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Lost in translation

- 30 septiembre, 2018 – 19:0211 Comentarios
postales-desde-itacaMi primer día de clase de Inglés en el colegio (soy de EGB) fue en sexto. En la primera página salía un dibujo de dos chavales y el padre de uno de ellos. Como no me acuerdo de los nombres, diremos que Tom se encontraba con Tim y su padre y los saludaba: «Hello, everybody». Mi cabeza, espabilada para los recaos, pero inútil para los polinomios, hizo su interpretación. Cuando llegué a casa a la hora de comer, mis hermanos me preguntaron cómo había ido mi primer día de inglés. «Pues he aprendido que "everybody" es "el padre de mi amigo"». Así, tan pichi. A mi hermano se le espanzurró toda la comida por la boca y a mi hermana le salió el agua por la nariz de la risa. Todo el mundo sabe que los hermanos mayores son los primeros troleadores que te encuentras en la vida, así que el cachondeo fue minino (o pussycat, como prefiráis). Hoy día, aún siguen soltándome alguna chorradita con el tema. No penséis que me amilané por ello. Y, poco a poco, pues pude escuchar canciones en inglés y ver alguna peli con un noviete que era muy de Bergman (soporífero también). Aquí en Toledo, cuando subo las cuestas, es fácil practicar y comprobar el nivel de inglés que tienes. Por ejemplo, cuando un turista te pregunta dónde está una calle, que en el plano aparece paralela a donde te está preguntando. Fácil, ¿no? ¡Una leche! Por si no lo sabéis, lo que en el plano aparece al lado realmente está a diez cuestas arriba, tres cuestas abajo, dos callejones sin salida, date la vuelta, cuando veas un pasadizo lo cruzas, pero sales por un portalón escondido y ya, después, cuando subes unas escaloncillos, vuelves a recorrer dos callejuelas más y llegas a una plazoleta, esa es la dirección por la que te preguntan. Ahora dilo todo en inglés de corrido. Yo opto por lo fácil: decirles que por casualidad voy hacia allí y me hago «amigos de plano», aunque eso conlleve tener que volver subir otro día al casco a seguir de recados. El cine, a los monolingües, nos ha ayudado mucho. Una vez, también en el casco, estaba de vinos con las amigas. Unos turistas estaban a nuestro lado mirando la carta que, ¡oh, no!, solo estaba en español. Como nos vieron tan dicharacheras, pues nos preguntaron qué era el venao. Y tú, en tu mente monolingüe, empiezas a hacer un repaso del vocabulario de animales que aparecía en los libros de Tom, Tim y su padre y no hay ni un puto ciervo en los dibujos. Te desesperas porque quieres ayudar a los pobres guiris a comer. Y tu cabeza, centrifugando información: les dices que es carne de caza, que está muy sabrosa, que va en salsa o a la plancha, pero de cómo se dice ciervo en inglés, nada. Hasta que, gracias a que los etanoles del vino te liberan la mente, te iluminas y sueltas: «¿Bambi?». La guiri entonces sonríe y levanta el pulgar. Tú alzas la copa de vino para brindar por la fluida comunicación. Y agradeces que los nombres propios no se traduzcan. Ahora hago una especie de curso de inglés intensivo porque en nuestro edificio hay un apartamento turístico. Una vez coincidí en el ascensor con una señora canadiense, que era viuda y viajaba sola por el mundo. Sus hijos la llamaban todos los días porque estaban preocupados. Que llevaba tres meses por Europa, un Erasmus a lo Benjamin Button. Como ella se quedaba en el segundo, no nos dio tiempo a hablar más. Yo, como buena monolingüe, asentía, sonreía y le solté un «good night» cuando salió del ascensor. Ojalá hubiese tenido a mano un servicio de interpretación en ese momento para invitarla a cenar y que me contase sus aventuras emocionantes. Imaginad: la anciana canadiense, el teléfono en la mesa con el altavoz puesto y yo. Y croquetas, claro, siempre croquetas. Otro día paré a un padre y a un hijo en el ascensor cuando subían del garaje. Yo estaba con el carrito de la niña esperando en la planta baja para subir. Al abrirse las puertas, yo solté un «Hello!». Ellos se salieron del ascensor. Les dije que no, que subieran y yo esperaba. El padre me dijo: «¿Qué clase de persona sería si yo no me salgo y la dejo pasar a usted que va con un carrito de bebé?». Yo, en mi cabeza, le contesté que español no, eso seguro, pero me limité a sonreírle y a desearles un buen día. Le habría contestado con un discurso de Clara Campoamor si hubiera tenido un traductor a mi lado o en el teléfono, pero en el ascensor no hay cobertura. Las puertas se cerraron mientras ellos sonreían. Otra vez, en Praga, el conductor del coche que tenía que llevarnos al aeropuerto me dijo que mis papeles no servían. El caso es que el checo había estudiado inglés con el libro de Tim y Tom, versión checa, porque los dos hablábamos igual de mal. Opté por la solución más arriesgada, pero me temía que no llegaba al aeropuerto. Hice un «del barco de Chanquete, no nos moverán». Coloqué las maletas en el maletero y me senté en el asiento de atrás mientras él llamaba a su jefe. El checo, después de colgar, me pidió disculpas como en los libros de Tim y Tom (eso es muchos «sorry» y sonrisas educadas) y nos llevó sin problemas. Pero en ese momento también eché de menos no tener a un intérprete que pudiera ayudarme a solucionar el marrón. A ver, que una, por dignidad, ha mejorado un poco y ya sé decirles cómo se abren las duchas de la piscina, dónde tienen que coger el autobús y que no desayunen en Zocodover porque les van a soplar diez euros por un café aguachirri y un cruasán industrial. Pero poco más. Y, si eso es en el día a día, imaginad un mundo sin traductores ni intérpretes. Yo soy incapaz. Amad a los traductores y amad a los intérpretes, leñe, que nos hacen la vida más bonita. los in traslationPostales desde Ítaca Beatriz Abeleira
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