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Memorias de un hombre común (14)

- 18 octubre, 2018 – 19:292 Comentarios
Aún guardo un recuerdo indeleble de aquellos años adolescentes en que descubrí las cosas que marcan la vida de uno. No son grandes hazañas que varían el rumbo de la historia ni lo convierten a uno en objeto de admiración o de adulación. En esto llevo a rajatabla la sabiduría de mi tío Paulino.memorias

Memorias de un hombre común

Manuel Valero

Capítulo 14

“El hombre que necesita adulación y se propaga y se propende como meritoso de hoy y emérito de ayer, es un hombre carente de autoestima”. No le saqué todo el jugo a la frase pero me viene a la cabeza el impacto que me causó. Luego con los años y el implacable discurso de la vida fue cuando el pensamiento de mi tío como en tantas ocasiones se me abrió como un libro luminoso. Hay quien necesita de oropeles y tiene la urgencia orgánica de destacar. Destacar es algo natural porque hay hombres que destacan sobre otros en alguna materia pero a la larga todos destacan sobre todos en algo, primordial o prescindible, y al final la Humanidad, así en plano general se parece a un pedazo de plastilina que se va modelando por la libre concurrencia del ciego azar o por los designios inextricables de una inteligencia superior o Dios o llámalo X. Einstein era un gran físico rayano incluso en lo filosófico pero de catenarias de trenes sabía más bien poco con lo cual la mente prodigiosa de don Alberto quedaba arrumbada en lo que a catenarias se refiere por la destreza de un especialista innominado. Todo cuanto no discurra de manera natural sin distorsiones es puro papel celofán que parece bonito pero se rasga al mínimo roce. Pero aquellos años… ah, benditos años… fueron tan maravillosos que no nos acordábamos que había un señor calvo que regía los destinos de España con mano de hierro. Incluso años más tarde cuando llegaron los alocados, alegres y felicísimos ochenta, y yo era un joven treintañero, a punto de casarme, con empleo asegurado en la fundición y el Bachillerato Superior y su reválida completando mi expediente académico…que digo que muerto el General superlativo, no tuve la necesidad de pedir disculpas por la grosería de ser coetáneo y un poco feliz durante lo que después descubrí en toda su propiedad era una dictadura. Si conocí por primera vez el amor, si experimenté por primera vez el valor de la palabra de amigo, si mi cara fue nacida al mundo cuando recibió el primer puñetazo pandillero, si vivía al día con mis amigos, y mis novias que sucedieron a Daniela, tan pancho en mi trabajo como con mis estudios…cómo no aceptarlo. Fue una coincidencia temporal transitoria. Aunque debo reconocer que mi padre con su implacable disciplina me tenía sorbido el seso que luego mi tío se encargaba de descontaminar. Yo creo que mi espíritu crítico, desconfiado de todos, viene un poco de ese vaivén emocionante y emocional que viví entre mi padre y mi tío Paulino. Así que para qué perder tiempo pensando en el General superlativo. Todo discurría con tanta plenitud como discreción existencial. Para ser feliz bastaba estar sano, tener unos duros en el bolsillo, un cigarrillo Bisonte en la boca y una piba al lado: que se mueran los feos. Pero un día salí de casa muy temprano para ir a trabajar y vi que la calle estaba plagada de pasquines y de hojas de periódicos: eran del Partido Comunista. Las hojas del periódico repartidas por toda la calle merced a la neutral inocencia del viento estaban deslavazadas y se deshacían de la humedad que habían cogido al empaparse en el agua del arroyo. Hablaba de un tal Santiago Carrillo que había dado una conferencia en una Universidad extranjera contra la invasión de Checoslovaquia por las tropas rusas. “Los hijos tienen que abandonar a la madre”, me dijo una vez en sus soliloquios mi tío Paulino. Se refería a que los comunistas europeos si querían ser dignos deberían distanciarse de la madre Rusia y de los monstruos pantagruélicos y psicópatas que la protegían. Pero esto, el eurocomunismo, lo comprendí años más tarde cuando saqué el bachillerato y me hice administrativo de la fundición con competencias casi gerenciales porque así lo quisieron los dueños, habida cuenta de mi habilidad para los balances, mi verborrea, mi carácter despierto y mi sólida cultura general con que fui ocupando los lugares de mi mente como un toque de distinción. Mi tío tenía un alto concepto de la amistad. Él tuvo un amigo que se fue a Méjico al terminar la guerra. Se carteaban de vez en cuando cada año o más, un lapso de tiempo oceánico si se mide con las premuras de los adelantos de hoy, a los que a pesar de la edad trato de adaptarme porque me niego a ser un viejo cascarrabias que le saca punta a todo solo por aliviar su mal humor. Nunca tuvo otro amigo como Castito Pemán. Tuvo amigos de taberna, compañeros de trabajo, pero ninguno como aquel. Como le pasó con la novia que tuvo que lo dejó por que no se adaptó a la vida heterodoxa en medio de aquella moral costalera y lo dejó plantado para regresar al Teatro Chino, felizmente anárquico, amoral e irreverente por más hurras que la troupe le cantase al señor Caudillo de puertas afuera. Mi tío era así, de una sola persona. “¿Sabes lo que es un amigo?, me dijo. “Claro, tito, Cesítar, Pepe el turco, Falete, Arturo, y todos esos, son mis amigos…” “Un amigo de verdad, digo.” “¿Es que hay amigos de mentira?” “Los buenos permanecen toda la vida, esta y cien más que hubiera; los malos amigos se diluyen en el tiempo como un azucarillo. La amistad verdadera es fuerte como un roble; la que se adormece con los años, la que se debilita es porque carecía de las raíces que agarran el árbol frente a los embates de la envidia o la traición. Por eso tenemos uno o muy pocos, Bernabé. Quien tiene un amigo tiene un tesoro, quien tiene un amigo de cartón piedra no tiene nada”. Yo, claro, aún no había conocido a Roberto Padilla, el gran amigo de mi vida… Bueno… creo que voy de acá para allá sin un discurso lineal que haga de fácil entendimiento el relato de las cosas nimias que jalonaron mi vida, experiencias normales como las que nos salen al paso a todos, pequeñas cosas que tienen para nosotros dimensiones cósmicas. Pero qué demonios… si uno cuenta sus asuntos que más da el orden. ¿No es la vida un poco de desorden?
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