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La mujer del Valle (15)

- 22 julio, 2018 – 11:192 Comentarios
El hombre de aspecto atlético, moreno, con un brazo tatuado, se puso de pie al enfrentar al policía. Estaba nervioso y visiblemente asustado por su forma de mirar a todas partes como si viera un sinfín de caras mirándolo de manera amenazante. El poli Wen dominó su estupor con la profesionalidad debida y después de preguntarle rutinariamente por su identidad cuando le dijo ¿tú?, lo invitó a que lo acompañara a su habitación. relatovalero

La mujer del Valle

Manuel Valero

Capítulo 15

Antes le dijo al chico de recepción que hiciera pasar a Abdón. El chico miró a la calle. No se admiten perros, señor. El poli salió, puso en antecedentes al viejo y Abdón se fue a casa. Vamos, Capitán, ya nos contará Wen el cuento de la visita inesperada del novio de la bailarina. Luego, el poli y el chico subieron a su habitación. Fue en ese momento que Wen Sil presintió un fogonazo de claridad. No se recibe la visita así como a sí, de forma inesperada de quien dos semanas antes había sido detenido por la policía, tomado declaración y vuelto a poner en libertad por falta de indicios que lo relacionaran con la muerte de Araceli. Wen cerró la puerta, el muchacho, Antoine , se sentó en la mesa. Antoine era su nombre artístico, le parecía más apropiado para un bailarín que el de Antonio. Me podían confundir con el famoso bailarín, ¿sabe? Bien, empecemos. Has venido a contarme algo que no contaste antes. ¡Qué bien mentiste, bribón! Pues no demoremos más la cosa que cada día que pasa se hace peor para nosotros. ¿Es verdad que esa cosa de signos y números sirve para hacer píldoras contra la muerte? le preguntó Antoine. Digamos que sí, pero aún no ha salido el ensayo más allá del laboratorio. No es tan fácil fabricarla, es verdad que ya sale hasta en las corralas tóxicas del Canal 5+5, pero hay un pequeño detalle… ¿El componente secreto?, preguntó como afirmando el bailarin Antoine. A Wen el corazón se le vino a la boca, dio un salto hacía él, luego hacia la puerta. Se aseguró de que estaba bien cerrada, también miró en el cuarto de baño, entre las toallas, en el armario, entre su ropa, debajo de la cama, bajo los espejos. ¿Qué hace? En ese momento, Wen se sintió ridículo. ¿Quién iba a instalar micrófonos en la habitación de una pensión si nadie podía prevenir la inesperada visita de aquel hombre? ¿Oh sí? Perdón, tics profesionales… Demasiadas películas. Wen se sentó en una silla frente a Antoine, se apoyaba en el respaldo de la silla puesta del revés. ¿Qué es lo que sabes de la muerte de tu chica? le preguntó. ¿Qué sabes de todo, cabronazo? Ella estaba asustada cuando apenas nos quedaban unos días para acabar la gira. En Salamanca me confesó que temía por su vida. Y me lo contó todo. Luego se marchó a la capital. Oh, Dios mío qué estúpido fui. No debí dejarla ir. Pero ella quería estar sola… Araceli era muy sensible, con una imaginación desbocada, y era muy bella, tenía un hermoso cuerpo y era una mujer libre, ¿sabe usted? Tutéame, chico, que somos de la misma quinta. ¿Tienes un poco de agua? El poli llenó el vaso de los dientes del cuarto de baño y se lo ofreció. Lo he lavado, no hay problema. Gracias. Y comienza a largar que no tengo todo el día y he quedado para comer con el sabio del Valle. Antoine lo miró con extrañeza. Luego se cogió la cabeza con ambas manos, se inclinó y comenzó a sollozar. Está bien chico, si no empiezas a darle a la boquita, lo harás en comisaría. No, no, espere…
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