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Un exmilitar que no calla

- 4 enero, 2019 – 10:3910 Comentarios

Me refiero a Luis Gonzalo Segura, expulsado en 2015 de las Fuerzas Armadas por denunciar en su seno corrupción, abusos, acosos y privilegios anacrónicos. Trabaja en su Jefatura de Sistemas de Telecomunicaciones y Asistencia Técnica hasta 2009 y es destinado a Afganistán en 2012.

La expulsión está relacionada con la publicación de su primer libro, Un paso al frente (2014), por el que es represaliado con varios arrestos disciplinarios. A pesar de la advertencia del comienzo: “Que nadie quiera ver un ataque a la institución militar donde solo hay un sacrificio por ella”.

2014

El exteniente, colaborador habitual de los diarios digitales Público.es y RT.com y de la revista satírica El Jueves, ha denunciado en repetidas ocasiones corrupción, secretismo y abusos en el Ejército español, que no sirve para nada en el hermético mundo militar, lo que le lleva a editar su primer libro. En 2015 publica su segunda obra, Código rojo, en la que, entre otros aspectos, denuncia la homofobia y defiende la no discriminación de las personas homosexuales en el estamento militar. La escribe durante los tres períodos que pasa en prisión militar.

2015

En 2017 llega El libro negro del Ejército español, en el que defiende la tesis de que en las Fuerzas Armadas siguen presentes “patrones que demuestran de forma inequívoca la existencia de corrupción sistémica, abusos y acosos, privilegios anacrónicos, órganos de control cómplices y una cúpula militar negligente”. En los dos primeros libros utiliza la ficción en forma de novela, mientras que en el tercero quiere legitimar su discurso con el análisis de la realidad política y militar. Realmente es un alegato para demostrar lo que lleva años denunciando y que una parte importante de la sociedad ha decidido ignorar: “nuestras fuerzas armadas siguen siendo las de Franco, pero estandarizadas a niveles OTAN”.

En el libro, según se dice en la presentación, quedan al descubierto desde la inoperante clase política hasta medios de comunicación o periodistas censurados, pasando por el lucro de empresas o entidades bancarias. Pero el libro es mucho más: “Es el grito desesperado de miles de militares maltratados y expulsados, condenados a morir o resultar heridos por negligencias, obligados a sostener el edificio de corruptelas, abusos, acosos y privilegios y, finalmente, sometidos a una precariedad laboral, a una total ausencia de libertades y derechos y a una absoluta alienación más propia de una secta o una mafia que de una institución moderna. Además, es la denuncia clara y sin matices de los últimos veinte años, de las guerras neocoloniales de Irak y Afganistán, de los disparates armamentísticos, de las puertas giratorias, del submarino que no flota y los carros de combate almacenados y despiezados por falta de combustible, del delirio más absoluto que la mayoría de los civiles pudiera imaginar”.

Es cierto que el Ejército español ha perdido casi todas las guerras en las que ha participado en los últimos siglos. Sólo obtuvo la victoria en la que entabló contra su propio pueblo en 1936. Aunque para el triunfo fueron fundamentales las ayudas de las tropas nazis alemanas y fascistas italianas, además del importante apoyo logístico del salazarismo portugués. Asimismo, su participación en la represión de la disidencia interna ha sido decisiva en diversas ocasiones.

2018

Lo afirma claramente el historiador Francisco Alía (Historia del Ejército español y de su intervención política. Del desastre del 98 a la Transición, 2018) cuando recuerda que el Ejército español hasta hace pocos años actúa en ocasiones como “grupo de presión” para incidir en las decisiones del poder civil, y se convierte en una espada de Damocles que lo atenaza y amenaza. En otras, lo suplanta directamente, tras cambiar gobiernos y regímenes políticos a su antojo. Los casos de las dos repúblicas proclamadas en España pueden ser paradigmáticos.

En el siglo XIX el intervencionismo militar tiene en el pronunciamiento su forma más utilizada, aunque el objetivo no es sustituir el poder civil por el militar, no es suplantar instituciones políticas por militares. Sin embargo, en el XX durante las dos dictaduras los militares golpistas buscan nítidamente reemplazar al poder político y reprimir a los que considera antiespañoles.

El peso del Ejército en nuestra historia contemporánea sirve para entender su existencia como un verdadero poder fáctico, al que hay que proteger, como a la institución monárquica, con todo tipo de herramientas. Entre ellas, la ayuda de los Grandes Medios de Persuasión y Propaganda (GMPP) para intentar tapar desmanes y corrupciones.

Los medios de comunicación han sido claves en la información masiva de la sociedad, afirma el exteniente Luis Gonzalo. Serían imposible muchos acontecimientos de los dos últimos siglos sin la ayuda de ellos. Las diversas autoridades luchan contra el llamado cuarto poder, más o menos hasta finales del siglo XX, con el empleo de la fuerza: censuras, agresiones, ataques… Pero a partir de ese momento el “sistema” conoce que la mejor manera de controlarlo no es la fuerza sino el capital: “Adquirir los medios de comunicación se antojó como la nueva forma de dominación de los nuevos sistemas autoritarios que no gustaban de aparentarlo”.

 Y en eso están los GMPP, controlados por pocas manos financieras y políticas. En una reciente entrevista Gonzalo declara que “Los medios de comunicación españoles lograron borrarme del mapa” (canarias-semanal.org, 2.1.2019). Cuenta cómo se concertaron –o fueron “concertados”– para hacerlo desaparecer de la vida pública. Declara también que en sus cinco años de lucha una de las lecciones aprendida es que los “medios de comunicación españoles censuran y ocultan la información”. Eso sí, de momento no pueden con más de 30.000 seguidores que el exmilitar tiene en Twitter, aunque lo intentan pagando a peones que inventan todo tipo de “fake news”.            

Por supuesto, Luis Gonzalo afirma en su último libro que no se trata de una obra contra Ejército, uniformados u oficiales. Es un libro por el Ejército, por los uniformados y por los oficiales. Él se muestra a favor de unas Fuerzas Armadas al servicio de la ciudadanía. Y esa, claro, es harina de otro costal, son palabras mayores, para conseguirlo habría que eliminar privilegios, negocios armamentísticos y tapaderas, como la utilización de banderas borbónicas o la conservación a ultranza de las esencias.

Isidro Sánchez

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