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La Movida Madrileña (1) Los prolegómenos y el Punk

- 3 diciembre, 2018 – 14:245 Comentarios
ReymondeAl llegar a la cuarta década de vida de nuestra Constitución, echamos la vista atrás para contar cómo eran aquellos tiempos en blanco y negro. Tiempos en los que, sin duda,había muchísimo más 3D real y más colorido que ahora. Sobre lo que ocurrió entonces, se ha ido tejiendo poco a poco un relato histórico axiomático – en todos los sentidos – que en muchos aspectos desbroza la complejidad de aquellos sucesos hasta llegar a distorsionar la realidad del paisaje descrito y crearse una serie de tópicos, simplistas, que a veces no son del todo ciertos. En esta ocasión, quisiera dar mi visión particular de cómo entiendo el surgimiento, auge y decadencia dela Movida Madrileña. Alguien con bastante lucidez, calificó la década de los setenta como la “Década del Despiste” en música. Seguramente sería una afirmación válida para muchas más cosas.Creo que el periodo de los años sesenta, en plena Guerra fría, fue un tiempo de búsqueda de alternativas, en cierto modo semejante al ocurrido en el Periodo de Entreguerras. Su punto culminante, el famoso Mayo del 68, terminó con la derrota de los que propugnaban tanto un cambio social en Occidente como en Europa oriental. A partir de esa derrota, había que cambiar de estrategia y de modelo para dar ese deseado vuelco ¿pero cómo?Pues eso, el despiste. Mientras tanto, España (que ya iba a remolque de lo que se fraguaba en el resto de Europa) era “diferente”. La necesidad de cambio era un secreto a voces, deseado y necesario en todos los estratos sociales y rincones del país. La respuesta oficial, fue lo que eufemísticamente llamaban aperturismo – salvopara el sector más inmovilista, conocido como el Bunker, un núcleo reducido, pero con importante presencia en sectores empresariales, de la Judicatura, de la Administración, y sobre todo en Fuerzas Armadas y de Orden Público. Hubo que esperar casi una década para que los cambios sociales se produjeran ¡Y vaya se produjeron!El cambio, que ya se reflejaba en las manifestaciones culturales de los años setenta, propició en lo político– a la muerte de Franco –una especie de pacto social, con el paso de una legalidad que emanaba de la “Democracia Órganica” de Franco a la Democracia Parlamentaria y a la Constitución. En los años ochenta, pronto quedaron muy atrás las costumbres, las ropas, el vocabulario de los años setenta, cuando todo era bastante diferente. Por ejemplo, en Madrid, no había “pijos”, sino “niños pera” luciendo abrigos Loden en el Barrio de Salamanca. La juventud de entonces era un importante factor de movilización social, y no solo oía la música pop de Los 40 principales. Los jóvenes setenteros de los “barrios”, con pelo más largo que corto, oían música latinoamericana de grupos como Los Calchakis o Quilapayun, cantautores como J.A. Labordeta o Amancio Prada, música Folk como Aguaviva o Gwendal, o “Saca el güisky, cheli”. El rock español tenía poco calado en la mayoría de la juventud, que escuchaba en la radio comercial grupos foráneos (como América, Eagles, Bee Gees, etc.) y que asistió al nacimiento de nuevas tendencias musicales en nuevas emisoras de FM (como Radio 3). Superada la Modernidad, llegó la Posmodernidad, junto al nacimiento del Neoliberalismo surgido en el R.U. de Tatcher y los EE.UU. de Reagan, y sus modelos de ejecutivos agresivos, los yuppies. Mientras tanto, en los barrios de clase obrera Gran Bretaña surge el Punk una alternativa iconoclasta, nihilista, una contestación al modelo impuesto de familia, propiedad privada y Estado. Nada que ver con Friedrich Engels, no proponía ninguna alternativa: era la encarnación de la profecía de La Naranja Mecánica, romper con todo como si ni hubiera un mañana. Tenían grupos musicales, pero odiaban todo: el rock blando, el rock duro, el pop, … eran otra cosa. Odiaban el pelo corto y el pelo largo: se lo ponían de punta, se lo teñían de colores, se lo rapaban...Su afán violento y aniquilador tuvo suficiente fuerza como para que fuera calando parte de ese mensaje en la sociedad y suponer una quiebra, un rompehielos, en los movimientos sociales y obreros. Inicialmente apolítico, este nuevo tipo de nihilismo sería adoptado por grupos asociados a posiciones de extrema derecha o izquierda (en el País Vasco tuvo mucha relación con los abertzales).Para las mentes racionalistas, aquel modo de anarquía no tenía sentido.En España, el Punk no llegó a ser un peligro real para la sociedad. Para empezar, los pocos focos que había, estaban en algunos barrios de grandes ciudades como Madrid (probablemente también en el País Vasco). Los episodios de violencia eran muy esporádicos, y normalmente entre bandas de jóvenes. Las actitudes más provocativas de los punkies se situaban en sus propios templos, los espacios cerrados de las salas de concierto, donde la gente liberaba sus instintos peores y más ocultos. Basta recordar que en Madrid la gente paseaba sin preocupación por las calles hasta altas horas de la noche; pero el miedo no provenía ni de los punkies, ni de ETA, sino del notable incremento de la delincuencia de los drogodependientes. En una gran ciudad como Madrid, donde el anonimato facilita la libertad de expresión de sus ciudadanos, los punkies comenzaron a tener notoriedad: era posible encontrarse en la calle con gente de pintas muy estrambóticas, sobre todo en las proximidades de El Rastro. Para la mayoría de la gente, el Punk provocaba un impacto inicial fuerte, pero poco a poco hubo mucha más gente que adoptaba su imagen o su idea (aunque fuese de modo superficial) pensando que iba a ser el movimiento que marcase la tendencia de los nuevos tiempos ¿y quién marca las modas? Superado el impacto inicial y neutralizado el veneno de aquel monstruo de mensaje nihilista, se produjo una cierta aceptación normalizada del fenómeno Punk, afectando incluso al modo de vestir de la década de los ochenta. Lo que curiosamente sí sucedió con la irrupción del Punk, es que se abrió una nueva ventana de expresión, que rompía completamente con los modelos anteriores, que permitía explorar nuevos mundos y nuevas formas. Como pasa con todas las cosas, lo que se pierde por un lado se gana por otro. Las manifestaciones culturales de aquel momento (que conocemos como La Transición) comenzaban a reflejar, de forma particularmente autóctona (y esto me parece muy importante), las tendencias de cambio que se producían fuera de nuestro país. Si hasta los años setenta la referencia cultural en España se localizaba sobre todo en una Barcelona contestataria y muy próxima en lo geográfico y en lo estilístico a lo que se cocía en Europa (especialmente en Francia), entre 1975 y 1992 – al menos en lo musical – se trasladó a Madrid. El primer equipo de Gobierno municipal en Madrid (tras las primeras elecciones democráticas de 1979), gobernado por el PSOE y el PCE, con Tierno Galván como alcalde, no tuvo que impulsar ninguna actividad cultural, ni politizarla, sino dar vía libre a las manifestaciones culturales ya existentes, canalizar el producto de toda esa energía con tolerancia, inteligencia, empatía, sentido común y recursos. Y esa energía simplemente se retroalimentaba con una actividad constante e incesante: de algún modo u otro, todos formábamos parte de la Movida madrileña. De la controvertida Movida, se quiso sacar tajada política, pero no fue un invento de Tierno Galván, como nos han querido vender. Por desgracia, las comparaciones son odiosas con la visión de nuestros actuales gobernantes. Sobre las causas o responsabilidades de su desvanecimiento se habla muy poco. En parte, algunos de sus actores y de su público se cansaron de tanta fiesta – aunque la Movida no era solo fiesta. También en ese tiempo, un PSOE hegemónico sufrió una importante transformación respecto al del comienzo de la Transición, con un concejal de urbanismo en Madrid como Jesús Espelosín, que participó en el millonario negocio especulativo de la recalificación del solar de las torres KIO en Plaza de Castilla de Madrid, (del que se beneficiaron principalmente “los Albertos” y E. Sarasola, buen amigo de Felipe González) o un exministro de Hacienda Carlos Solchaga, que impulsó la especulación,  afirmando que España podía ofrecer “grandes oportunidades de negocio”. Para cuando llegó en 1991 el relevo en el Ayuntamiento de Madrid, con el alcalde José María Alvarez del Manzano del P.P., la Movida ya estaba más que liquidada. Pares y nones Antonio Fernández Reymonde
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5 Comentarios »

  • Charles dice:

    La importancia de la ‘Movida Madrileña’ en la historia cultural de España es indudable. Supuso una bocanada de aire fresco a todos los niveles en un país todavía gris del tardofranquismo.
    Comenzó con la muerte del longevo dictador Francisco Franco y finalizó cuando dejó de ser un movimiento espontáneo y casi marginal para convertirse en algo comercial y masivo a mediados de los 80.
    Por cierto, ¿quién no recuerda la llegada a Madrid de Andy Warhol en 1983 invitado por la galería de Fernando Vijande?
    Un movimiento cultural por excelencia que también tuvo sus sombras. A pesar de ello, gracias, D. Antonio, por traer a la memoria el recuerdo de un tiempo tan glorioso…..

  • Pepe-Magic dice:

    Ahora los transgresores son los que votan a VoX, hartos del 24/7 en la progresia, esos que nos mandaban callar en el instituto por no pensar de forma políticamente correcta.

  • Lauro dice:

    Aquí también hubo movida y bien gorda,todo empezó con La Gramola que en esta ciudad lo cambio casi todo.Investiga un poco.

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