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Memorias de un hombre común (6)

- 6 septiembre, 2018 – 08:452 Comentarios
Creo que el momento de la verdad, aquel que nos descubre de golpe que somos humo, es cuando tenemos por primera vez la conciencia de la muerte. No de la muerte, pues la muerte ha estado rondando siempre a sus anchas desde que el mundo es mundo y mucho más desde que el mundo comenzó a civilizarse, paradójicamente.memorias

Memorias de un hombre común

Manuel Valero

Capítulo 6

Cuando mi tío me contó lo de las bombas de Hiroshima y Nagasaki fue expeditivo: “la civilización ha servido para matar a mucha gente de una sola vez. Mataron en un minuto tantos como Hitler en un mes. Y encima le pusieron nombres sarcásticos”. Se refería a las bombas. “Hijos de la gran puta”, se refería a los americanos. La muerte es veleidosa, caprichosa, astuta, azarosa, tenaz. Era incluso inocua en nuestro imaginario, tanto, que era asumida con pasmosa naturalidad cuando celebrábamos en las películas de vaqueros la escabechina de indios a quienes en nuestra ignorancia púber considerábamos hombres asilvestrados que chillaban como cerdos en el matadero y se pintaban la cara y se ponían plumas en los pelos. Cuando en el cerro jugábamos a imitarlos disparábamos con la punta del dedo índice y el otro se tenía que morir. Jugábamos a matar, inocentemente, jugábamos con la muerte sin ser conscientes de que ya formábamos parte de la lista interminable de aspirantes con plaza asegurada desde el momento mismo de nuestro nacimiento. No. Me refiero a la muerte propia. Ese es el verdadero estirón que se lleva de un plumazo buena parte de la inocencia. A partir de ese instante en que somos sabedores de nuestra inevitable caducidad nada es igual. Lo que ocurre es que de niños siempre creemos que se mueren los otros y por el maravilloso instinto de supervivencia olvidamos enseguida el destino común y nos enredamos en las vivencias de la infancia y la adolescencia con la inestimable ayuda de nuestra lenta percepción del tiempo y de la sensación de estar a salvo durante los maravillosos años de la patria infantil. Es esa etapa de la vida en la que todo parece aplazado y lejano. Como siempre mi tío Paulino fue clarificador, aunque en esta ocasión no tanto, quiero decir que fui yo el que acudió a él. Y esta vez para sentirme abrigado por esa calma recóndita que le brotaba de alguna parte de sus entrañas a pesar de su insólita y aparente armonía con el mundo exterior. Me puse muy triste, creo que fue la primera vez que probé el amargo sabor de la tristeza profunda. Fue tristeza y no miedo lo que me embargó. Hubo dos muertes en el barrio en un periodo de quince días. Yo andaba por los nueve años, y aún me quedaba tiempo para saborear el irresponsable transcurso de los años infantiles y aún me quedaba lejos, eso creía yo, el trabajo en la fundición. La primera muerte fue la del tío Anselmo, un viejo que vivía en una casa grande que daba a dos calles. Vivía con su esposa y tres de los nueve hijos que tuvo y las mujeres de éstos, rodeado de nietos, algunos de los cuales, los más pequeños, formaban parte de la cuadrilla del barrio. Su presencia callada sentado en la grada de la puerta de su casa en verano era un elemento imprescindible de la calle, tanto, que cuando no estaba parecía que la calle estaba vacía. Mi tío me llevó a verlo. Mi padre y mi padre ya estaban allí y mi madre hizo un mohín de desaprobación cuando nos vio aparecer. Estaba tieso y acartonado con una expresión de pasmo, libido y frío, con dos monedas en los ojos. Lo habían tumbado en el suelo sobre una manta y a ambos lados de la cabecera dos velones encendidos. Pero yo no sentí nada, ni me sobrecogió el ambiente de murmullo dolorido, ni la gravedad ni los ayes de las mujeres enlutadas. Simplemente me parecían viejos. Aunque debo reconocer que me impresionaron las manos cruzadas del tío Anselmo sobre su pecho abultado enredadas en las cuentas de un rosario. Mi tío saludó a su viuda y a sus hijos y salió del velorio, sin más, mientras mi madre rezaba con las demás mujeres y mi padre hablaba del pobre difunto con otros hombres en el patio. Yo salí con él. “¿Has visto a ese hombre?” “Sí, tito” “Pues alguna vez nos veremos todos igual, mejor dicho, nos verán porque nosotros ya no estaremos sino para ver la negrura. ¿Entiendes?” “Si, tito”. Pero a los diez minutos ya estábamos los niños jugando en la calle como si tal cosa. Solo detuvimos el juego al ver salir el cortejo calle abajo y proseguimos como si nada hubiera pasado. Pero a los quince días se murió la niña Alicia, hija de unos vecinos de la calle, Amparo y Zacarías. La niña padecía de un mal que no la dejaba respirar y tosía sangre, según le escuché comentar a mi madre. Tenía los mismos años que yo. Y así sacaron la cajita blanca entre los hermanos, y la madre dando alaridos tratando de retener el virginal féretro y las demás mujeres llorando a gritos, que me entró una culebrilla por las piernas que me recorrió todo el cuerpo. No fue por la muerte en sí, fue por la muerte de aquella niña que tenía mi misma edad y porque yo no concebía que los niños se murieran: eso lo hacían los viejos. Entonces comprendí. Si la pequeña Alicia se había muerto, lo mismo me podía pasar a mí. Así que aquella tarde cuando llegó mi tío Paulino a mi casa lo abracé como un náufrago se agarra a un madero en el mar. Mi madre aún lloraba y mi padre fumaba silencioso en el taller. Ni el claveteo se oía, como si mi padre quisiera honrar con su faena sorda y solemne la memoria de la pobre niña. Mi tío me llevó al corral y nos sentamos en una piedra al lado del olivo que un día abrigó en sus ramas la lechuza que me aterrorizó. Yo me abracé a él y me dijo con una voz calmosa y pacífica. “Todos nos morimos Bernabé, grandes, chicos, jóvenes, viejos, hombres, mujeres, chinos, negros, blancos, ricos y pobres. Es lo único que nos hace radicalmente iguales en el mundo” “Y yo… yo también, tito…” “Claro, pero ni este año ni el que viene ni al otro… ¿y sabes por qué?” “Por qué, tito?” “Porque la muerte tuya todavía no ha nacido”. No entendí lo que me dijo pero con los años comprobé que su vaticinio de una larga vida era más un deseo amoroso que una certeza. “Y sobre todo porque no permitiré que tú te mueras antes que yo. ¿A quién le iba a dejar yo la herencia, perillán?”, me dijo como si fuera muy rico y no un maestro de escuela perdonado y exiliado en su propio silencio. Creo que lloré. Por el amor que sentía hacia mi tío y porque la tarde en que se murió la niña Alicia percibí muy lejanos aunque con claridad inequívoca los primeros aldabonazos de la madurez. A los pocos días la chiquillada había olvidado el fallecimiento de Alicia y la calle recobró su natural y alegre concurrencia, excepto en el hogar de la niña cuya honda pena exudaba desde el interior hasta la fachada un profundo abatimiento. Cuando pasábamos cerca de la casa sentíamos como un escalofrío. Tanto era el dolor que se contenía detrás de aquellas paredes de ventanas entristecidas selladas al mundo exterior como si la casa también estuviera muerta.
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2 Comentarios »

  • Charles dice:

    Un entrañable y, a la vez, descarnado relato.
    Es obvio que la muerte es uno de los temas clave de la humanidad.
    Aunque lo esencial es no descubrir, en el instante de la muerte, que uno no ha vivido.
    Por cierto, sigo creyendo que las atrocidades de Hiroshima y Nagasaki fueron completamente innecesarias e inmorales…..

    • manuel v. dice:

      Así es. Aun entendiendo, si es que eso es posible, las razones oficiales de acelerar, matando mucho y vertiendo literalmente el infierno sobre esas dos ciudades, el final de la II Guerra Mundial es imposible asumir semejante atrocidad simplemente como ser humano y asimilar que los que tiraron las bombas, los que murieron, los heridos y los demás habitantes del mundo, pertenecemos a la misma especie. Y aun más que los arsenales de guerra acopien tanto armamento como para mandar el Planeta a hacer puñetas. El hombre y su propia destrucción. En fin, alegrémonos que en Puertollano estamos de fiestas y aunque con polémicas domésticas, los puertollaneros somos así, habrá que disfrutarlas en la medida que se pueda.

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