dijo: - ¡Buenas noches! - y acto seguido, dirigiéndose a la joven - Rosi, ¿nos vamos? - Espera un momento - dijo ella con voz animosa y una alegre expresión en su faz – te presento a Mus. - Encantado - dijo Gabriel, el hombre mayor, con voz presurosa, reiterando – Rosi, ¡llegamos tarde! - Lo mismo digo – había contestado el tímido Mus. Media hora más tarde, la pareja se despedía del joven, aunque lo que menos esperaban era volver a verle. En aquel instante el jovenzuelo recordó una tonada que compuso tiempo atrás al ver a Rosi por primera vez: Te acabas de marchar … y te echo de menos. Te estás despidiendo … y te echo de menos. Te vas al aseo … y te echo de menos. Siempre te echaré de menos. Duerme, dulce niña, Descansa gran mujer Y, por supuesto, futura gran madre. Y, seguidamente, otros versos le llegaron a la memoria: Os daré gusto, divina rosácea, pues reposaré en la humilde morada de los que me dieron el ser. Hasta la tarde pues, bella dama. Hasta el tiempo se rinde a tus pies, aunque te quedes en casa. Llorando están los ángeles para que vos disfrutéis de la lluvia.
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