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Decrepitud del gusto

- 22 enero, 2019 – 13:192 Comentarios

Escribía hace un año, allá por el 16 de enero de 2017, un compendio razonado del mal gusto-del buen gusto.

Y no es una boutade, ni un oxímoron.

Compendio aquel, razonado por irrazonable.

O irrazonable por razonar con esas cosas tan deletéreas del gusto averiado.

Por eso, esa alteración del mal gusto-del buen gusto.

Y es que todo exceso de gusto bendecido, acaba produciendo fatiga y cansancio.

Por eso, esa alteración del mal gusto-del buen gusto.

Como si de un trabalenguas se tratara.

O quizás fuera al revés: el buen gusto-del mal gusto.

A veces la ordinariez es una muestra de distinción.

O un desplante.

Que muchas veces se saben que la frontera entre ambos gustos es tan sutil como el grosor de un pelo.

Pasa igual con la frontera entre lo sublime y lo ridículo, sólo los separa un ligero límite.

Por eso el orden alterado.

Aparentemente alterado, de los factores estéticos.

Que ya se sabe que el orden de los factores no altera el producto.

Aunque hay veces que el orden de los  factores deshace el producto.

O todo producto multiplicado por cero, da cero.

Que no es por tanto, una mera multiplicación, sino una división.

Decía entonces, el aquel escrito volandero que “la secuencia Hortera-Cursi-Kitsch tiene implicaciones sociales. No sólo derivaciones estéticas”.

Hoy prefiero, visto lo visto, quedarme con las derivaciones estéticas.

Dejando las implicaciones sociales para otro tipo de análisis.

Visto lo visto.

Vista la excelencia de lo Popular y la execrabilidad de lo cotizado.

No como entonces: “el populacho Hortera, la Mesocracia Cursi y los pudientes y advenedizos, puro Kitsch, sin saberlo”.

Hoy todo gira, como enel tango,y todo da la vuelta.

Por ello se capturaba que:“Hoy todo ha cambiado, y los dependientes de comercio son elegantes y aún dicharacheros”.

Puede que en esta lógica infernal y límbica, se reserve el tramo final para la voz Kitsch, que tiene unas indudables dimensiones cultas y culturales.

Como han demostrado Ludwig Giesz, Herman Broch y Gillo Dorfles.

Incluso López Cuenca y a propósito de una reciente exposición de Mark Ryden, habla de que “este popificado surrealismo no es sino un simulacro sobreazucarado de los experimentos de las viejas vanguardias”.

Es frecuente por ello, que se hayan celebrado en el pasado y en el presente, exposiciones del llamado Arte Kitsch.

Por eso se habla, propiamente, de Kitsch elegante.

Para oponerlo a otro Kitsch chafardero.

Ya se sabe Kitsch Popificado y exceso de azúcar.

O si se quiere coreografía de escaparate.

Cosa imposible (¿…?) de verificar sobre el potencial Arte Hortera y Arte Cursi.

Y eso que Seco Serrano, se esfuerza en designar a lo Kitsch, como “estética cursi, amanerada pretenciosa y de un gusto popular y pasado de moda”.

Por lo que pudiera pensarse, que también lo Cursi es merecedor de un corpus Estético.

En ese límite podríamos llegar a reivindicar también una Estética Hortera.

Estética Hortera de la mano de todo el caudal de la llamada Cultura Popular muy deteriorada y averiada por todas las tribus urbanas.

Estética Hortera a caballo de la transgresión, en un caldo tibio donde flotan Paquito Clavel, Tomás de Antequera, El Fary y el Torrente de Segura.

Estética Cursi templada, de Karina, de Raphael, de Mario Vaquerizo y de Rafaela Carrá.

Estética Kitsch acalorada del primer Almódovar, de Alaska, de Tino Casal, de las Kardashian y de Jeff Koons.

También del apartamento de Donald Tump, reluciente de dorados y estucos muy presidenciales.

Por ello, decrepitud del gusto.

José Rivero
Divagario

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