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La invasión extraterreste de Puertollano y la prodigiosa supervivencia del Llopis

- 18 octubre, 2018 – 19:3610 Comentarios

Santos G. Monroy.- Los futbolines del Llopis rompieron las cinturas adolescentes de los herederos de la tierra negra de Puertollano, rockeros que se dejaban la paga y la adrenalina escuchando a Iron Maiden y aporreando botones contra invasores galácticos de fósforo verde. Roza el prodigio que el portal de los recreativos Llopis siga aún intacto, como un hito inverosímil de la ruta sentimental del Paseo de San Gregorio.
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Al local se descendía por una escalera de vértigo que depositaba al iniciado en la cripta donde todo era posible. Situados entre el Gran Teatro y el Cine Calatrava, los Llopis fueron en los años 70 y 80 uno de los símbolos de aquella ciudad brutal, casi un escenario ciberpunk de chimeneas, tuberías, crestas y melenudos.

Fue también en aquel tiempo cuando a los niños de Puertollano les invadieron los extraterrestres. Tenía algo de sideral aquel paseo de Puertollano, con la fuente central de colores cambiantes, luminosa e hipnotizadora, y los grandes cines que estrenaban las primeras entregas de Star Wars y la debacle de Krypton, el planeta de Superman. Todo para delirio de los más pequeños, acongojados por las epopeyas espaciales de las portadas de Flash Gordon expuestas en los escaparates del kiosco de Pradito.

En aquellos años se avistaron alucinantes anillos de colores en los firmamentos de verano, y los terrores del espacio llegaron con el octavo pasajero de la nave Nostromo o el inquietante resplandor de los encuentros en la tercera fase, para marcharse con ET, rumbo a casa en su bola de Navidad.

Y así, entre respingos, creíamos que vendrían los marcianitos de los Llopis en venganza por las cruentas masacres de salón previo pago de cinco duros, o los mercenarios cósmicos encerrados en los sobres de muñecos del kiosco de Paulino, que abríamos mientras nos atiborrábamos de los kikos salobres de Juanito y su mirada risueña de chamán.

Pasado el tiempo se desvanecieron del imaginario infantil la claustrofóbicas cabinas rotantes de los cazas del imperio galáctico y el miedo a ser parasitados por abominables alienígenas. Claro que no sabe qué es mejor. Luego caes en que sí, que al fin y al cabo flotamos a la deriva en la noche del universo y que hay atrocidades a la vuelta de la esquina mucho peores que las amenazas de Andrómeda.

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