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De la tierra

- 1 mayo, 2018 – 10:353 Comentarios
postales-desde-itacaMencía quería escapar. Aunque su padre repitiera que eran de la tierra y allí debían permanecer, ella no se conformaba. Los días transcurrían aburridos, monótonos. Los turistas navegaban por el río, contemplándolos, admirados por la belleza de la Ribeira Sacra. Pero solo estaban de paso, nunca se quedaban. Y Mencía ansiaba más, no quería quedarse allí a ver pasar los días sin que nada ocurriera. Solo salía de ese letargo veraniego cuando Gaspar se acercaba a su hogar. Él les contaba sus aventuras en Burdeos, donde conoció a la bella Cocó y pasó los mejores años de su vida. Los ojos le brillaban cuando rememoraba su vida pasada. Y Mencía se moría de envidia al escucharlo. ¡Ojalá ella pudiera largarse de allí! Sus hermanos se burlaban de sus sueños: «Mencía quiere ser francesa». Y soltaban carcajadas infantiles. Pero a Mencía le daba igual lo que pensaran sus hermanos. Ella sabía que había un mundo entero por descubrir tras los balcones donde estaba su hogar. Cada día veía pasar los barcos, que volteaban el meandro del río, y sabía que, más allá, era donde ella quería ir. Algunas noches Gaspar se acercaba a donde ella estaba. Se sentaba a su lado y respiraba lenta y profundamente. No hacía falta que hablara. Sus ojos brillaban en la oscuridad y la luna iluminaba su rostro melancólico. A veces, sin que sus padres los vieran, la acariciaba suavemente. Mencía se sabía la favorita. Y eso le daba fuerzas. imageA principios de septiembre, aunque el calor apretaba, decidió que se fugaría. Controlaba cada cuánto tiempo pasaba la barcaza de Xurxo. Había observado que desaparecía en aquella curva. Ella imaginaba que, tras un silencioso recorrido por los cañones, llegaría al bullicio de algún pueblo. De allí, a Francia o al mar. Aún no se había decidido. Ensimismada, no oyó a su padre que aventuraba días inquietos. «Mañana será el día». El sol de septiembre apareció. Había mucho revuelo en la viña. Los jornaleros subían la uva. Su madre la miraba preocupada. «Mencía, cariño, ¿te pasa algo». «Nada, mamá. Que tengo mucho calor». «Bueno, enseguida pasará. Tranquila». Mencía estaba atenta a los movimientos de cada uno. Era primordial que nadie la viese saltar. Su intención era llegar a la ribera y esperar la barca de Xurxo. Notó que le costaba respirar. Cada vez más. Algo iba mal. Las voces eran cantarinas, como siempre, pero esta vez parecían más alegres y desenfadadas. ¿Por qué estaban todos tan contentos? Mencía no entendía nada. Miraba nerviosa al río y la barcaza de Xurxo no aparecía. De repente, en su balcón, una sombra cubrió su casa. Pensó que una nube, de esas locas que aparecen en verano, iba a descargar. Su plan de fuga con lluvia no era buena idea. Xurxo no pararía en la ribera a saludar a los jornaleros. Si además había tormenta ni siquiera saldría a sus habituales excursiones. Empezó a asustarse. Lo que había planeado de forma tan milimétrica se le podía fastidiar por culpa de la lluvia y quizá no tendría otra oportunidad para escapar. La sombra se hizo más grande. Se giró para ver qué podía ser. Atemorizada, no daba crédito a lo que estaba pasando. Gaspar, navaja en mano, se acercaba a su familia. Los ojos le brillaban, como siempre. Se le veía contento. Pero la navaja en la mano no le cuadraba. Quiso gritar, avisar a sus hermanos, despertar a sus padres. Pero no le salía la voz. Gaspar venía directo a su hogar. Sus botas de goma avanzaban, con paso decidido. Llegó al lado de Mencía, que seguía aterrorizada. «No, Gaspar, tú no». Miró un instante al río y vio que asomaba la proa de la barcaza. Volvió la cabeza y Gaspar ya estaba apenas a unos metros de ella. Entonces, se decidió. Había calculado durante meses el camino más fácil para bajar. Se dio la vuelta y saltó. El enólogo llegó a su casa. Desde abajo, vio cómo se acercaba a sus padres y a sus hermanos, los acariciaba suavemente y, con un ligero giro de muñeca, los arrancó de allí. Los echó en el capazo que llevaba. Entonces, lo comprendió. «Somos de la tierra y debemos permanecer en ella». Mientras Mencía recordaba las palabras de su padre, una suela de goma la enterraba bajo su hogar, al lado de la cepa, en una apacible oscuridad. — Postales desde Ítaca Beatriz Abeleira

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