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Memorias de un hombre común (1)

- 22 agosto, 2018 – 08:424 Comentarios

Me llamo Bernabé Palomo y no soy nadie. Quiero decir… nadie relevante. Como los miles de millones de individuos e individuas que amanecen cada día, transitan por el día, hacen lo que tienen que hacer, trabajan, o no, se emborrachan, o no, hacen ejercicio, o no, leen, o no, caminan, o no, se estiran en los artilugios de viejos en los senderos municipales, o no,  y se acuestan, sí o sí.memorias

Memorias de un hombre común

Manuel Valero

Capítulo 1

Porque no se conoce humano que no se acueste never. Con la parienta, con una puta ocasional o con la amante… o con el amante, el pariente, que no es lo mismo, o un chapero de barrio, o un gigoló de zona residencial. Vale. Pero nadie sabrá nunca que existieron en la misma coetaneidad que es como si de verdad nunca hubieran existido. A ver. Yo me llamo Bernabé Palomo y seguro que en la ciudad de Tijuana hay un tipo que se llama Pancho Zacatecas que no tiene ni pajolera idea de que yo existo, y a la contra. ¿No es eso lo mismo que si yo no estuviera en el mundo para mi remoto desconocido Panchito, y como si él tampoco pisara suelo terrestre para mi conocimiento?  “Somos de quienes nos recuerdan”, me dijo un día el tío Paulino que fue muy instruido y leía un libro a botella de vino la sentada con una lucidez para el entendimiento asombrosa. “Es la uva, Bernabencito, es la uva, la uva agranda las venas de la cabeza”, decía. Ya les contaré más cosas andando esta memoria de las andanzas y decires y pensamientos de mi tío Paulino, que es personaje principal de esta historia.

Bien. Me dirán que todo el mundo tiene alguien cercano que forma parte de su existencia, o que alguna vez lo tuvieron, y por lo tanto algo le queda a la memoria para evocar a quien consideramos nuestro. Pero no se engañen, en unas cuantas generaciones escasas las personas corrientes serán, seremos, pasto del olvido, así que volverán a la Nada y serán nada por los siglos de los siglos. Quienes no es nadie relevante no merece el sitial de la Historia, ése está reservado a los grandes hombres. Y mujeres. Pero no está claro por qué unas personas son gigantes y dejan su huella para siempre en el sendero del tiempo histórico, como por ejemplo, Julio César, Carlomagno, Mozart, Shekaspeare o Napoleón, y otras que de insignificantes, hubiera sido indiferente que hubieran nacido o no para la multitud ignorada. “Las masas son el motor de la Historia y se componen de hombres sin nombre, insignificantes”. ”¿Quien dijo eso, tío?” “Bakunin”. “¿Y quien fue ése señor?” “Un burgués revolucionario. Porque sabe una cosa, Bernancito: para ser un buen revolucionario hay que ser un burgués de seda fina”. Cosas de mi tío.

Hay hasta personas que fueron sólo de papel y parecieran más reales que el padre o la madre que los parió como nuestro Quijote, Romeo y Julieta, Sherlock Holmes, Obelis, Franquestein… y en este plan. Somos la mayoría un océano ignoto que una vez pobló este mundo desde que el tiempo cósmico lo hizo habitable. Desde que el ser humano pasó del primer gruñido a la primera palabra hasta ahora ha poblado los confines del Planeta como le brotan pompitas irisadas al agua jabonosa. Y es un consuelo. Tal vez de bobos, pero un consuelo. ¿Saben la gente que hay ahora mismo en este preciso instante, haciendo exactamente lo mismo que usted, esté haciendo lo que esté haciendo, así comiendo, leyendo, durmiendo, follando o jodiendo, que no es lo mismo? También es verdad que ha habido hombres perversos no insignificantes que más vale lo hubieran sido yno hubieran nacido, como Rasputín, Hitler, Charles Manson o Jorge Javier Vázquez. Pero sea como fuere, con su maldad a cuestas y con todo el instrumental a mano para causar el mayor dolor inimaginable, existieron, fueron hombres importantes y son reconocibles generación por generación. Es cierto que no todos los seres humanos magníficos que descollaron de la normalidad humana fueron buenos. Como acabo de referir los hubo buenos y malos, buenísimos y perversos, santos y diabólicos. Y así sin querer nos hemos dado de bruces con la lucha eterna entre el bien y el mal, aunque no sea esa pugna original la materia de estas memorias, mucho más pedestres y de andar con chanclas, que si bien tienen un poco de filosofía parda es gracias al concurso del tío Paulino.

Sólo escriben sus memorias las personas famosas, que trascienden su ámbito vital y se convierten en conocidos universales y patrimonio del mundo, como Mick Jagger, Messi o Tom Cruisse. Y éste es el afán de este texto, relatar en una memoria reposada y repensada el periplo de vital de los no conocidos más allá de la esquina de nuestra calle como el que suscribe, Bernabé Palomo de la Higa, hijo de Bernabé Palomo Antoñanzas y de Adolfa de la Higa Balda. Somos en realidad, y hemos sido, desde el alba de los tiempos, que es antes que la noche de los mismos tiempos, quienes hemos movido los hilos de la historia, como decía Bakunin, en su periplo por la existencia humana y no los hombres insignes que firmaron las obras de los seres insignificantes o intrahistóricos, como sostenía Unamuno. Julio César no sería nadie sin sus huestes, como Napoleón, como Hitler… Y sin embargo, nadie conocerá jamás el rostro y la vida y las inquietudes y la debilidades y los sueños de los miles y millones de soldados que combatieron, tal vez sin quererlo, por la causa y bajo las órdenes de reyes, caudillos, generales, que se han sucedido por los siglos como las cuentas de un rosario.  No hay sitio en la Historia para las decenas de miles de millones de seres humanos que han poblado la Tierra desde el origen. Sólo queda para ellos el material del que vinieron: polvo. O menos que eso: nada. El tío Paulino se refería a eso con una teoría personal que desmontaba la frase célebre: del polvo venimos al polvo regresamos. “No hay cosa más cierta que todos venimos del polvo, cada uno del polvo de su padre y de su madre”.

Yo, Bernabé Palomo reivindico la memoria de cuantos pisaron el suelo de la Tierra y caminaron bajo los cielos azules o tormentosos: por el mero hecho de hacerlo, ya fueron únicos, registrados, amados, odiados, recordados, sí recordados. El milagro de haber sido engendrados y venir al mundo ya nos hace únicos, aunque nuestra unicidad no traspase la acera del barrio anexo. Los que no vinieron siempre quedarán en la profundidad de la Nada pura. Los que vinimos, aunque caminemos en tinieblas, tuvimos la oportunidad de conocer la luz y encaminarnos hacia ella. “Los que han sido y somos el uno por ciento del semen desechado. Somos como el polvo de talco del vulgar polvo terroso”.

Pero, atemperemos el paso que me voy, y no va de honduras este asunto, sino de la forma de entender la vida que aprendí de mi tío Paulino Antoñanzas, hermano de mi padre. Soltero, maestro de escuela, bebedor pacífico, triste y vital. Un día me dijo: “Las personas buenas son tristes”. “Pero usted se ríe mucho tío Paulino”. “Porque soy un triste alegre”. Y en otra ocasión me reveló que iba a escribir sus memorias. ¿Cómo podía escribir sus memorias un hombre común, para eso hay que ser una persona importante. “¿Sï?” Pareció que me leyó el pensamiento. “A ver, ¿para ti quién es más importante San Leocadio o tu tío Paulino”. “Hombre, tito, usted”. Pues ya me acabas de dar el visto bueno, perillán…”.

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