Salamanca universal

MarcelinoEn 1.218 el rey de León Alfonso IX acogió bajo su mecenazgo los estudios de la catedral de Salamanca otorgándole el título de “Studium Generale”.

Desde entonces, la catedral recibió a estudiantes de procedencias diversas. En ella se impartieron los llamados estudios superiores (las siete disciplinas del trívium: gramática, retórica y dialéctica; quadrívium: aritmética, geometría, astronomía y música; más medicina, derecho y teología).

En 1.252, Alfonso X le otorgó el título de Universidad, siendo la primera de Europa en recibir dicha cualificación.

En 2.018 se cumplirán 800 años de aquella trascendental decisión de Alfonso IX

Salamanca no fue una Universidad cualquiera. Fue la Universidad por antonomasia desde sus comienzos humildes, cuando las clases se impartían dentro de las capillas de la catedral vieja, la románica, y los alumnos las recibían sentados en el suelo.

No había sitios fijos. Los estudiantes hacían cola a diario para conseguir los mejores. Los apuntes se tomaban apoyando un papel de pergamino sobre la espalda de algún compañero. El frío era intenso. Para combatirlo, podían patalear y aplaudir unos minutos durante las clases. Así conseguían que manos y pies entraran en calor. De aquella lejana práctica viene el dicho popular “derecho al pataleo”.

Los alumnos pudientes enviaban a algún criado a hacer cola por ellos y a calentarles el asiento. Por la cantidad de tiempo dedicado a dicho menester se decía que estos criados parecían estar empollando huevos. De ahí vendría la expresión “ser un empollón” referido a quienes pasan horas calentando el asiento para compensar la falta de talento.

La calidad de su Universidad convirtió a Salamanca en destino deseado de los buscadores del saber. Una vez convertidos en estudiantes, los educandos hicieron de ella un lugar donde sueños, pasiones, locuras, picaresca, sabiduría, se entremezclaran para constituir una forma peculiar de descubrir la vida, con sus luces y sombras, riesgos y cauciones. No es casualidad que el lazarillo de Tormes fuera natural de esta ciudad, pero no como manifestación de decadencia, nada más lejos, sino como reflejo de un enclave donde lo más y lo menos sublime del ser humano se daban la mano. En ella el ying y el yang se entregaban sin miramientos, construyendo con su abrazo una unidad humana superior donde la experiencia del pecado era camino de virtud y no de perdición; de ahí la grandeza de aquella inigualable ciudad.

El pecado favorito era la lujuria, por eso los animales de piel verde proliferaron en las ornamentaciones arquitectónicas universitarias; una llamada de atención vana a unos educandos ávidos del desenfreno por los placeres de la vida.

El cuerpo de piedra de una de las escaleras del edificio de la Universidad refleja en sus relieves las diferentes etapas de los estudiantes en su aventura universitaria. La primera refleja la atracción invencible por los placeres de la carne, quedando grabadas para la inmortalidad sendas figuras de un muchacho cabalgando sobre las caderas de una muchacha y viceversa. En esta última, la fémina azota al joven con un rollo de pergamino, el mismo utilizado para escribir los apuntes, simbolizando el triunfo de la tentación carnal sobre la obligación por el conocimiento académico. Todo expuesto sin ningún recato.

Según se asciende por la escalera, los grabados reflejan la evolución vital de los estudiantes, inclinándose paulatinamente hacia el estudio hasta conseguir salir airosos de la prueba existencial que consistía estudiar en la Universidad salmantina. Algo que no todos lograban.

Tras el alimento de la carne le sucedía el del espíritu. Un momento clave para demostrar la reciedumbre y fortaleza de carácter la tenía el educando llegada la hora de rendir cuentas de lo aprendido.

Tres días duraban los exámenes.

Antes del primero, el estudiante quedaba 24 horas repasando en la capilla de la iglesia-catedral rodeado de libros y velas. De este hecho procede la expresión “estar en capilla”, referida cuando se está a la espera de algo.

Llegada la mañana, y después de una noche en vela, el examen era oral.

Por tradición, los aprobados invitaban al resto de los alumnos a una fiesta con corrida de toros incluida.

Los suspendidos salían por la puerta trasera. Allí se agolpaban los abastecedores de la Universidad con sus carros cargados de provisiones. Y allí mismo eran esperados por compañeros para darles su merecido por no aprobar. Les arrojaban tomates, golpeaban con calabazas y les “vestían con berzas”. Antecedentes estos de las costumbres de tirar tomates a quienes hicieran algo mal, y las expresiones “dar calabazas” como negativa a determinada propuesta, y “estar con la berza” al que se encontrara en Babia o más lerdo de lo debido.

No es de extrañar el enojo. La fiesta se pagaba a escote entre los aprobados. Por tanto, a más aprobados, aportación menos onerosa y, a la par, fiesta con mayor lustre y postín.

Superada la etapa de aprendizaje en el arte del amor carnal, sin el cual el educando no encontraba el sosiego necesario para encomendarse a los placeres del espíritu, se alcanzaba el objetivo buscado: ser licenciado. Pero no todo quedaba ahí.

Cada licenciado estaba obligado a matar a un toro.

Salamanca era así. El alimento carnal y espiritual debía ser coronado con una demostración de valor.

Evidentemente, el toro no formaba parte del currículo académico, sí del currículo vital del licenciado salmantino ¿De qué serviría tanto saber aprendido si no fuera acompañado del valor preciso para aplicarlo en las complicadas circunstancias de la vida?

Los mejores, los “cum laude”, tenían derecho a inmortalizar su nombre plasmándolo en las paredes de los diferentes edificios universitarios. Son los famosos vítores que aun se aprecian a pesar del tiempo. Eran escritos con una mezcla a base de la sangre del toro muerto, aceite y pimentón.

Es cierto que los estudiantes pudientes podían pagar a otro para enfrentarse al toro o rotular su vítor. También lo es que este acto los dejaba en una situación muy incómoda, al ser tachados de cobardes, en una época donde no cabía mayor insulto para un hombre de bien.

Los 800 años de esta Universidad emblemática deberían servir para reflexionar sobre ¡tantas cosas! Trataré de aportar mi grano de arena desde esta sección, con varios artículos al efecto.

Sin tapujos
Marcelino Lastra Muñiz
mlastramuniz@hotmail.com

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14 COMENTARIOS

  1. Me encanta Salamanca y su ambiente universitario e internacional porque muchos alumnos provienen del extranjero.

    Esas historias que cuenta me eran conocidas. No era una realidad de blanco y negro. Para nada era siniestra. En el pulmón de Castilla. Salamanca eterna.

    • El corazón se me hace más vallisoletano o madrileño.

      Cuando vivía Unamuno e impartía cátedra en Salamanca, quizás fuera el cerebro de Castilla.

  2. Empezaron a dar sus cátedras por méritos políticos en vez de académicos cuando advino la sangrienta Paca la Culona. Entre otros, lo cuenta el psiquiatra Carlos Castilla del Pino en sus memorias «Pretérito imperfecto». Allí también dio cuenta del estrago que produjo en la salud mental de Córdoba que atendía en el hospital durante decenios la sangrienta represión fascista de los primeros días de la Guerra civil, productora del doble de muertos que la de Paracuellos, entre ellos la periodista francesa Renée Lafont que pasaba por allí y los miró mal.

    • La herencia de la mediocridad intelectual que se adueñó de la universidad española durante decenios es la responsable, entre otras causas, de la esterilidad científica y cultural del «Pacaculonismo»

  3. Menudo 155 le aplicó Paca la Culona a la inteligencia en 1936. No solo a la Universidad.

    Pero, en este caso, no hay más que ver la herencia de esta mierda de dictadura en la Universidad Pública: Plazas heredadas, mafias, calidad infame, inexistencia de I+De, planes de estudios medievales y demás mierdas que aún sobreviven.

    Pena de independencia universitaria.

  4. Pues yo me quedo con ‘la rana de Salamanca’. Según dicen, si no la encuentras, suspendes.
    Y es que ya sabemos eso de ‘quien quiera aprender, que vaya a Salamanca’….

  5. Marcelino creo que sí, tanto de esa Universidad como de otros lugares y personajes de la antigüedad hay muchas cosas que aprender, unas claves y unos saberes de los antiguos que en esta época brillan por su ausencia

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