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Memorias de un hombre común (10)

- 24 septiembre, 2018 – 12:553 Comentarios

La única vez que vi llorar a mi tío Paulino fue cuando se murió Bigotes. Era un perro de aguas que trajo una tarde a mi casa. Un cachorrillo que mi madre aceptó que se lo quedara a condición de que lo mantuviera y lo cuidara. Mi tío tenía un patio pequeño en la casa donde vivía aunque si hubiera que medir el tiempo de las estancias, se pasaba más tiempo en mi casa que en la suya. Pero mi tío no se acomodó a las condiciones que le puso mi madre y se lo llevó a su casa, aunque en muchas ocasiones lo acompañaba con sus carrerillas remolonas y sus movimientos graciosos.memorias

Memorias de un hombre común

Manuel Valero

Capítulo 10

Tenía largos bigotes que le caían sobre el hocico, de ahí que mi tío lo bautizara con ese nombre. Se lo encontró en el patio tumbado al sol frío de diciembre, como si estuviera sesteando pero muerto. Lo cogió, lo metió en un saco y lo trajo a casa para enterrarlo en el corral. Ya cubierto de tierra, mi tío comenzó a sollozar. Yo lo había ayudado a hacer el hoyo y me percaté de los ahogados suspiros que estiraron el rostro de mi tío hasta las muecas del dolor. No fue un llanto histriónico, ni ruidoso, fue contenido y discreto. Pero a mí me sobrecogió, no por el llanto en sí, sino porque fue la primera vez que vi a un hombre llorar y a mí me habían enseñado que los hombres jamás lloran. Hablaba con el perro tanto como hablaba conmigo y en su casa era la única presencia viva que lo entretenía de su soledad y de su espantoso exilio interior. Le quiso poner Acrata, pero mi padre le dijo que le pusiera ese nombre solo para su mente porque ese nombre no era sino una delación y un riesgo y lo que era más importante, una irreverencia y un insulto de ingratitud contra el hombre que había consolidado la paz y traído trabajo y pan a los españoles. Así que determinó llamarlo Bigotes por consejo de mi madre cuando apreció el tierno rostro del chucho que inclinaba la cabeza cada vez que se hablaba como si entendiera lo que se le decía. Cuando se lo dije a mi madre liberó el aire de un suspiro amargo del que entendí una expresión de compasión. “Pobre Paulino”. Animado por la comprensión que mi madre profesaba a mi tío, yo creo que lo quería más que mi padre que era su hermano, le pregunté si los hombres lloran. “Claro que sí, Bernabé, claro que lloran”. “¡De ninguna manera”, terció mi padre que apareció en ese momento y se enteró de lo que estábamos hablando. “Un hombre hecho y derecho se traga las lágrimas. El llanto es para las mujeres y los niños. Y los maricas¡” Mi madre lo miró con una desaprobación implacable pero mi padre que era de armas tomar aunque amaba a mi madre más que a nadie en el mundo, más que a mí por supuesto, remató. “A un hombre llorón dan ganas de meterle dos hostias, eso es lo que pasa”. Luego regresó a su taller después de comerse una sardina de cuba con un tomate y un vaso de vino. Mi madre volvió a suspirar y me rogó con la mirada que lo disculpase. Como en mi cara aún se dibujaba un entrecejo de perplejidad, mi madre me dijo: “No le hagas caso, tu padre es bueno, pero cuando tengas ganas de llorar, llora, y si no quieres llorar solo te vienes, nos sentamos en una silla y lloramos los dos”. Le di un abrazo fuerte y tierno a la vez.

Entonces me lo contó: “Tu tío se enamoró de una bailarina que vino una vez con el Teatro Chino. La bailarina y él vivieron una temporada en su casa pero harta la mujer de la maledicencia por vivir juntos sin estar casados, regresó con los suyos y nunca más la volvió a ver. Aquella vez lloró tanto que yo pensaba que se iba a deshidratar. Pobre Paulino, con lo suyo que tiene y además eso”. “¿Por eso no se ha casado, madre?” “Supongo que sí, tu tío es de una pasta rara, buena, pero rara”. “Yo lo quiero mucho, madre, más que a padre” “No digas eso, niño, que tu padre quiere lo mejor para ti. Ya comprenderás cuando te hagas grande.

A partir de ese día comprendí el semblante de mi tío y esa profunda tristeza que se tiene cuando se acaba de llorar, y ahora veo a mi tío en la soledad de su casa contándole sus cuitas a Bigotes, llorando a lágrima viva sin vergüenza y sin rubor. A mí no me habló jamás de la bailarina, pero por las conversaciones de mis padres deduje que de vez en cuando mi tío iba a desahogarse a una casa de mujeres. Lo que sí me dijo un día unos meses antes de morir y cuando yo ya había desvelado algunos arcanos de la vida fue que si yo sabía lo que era una prostituta.

Le hice la definición que me vino a la cabeza: “las mujeres que cobran dinero por hacer eso. “Así, es Bernabé y sabes que la República abolió la prostitución y el régimen del gallego felón prácticamente la legalizó con su hipócrita permisividad?” Me hizo gracia lo de “gallego felón”. Años después de su muerte cuando yo ya era oficial de tercera forjador conseguí un perro. Era un pointer y le puse de nombre Bigotes. No tenía bigotes claro pero fue en memoria de mi tío, como en muchas cosas de mi vida. Creo que hasta que no regresé del servicio militar y me casé, mi tío Paulino influyó en mi vida más que ninguna otra persona y desde luego más que mi padre que se limitaba a seguir las normas de la moral establecida y los mandados políticos del régimen con fidelidad inquebrantable.

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