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Memorias de un hombre común (7)

- 10 septiembre, 2018 – 18:203 Comentarios
Fue por Franco. Por eso fue y no por otra cosa. Jamás ví a mi tío tan lúcido por la mañana y tan ebrio por la noche. Fue por Franco que vino al pueblo a inaugurar una planta nueva de la fábrica. No era la primera vez. Ya estuvo aquí antes, pero yo no había nacido.memorias

Memorias de un hombre común

Manuel Valero

Capítulo 7

Y según contaban mis padres cuando hablaban entre ellos o con los vecinos y yo los escuchaba haciéndome el distraído jugando con un pedazo de madera como si fuera un avión pero atendiendo a lo que decían, la primera vez fue cuando los escombros de la guerra todavía humeaban, la segunda para inaugurar la destilería, y aquella vez en que vi a mi tío preclaro y borracho, Franco vino para cortar la cinta de la sede donde se alojaba el sindicato del régimen y de una fábrica de abonos. Cuando el Caudillo puso pie en el pueblo por primera vez mi tío Paulino estaba en la cárcel y cuando el mandamás del régimen que era más que general o un general muchas veces o muy, muy general… para llamarle generalísimo, vino por segunda vez, mi madre lo metió en la casa con la orden taxativa de que no pisara la calle, aprovechando que no había escuela. Fue vigilado por ella, mi madre, porque mi padre bajó con todos los vecinos a ver al Caudillo pasar en un coche cubierto y a gritarle vivas a quien “había salvado a España de la barbarie roja”, decía mi padre.” “Parece mentira que seas mi hermano y te inclines de ese modo ante ese fascista”, le reprochaba mi tío. “¿Hubiera sido mejor hacerlo bajo las sayas de la Pasionaria…?” Hasta que aparecía mi madre, gritaba un chitón y se acababa la discusión, no sin antes advertirle a mi tío que esperara a que se muriera Franco para hablar mal de él, porque un día se lo iban a llevar como la primera vez pero esta vez para siempre. Así que la tarde anterior a la visita de Franco, mi tío Paulino salió de la casa de mi madre con la excusa de dar un paseo. Mi madre se lo recordó con el dedo índice bien alto: “A las nueve te quiero aquí, si no despídete de la familia”. Mi padre lo miraba y rubricaba la orden de mi madre moviendo las herramientas de tapicero. Esa misma mañana había llegado desde su casa a la mía silbando y cantando canciones revolucionarias entre dientes, como si las rumiara. Mi padre y mi madre ya estaban con la mosca detrás de la oreja, por eso cuando por la tarde después de comer se fue a dar una vuelta, mi madre le puso la hora de regreso con seriedad castrense. Lo quería en casa como un recluso como había ocurrido las ocasiones anteriores. “¿Y qué hay que temer, Adolfa? Los otros están muertos, fuera o calladitos…” “No sé, Bernabé, que temo que esta vez haga una locura”. Pero no, no la hizo, mi tío no hizo ninguna locura. La iban a hacer, pero no la hizo. Habían quedado unos cuantos, unos quince o veinte según me contó, en un solar que había cerca del dispensario. La misión tenía su riesgo, ya lo creo que lo tenía, pues habían planeado, pintar algunas paredes por donde tenía que pasar la comitiva con un “Abajo Franco” o “Muera Franco” o “Libertad” o “Viva el PCE”. Un grupo trataría de distraer la vigilancia que en vísperas no era tan estrecha y el otro escribiría lo convenido. Si no se daban cuenta pues con eso se despachaba el dictador, y si se daban cuenta y lo borraban al menos quedaría la huella de la contestación si es que no tiraban la tapia. El sueño libertario de mi tío se acabó yendo por el desagüe y después de aquello se volvió más huraño y taciturno y las pocas veces que abría las tripas y el corazón para oxigenarse y no morir oxidado de rencor y de pena, era conmigo. Pasó que a la cita sólo acudió él y otro más, un comunista durante la guerra que también se exilió en sus adentros porque como a mi tío no le encontraron delitos de sangre y Serafín el veterinario lo avaló ante los falangistas después de la guerra. El hombre llegó a la cerca más borracho que una cuba con una brocha más tiesa que la mojama. Cuando mi tío le preguntó dónde estaban los demás y los botes de pintura, Régulo Recuero, se llamaba así pero le llamaban Regulín para cabrearlo, se encogió de hombros con una sonrisa tan esponjosa y estúpida que acabó por abatir a mi tío. Mi tío había acudido a la cita, como había quedado con los demás usando sus mañas clandestinas, consciente del riesgo que corría, la prisión perpetua e incluso la muerte. Por eso se amustió casi hasta la depresión cuando sólo apareció un hombre ebrio, indiferente y apático. Esperaron unas dos horas más. Ya era de noche y por la calle no se veía un alma. Así que mi tío se despidió de Régulo y llegó a la casa de mis padres poco antes de las nueve de la noche del día de vísperas. Traía una botella pero de coñac, no de vino. Mi madre lo miró compasiva cuando abrió la puerta del corral y se refugió bajo el olivo. Fue un alivio. “Que se beba la botella entera, si quiere, así se pasa mañana to el día acostao”. Yo hice ademán de acompañarle pero mi madre me retuvo. “Déjalo, Adolfa, que se venga el chaval conmigo hasta que me haga efecto el caldo y se me pase la malasangre”. Me senté a su lado. “Mañana todo el mundo estará en las calles adorando al fascista. Lo que ha quedado de España es moñiga, Bernabé” “Mi padre dice que los otros o están fuera o presos o muertos” “Los menos, nene, los menos… Los más ayer levantaban el puño y hoy la mano ante ese, ese…” Bebió un trago largo de la misma botella y se limpió con el dorso de la mano. Luego levantó una pierna y liberó un ventarrón que el salió de las tripas con tanto trueno que hizo que los pájaros del olivo se rebulleran un poco. “Eso pal régimen”, dijo. Ese día cuando Franco saludaba a la gente mi tío se lo tiró roncando y diciendo maldiciones bajo la atenta mirada de mi madre porque mi padre era uno de ellos, no de los otros.
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