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La niña hace teatro

- 22 junio, 2018 – 19:002 Comentarios

Emilio Aparicio Díaz.- Visto desde fuera, y siendo lego en materia judicial, hay que reconocer que emitir una sentencia debe ser difícil y duro. Una sentencia objetiva es complicada; hay en el ser humano –los jueces son humanos- demasiada impureza subjetiva para desalojar en el momento preciso del fallo, todos los prejuicios, ideas preconcebidas y adquisiciones culturales que se han ido almacenando en nuestra mente desde otras instancias, y que nada tienen que ver con lo estrictamente profesional.
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Aún así, y precisamente por esto, esta “impureza subjetiva de nuestra mente” deja un rastro, una radiografía, casi exacta, de la tipología psicológica del sujeto y de su –curiosamente- grado de objetividad; es decir, de lo que realmente –por ejemplo, en este caso de “la manada”- puede un juez dejar inmaculado, desposeído de sus ideas personales, ideológicas o de sesgo sexista, en un veredicto final…

Cuando este juez discrepador e insumiso (no diré su nombre) dice: “(…) En ninguna de las imágenes percibo en su expresión, ni en sus movimientos, atisbo de oposición, rechazo, disgusto, asco, repugnancia, negativa, incomodidad (…)”. En esto puede apreciarse la huella psicológica de un hombre que desconoce –quizás porque no lo ha experimentado nunca- que el miedo –el auténtico miedo a ser dañado o perder la vida- paraliza hasta el punto de que produce en la persona que lo sufre (una niña de 18 años), esa ausencia de expresividad, o expresividad incongruente, contraria a la naturaleza de la situación, y que este señor –en su prejuicio- no consigue asociar con la expresividad adecuada y sintomática de una situación disruptiva para una mujer.

Este juez es inexacto y se equivoca, porque vincula a la situación de peligro, la ausencia de emociones negativas que debieran aportarse, por parte de la víctima, para calmar su sed de evidencias. Es decir, no consigue ser objetivo y obviarse a sí mismo, al menos, cuando está vestido de toga…

No sabe, no comprende, que el miedo real por intimidación, por superioridad numérica, y fuerza física, arrasa con la personalidad del sujeto que la sufre, lo despoja de muecas faciales compatibles y verosímiles con esa situación, neutralizando las sensaciones características de una situación común y normalizada.

Señor, la niña está actuando para salvar su vida y que la violación –porque eso es lo que es- pase cuanto antes; porque el miedo de una niña de 18 años es lo que usted no sabe describir: no conoce sus síntomas y ve, en lo incongruente de sus gestos y ademanes para una situación violenta, la expresión de un consentimiento voluntario.

El miedo consiste en consentir, sí, al otro, lo que le está quitando por la fuerza y sin su consentimiento.

Así que la niña consiente, sí, a estos salvajes, todo lo que ellos pretendan robarle de su cuerpo y de su mente. Pero consiente involuntariamente y a la fuerza; consiente desposeída de voluntad y energía para zafarse de esa situación; consiente por miedo, y eso es quizás (yo no he visto el vídeo, pero he leído la sentencia de los otros jueces) lo que usted interpreta como incongruente con la violación.

Señor, la niña hace teatro para salvarse.

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