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Cinco minutos

- 3 febrero, 2019 – 08:402 Comentarios

Víctor apaga el despertador que, puntual como todas las mañanas, suena a las 6:55. Tumbado aún, con los ojos abiertos, piensa que dentro de cinco minutos sonará el de su vecino de abajo. Prueba a quedarse por una vez en la cama esos minutos, por el gusto de remolonear. «Un caprichito».

De esos que no se permite nunca. Cierra los ojos y se tapa de nuevo con el edredón.
Oye la alarma del vecino, suena lejos. Puede que sea en su sueño, porque tarda en reaccionar. «Bip. Bip. Bip». Se repite durante un tiempo, Víctor no sabe cuánto. Abre los ojos de repente y mira su móvil. Son las siete y cuarto. Se levanta apresurado. «Me he quedado dormido». 

En la ducha, el agua caliente no sale. Espera un par de minutos porque las tuberías son antiguas y el invierno está siendo especialmente duro. Nada. El agua sigue congelada. Va en calzoncillos al cuarto de la caldera, tiritando. Ve que está apagada. Intenta encenderla varias veces, sin éxito alguno. Enfadado y con frío, se viste deprisa.

En la cocina, abre el armario donde guarda el pan. Mira el reloj constantemente. «No me da tiempo». A su pesar, deja la tostada sobre la mesa y da un par de tragos a un zumo envasado, que, al abrir rápido, le salpica en la camisa dibujando bajo el bolsillo un pequeño cuadro modernista. De nuevo mira el reloj y decide que no se quitará la americana en todo el día, así las manchas no serán visibles para los demás.

Ningún ascensor llega a su rellano. Uno sube, el otro baja, y ninguno para en su planta. Oye las voces de niños que van al colegio, el trajín de puertas que se abren y cierran. Pulsa repetidas veces el botón sin resultado alguno. Ninguno para. Decide bajar por las escaleras, aunque sean nueve pisos.
En el garaje, tiene que esperar a que salga su vecina con el monovolumen y monte a los tres niños en sus respectivas sillitas. Víctor no hace nada más que mirar el reloj. «Llego muy tarde». Decide enviar un mensaje a Estela para que avise. Mientras escribe, sigue los movimientos de la familia numerosa. Ahora el pequeño se ha salido del coche. La madre hace un gesto de resignación a Víctor y le pide disculpas. «Se le ha olvidado la mochila. No tarda…». Víctor le sonríe, aunque la maldice entre dientes, mientras le envía el mensaje a Estela. Sus dedos, nerviosos, toquetean la pantalla. Cuando el pequeñajo vuelve contento con su mochila a cuestas, Víctor resopla. «¡Por fin!».

El tráfico a esas horas es ya muy fluido. Avanza poco, coincide con los del reparto y las entradas de los colegios. Llega tarde a su trabajo por primera vez en diez años. Mientras espera a que el policía les dé paso, piensa en Polonia. Unos inversores ingleses han comprado la empresa y van a trasladarlos allí. «Bueno, no está tan lejos. Más lejos queda la aldea en el monte». Recuerda a su madre, orgullosa, cuando se fue a la universidad. «Vuelve solo de visita», le dijo. Y así lo hizo. Hoy empiezan las clases de polaco en su oficina, aunque él ya ha estado practicando con una aplicación en el móvil. Está ilusionado con el cambio.

Cuando se va a incorporar a la céntrica calle donde está la oficina, un policía local le echa el alto. «No puede pasar con el coche. Las restricciones de acceso comienzan a las ocho». Víctor mira el reloj. Son las ocho y media. Da vueltas por las calles aledañas hasta que encuentra un parking subterráneo. El coche apenas cabe en la plaza y roza con una columna. No tiene tiempo de mirar los daños. Llega tarde, muy tarde. Camina unos veinte minutos hasta su oficina. Estela no ha respondido a su mensaje. Se mete en el ascensor, apretujado entre veinte personas más. Le da al botón del número quince y se sorprende al ver que todos los anteriores están iluminados. Para en cada planta. La gente entra y sale. Alguno hasta es generoso y sujeta las puertas para que a la que corre con los tacones le dé tiempo a entrar. Se agobia entre tanta gente y tan poco espacio. El quince aparece por fin en el recuadro. Sale y nota un ambiente raro en los cubículos. Mucho silencio. Víctor cree que es por Polonia, hay gente que no quiere largarse. A él le da lo mismo, le parece una nueva aventura.

Ve a Estela al final del pasillo. Está seria. Le hace gestos con las manos. Él se encoge de hombros y señala el reloj. Estela está preciosa, aunque esté enfadada. A lo mejor hoy, mientras coman en el parque, se decide a pedirle una cita, antes de que él se marche a Polonia.
—¿Dónde estabas? ¿No has leído mis mensajes? —le grita ella.
—Te he mandado uno diciéndote que llegaba tarde. Me quedé cinco minutos más en la cama y ya todo ha salido al revés.
—Pues la has cagado, Víctor, del todo.
Él mira su móvil. No hay notificaciones de mensajes y el de Estela no aparece ni enviado. Se da cuenta de que ha apagado los datos sin querer mientras trasteaba con el móvil. Los vuelve a activar y su teléfono no para de sonar. Lee los mensajes por encima. Inversores… chinos… Polonia, solo tres… A China cinco años… Su cabeza intenta procesarlo y entenderlo. No puede. Mira perplejo a Estela:
—¿Qué significa?
—Que nos la han jugado. que la reunión urgente que han convocado esta mañana era para decirnos que los ingleses ahora son chinos y que Polonia solo va a ser una pequeña fábrica, donde irán tres ingenieros. El resto, a China. Y tú no estabas en la reunión. ¿Dónde coño estabas?

Víctor, cuyo cabreo había ido creciendo a lo largo de la mañana, estaba a punto de estallar. «Cinco minutos, joder, solo cinco minutos». Supo que era inútil explicarle a Estela todas las malas casualidades que le habían sucedido a partir de esos cinco minutos.

Entró en su despacho y cerró de un portazo. No quería que lo molestaran. «¿China? Eso sí está más lejos que la aldea, joder». Llamó a su jefe y al jefe de su jefe. No consiguió nada: o China o a la calle. Intentó llamar al jefazo, pero por supuesto estaba reunido y Víctor sabía que no le iba a devolver la llamada. Miró el reloj. La mañana había pasado entre llamadas sin respuestas y correos notificando las nuevas acciones. 

Las tres. Decidió bajar a comer a un bar. Con las prisas no había podido prepararse la comida de ese día. Se olvidó la americana en el respaldo del sillón. En la cafetería de enfrente, las mesas estaban todas ocupadas. «Si quiere, puede comer en la barra». Pide un bocadillo y una cerveza sin alcohol. Come rápido, ya que no le gusta comer rodeado de gente que no conoce. 
—¿Cuánto es? —pregunta mientras se limpia las manos con una servilleta de papel.
—5,50, caballero —le responde el camarero.
En ese preciso instante, cuando va a echarse mano a la cartera, se da cuenta de que la dejó en la americana… que está en su oficina. Nervioso, le dice al camarero que no tiene el dinero aquí, que trabaja enfrente y en un momento baja y le paga.
El camarero lo mira con cara de desconfianza.
—Mire, amigo, yo le creo, pero mi jefe seguramente no. O me paga o llamo a la policía.
—No, no, espere —Víctor comienza a sudar. Aguanta un pequeño eructo que le viene por beber cerveza.
Mira a su alrededor, no ve a nadie conocido. «Piensa, piensa». El camarero no deja de mirarlo. Cada vez frunce más el ceño. «Estela». Saca el móvil y llama a Estela.
—Estela, ¿me puedes hacer un favor?
—Estoy comiendo. ¿Qué quieres? —La oye masticar.
—Estoy en el bar de enfrente y se me ha olvidado la cartera en la oficina. ¿Puedes subir y traérmela? —Víctor eleva un poco la voz para que le escuche el camarero que ya estaba con el teléfono en la mano.
—Estoy en el parque de al lado. Voy en cinco minutos —Y cuelga.
«Cinco minutos. Solo cinco minutos».
Estela ha pagado la comida y se ha burlado de él. «Don Todo Planificado se ha olvidado la cartera, lleva la camisa con lamparones y ha llegado tarde a trabajar».

Se va al gimnasio como todas las tardes. Como ha llegado una hora después de la habitual, no encuentra aparatos libres y coincide con un grupo de sexagenarios que suelen ir a esa hora. Desiste de hacer algo al ver que copan todas las salas. Se va a casa, cansado. Solo quiere ver una serie. Piensa que mañana, cuando se levante a la hora de siempre, las cosas irán mejor. Descubre que su suscripción a la plataforma digital ha caducado hace una hora. Solo tiene que dar a un botón para recuperarla. Duda. Decide ir a dormir. Mañana, cuando suene el despertador a las 6:55, se levantará y las cosas solo podrán ir a mejor. El día ha sido un desastre.

Por unos putos cinco minutos.

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Carlos oye la alarma de su vecino de arriba. Las 6:55. La suya sonará cinco minutos después. Pero esa mañana decide levantarse con la primera. Está nervioso porque tiene una entrevista de trabajo tras muchos meses de negativas y correos sin respuesta a su currículum.
Se prepara un buen desayuno, con tostadas, zumo natural y café de cafetera. Se ducha silbando una canción de los Manic Street Preachers. Está contento. 
Cierra la puerta de casa y, por primera vez, el ascensor se para a la primera. En el garaje, va hacia su moto mientras escucha cómo salen por la puerta de acceso una familia que va al colegio. Arranca y se va.
Las calles aún no están congestionadas y llega con bastante tiempo al edificio de oficinas. Mira la dirección de nuevo: planta 12. Coge el ascensor de la derecha. Una chica morena se mete con él. Risueña, le da al botón del 15. 
—Hace un día fabuloso —dice Carlos, que se siente animado a empezar una conversación absurda de ascensor.
—Sí —responde ella, que se ha colocado a su lado.
Planta cinco.
—Voy a una entrevista de trabajo. Estoy nervioso —dice Carlos.
—Tranquilo. Seguro que lo haces muy bien. —La chica se echa el pelo negro para atrás.
—Ojalá. Tengo ganas de comenzar una nueva etapa —Carlos no sabe por qué le está contando eso.
Planta nueve.
La chica saca un papel, anota algo y se lo da.
—Si te dan el trabajo, me llamas y nos vamos a comer juntos para celebrarlo.
La voz del ascensor les indica que han llegado a la planta 12.
Carlos sale sonriendo, con el papel en la mano.

En la salita donde tienen que esperar hay cuatro personas más. Carlos las mira disimuladamente, escrutando qué posibilidades tiene. «Pocas, Carlos, pocas. Llevas dos años en paro y tu último jefe no hablará bien de ti». El papel se arruga en la mano, decide guardarlo en el bolsillo de la chaqueta. Hace tiempo que no liga, así que no sabe si lo que le ha dicho la chica del ascensor iba en serio o era una broma. Bueno, podría probar a llamar el número. «Seguro que me ha dado uno falso».

Es el siguiente. Una mujer le indica que puede sentarse y comienza a preguntarle por sus anteriores trabajos. Él responde como buenamente se le ocurre, porque ni siquiera se ha preparado la entrevista. A veces tartamudea y resopla al acabar las frases. Se mete la mano en el bolsillo y toca el papel. No sabe por qué, pero eso da un giro distinto a las respuestas. Ahora habla decidido, seguro, se permite alguna broma diplomática, incluso habla de posibles proyectos. La mujer que le entrevista, que al principio ojeaba el reloj de manera disimulada, ahora no deja de mirarle a la cara y asentir, hasta se ríe de sus chistes. Acaban una hora más tarde, estrechándose la mano y asegurándole el puesto.

Carlos sale del edificio de cristales opacos y saca el papel. Marca el número que aparece.
—Lo conseguí.
—¡Lo sabía! —la voz femenina al otro lado demuestra su alegría—. ¿A las dos en el parque de al lado? Tengo ensalada de pasta y empanada de atún. Yo creo que nos llega para los dos…
—Perfecto. Me encargo de la bebida entonces —responde Carlos.

Como le sobra tiempo, va a ir a mirar las bicis. Antes salía todos los fines de semana a la montaña. Lo dejó cuando el trabajo se acabó. En la tienda, pasa un rato muy agradable informándose y se decide por una.
Mira el reloj. Tiene tiempo de sobra para llegar a su cita. Compra un par de refrescos y dos cafés. La espera en un banco y mira a unos niños que juegan en la arena. Ella llega sonriendo y le felicita por su éxito. Hablan de música, de cine, de libros… Una llamada interrumpe la comida.
—Mi compañero de trabajo… que no tiene dinero y tengo que ir a pagar la fianza al bar. —Le guiña un ojo. Mientras recogen los envases, él le dice que tiene entradas para un concierto esa noche, que si le apetece acompañarlo. Ella responde que sí.

Carlos vuelve a su casa. Está feliz por cómo está marchando el día. Llama a sus padres para darles la noticia. «Sí, mamá, el domingo voy a comer». La tarde es espléndida y decide salir a correr. No le gustan los gimnasios por el ambiente cerrado. El aire le da en la cara mientras le surgen ideas que podría llevar cabo en su nuevo puesto de trabajo. Mira el reloj de nuevo. Tiene tiempo de sobra para ducharse y llegar al bar donde ha quedado con la chica. La noche se hace más corta escuchando música y hablando con Estela. Deciden quedar el sábado para ir a otro concierto. 
Carlos vuelve a casa, cansado, pero feliz. Se tumba en el sofá. Duda si ver una peli o acostarse directamente. Se decide por lo último. «Claro, es que esta mañana madrugué cinco minutos». Se ríe de su chiste malo mientras apaga la luz. El día ha sido perfecto.

Por unos putos cinco minutos.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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