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La mujer del Valle (I)

- 24 junio, 2018 – 11:004 Comentarios

Miciudadreal inicia hoy un relato de Manuel Valero, La mujer del Valle, que publicará en días alternos hasta la conclusión de julio, como una oferta de lectura veraniega. relatovaleroLa mujer del Valle

                                                             Manuel Valero                                                                Capítulo 1 La naturaleza es hermosa cuando está tranquila acicalándose para la puesta de sol de todos los días, pero encabritada es una asesina y mata. Mata a niños, ancianos, mujeres desvalidas y hombres fornidos. Mata mucho. Como una bomba nuclear, y nadie la odia y blasfema contra ella. Un amanecer límpido en un valle idílico serpenteado por un rio de paz se cobra luego el diezmo de una ciudad destruida. Pero la naturaleza es ciega, irracional y actúa con su instinto de belleza asesina según los caprichos de las leyes que la rigen. Ocurrió lo que tuvo que ocurrir y fue por azar, como ocurren a veces las cosas asombrosas y los hombres se manifiestan atónitos porque ven en ello la voluntad de una entidad superior que los apabulla y aturde. Fue por azar. La naturaleza no piensa, no planea, es ciega, se deja hacer y se amansa o rompe en cólera contra su propia belleza. La naturaleza es como el hombre, se destruyen a sí mismos, cuando no la destruye el hombre. O tal vez la Naturaleza se ajusta, se ciñe los correajes telúricos, pero con dolor. El dolor nunca falta. Una riada, un volcán, un terremoto, una falla, son cicatrices que se hace en su propia piel, y puede que algún día se destruya. Ya te digo, como el hombre. El viejo Abdón hablaba solo, mascando tabaco o cualquier hierba que encontrara por el campo. Lo seguía haciendo desde sus años mozos y por uno de esos caprichos de la naturaleza, en este caso la suya, se había plantado en los noventa y cuatro años con una lucidez inaudita. Tenía la mente entera y ningún temblor en las manos, miraba con sus verdosos ojos hundidos sin ayuda de lentes y caminaba erguido como el palo de una escoba del que se diferenciaba por una cuarta y media más de grosor y en que Abdón era humano tocado por el don de una salud inexplicable. Ochenta años con el cigarro al labio de todas las marcas, de todas las calidades, negro zahíno, o rubio de oro, cigarros envueltos a las bravas o cigarrillos finos, y cuarenta años de minero en los que tuvo tiempo de alquitranar los pulmones con el polvo de la tierra negra. Y sin embargo, no padeció nunca el más mínimo contratiempo a la hora de respirar deliciosamente todo el aire que le era menester para mantenerse vivo y saludable. Son naturalezas, era la conclusión diagnóstica de los médicos si es que se puede hacer un diagnóstico sobre la ausencia absoluta de enfermedad. Su mujer murió después de soplar la vela octogenaria y su único hijo emigró a Alemania a una cadena de montaje y allí se hizo con un puesto de responsabilidad que le facilitó el trato con los jerifaltes de una reconocida compañía de automóviles que se llamaba como ella, como Mercedes. Hay que ver las cosas que tiene el sino de las personas. Abdón rumiaba el pensamiento a la vez que un hueso de aceituna que dejaba como una perla de tanto pulirlo con su saliva de viejo. A su nieta le hizo un collarcito de perlas de aceituna una de las veces que su hijo vino a verle desde Alemania. Mercedes se reía cada vez que el hijo le decía que la empresa para la que trabajaba se llamaba igual que ella. No se lo creía. Cómo iba a llevar el nombre de ella y de su madre y de su abuela una fábrica de coches del extranjero. Eso no puede ser, Dito, le llamaba a su hijo Custodio a quien le puso ese nombre porque cuando nació era bello como el ángel de la guarda. Y ocurrió lo que tuvo que ocurrir una tarde de primavera que Abdón escrutaba el valle minero de su juventud, el valle minero que era toda su vida y del que se conocía cada palmo, cada mina cegada, las brechas someras por las que se penetraba a oscuras galerías enterradas a donde iban a jugar los niños más temerarios, el acantilado suntuoso que bordeaba el gigantesco socavón de una vieja mina anegado por las aguas de lluvia. Vio las cigüeñas sobre las chimeneas supervivientes, las mismas de todos los años que habían hecho su hogar sobre los restos de aquella arqueología minera de la que sólo quedaba el esqueleto como si fuera el osario de un cementerio de elefantes. Caminaba con Capitán, un perro galgo sorprendentemente inteligente. Había tenido decenas de chuchos pero a aquel que lo acompañaba en su asombrosa vejez juvenil le tenía un cariño especial, porque lo encontró abandonado en un contenedor de basura. No se dirigía a él con la habitual fonética perruna sino que le hablaba como a una persona y el perro lo miraba e inclinaba la cabeza atento y concentrado como si de verdad entendiera lo que le decía su amo. Allí estuvo la Isabela, una mina de un señor de dineros de Madrid que se pegó un tiro en el casino después de jugárselo todo a la ruleta. Se explotó la cabeza en la misma mesa de juego y puso a todo el mundo perdido de sangre y de sesos. Y aquella fue la mina Lombarda que gestionaron los anarquistas en la guerra y aquella la mina Antigua que fue la primera que se levantó en el valle, Capitán. El perro iba a su paso mirándolo y ladrando un solo ladrido, como asintiendo. Y en aquella me pasé cuarenta añitos desde que me metí en sus entrañas cuando apenas era un chaval. Hacía lo que me mandaban los mineros hasta que me hice barrenero. El mejor. Sabía dónde hacerle el agujero a la mina. La mina no es puta. Una vez me pegué con un compadre en la taberna de Jero porque se puso chistoso y no hacía más que decir, la puta mina, la puta mina… Pues no. La mina no es puta es una santa que nos da de comer, es como una buena mujer, hay que saber sus cosas y sus tientos para que te abra la puerta. No, Capitán, la mina no es puta, la mina es santa… El perro dio otro ladrido y se paró en seco como si hubiera transmutado su naturaleza orgánica en granito puro. Abdón no se extrañó de la reacción del chucho porque la entendió sin más elucubraciones. Algo había llamado la atención de Capitán. Qué pasa, amigo. El perro siguió estático como el pomo de un bastón y luego de unos minutos que a Abdón le parecieron el anticipo de un hallazgo, el perro salió corriendo hacia una escombrera que había hociqueado mil veces con la rutina de otros paseos. Pero aquella vez fue distinto. Capitán escarbó la tierra con el hocico. Al viejo Abdón le pareció extraña la tierra fresca y barrosa que componía una mancha informe sobre la costra milenaria de la tierra apelmazada de la escombrera, un poco suavizada por la leve lluvia del día anterior…
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