Homilía de Gerardo Melgar, obispo prior, en la misa exequial de Rafael Torija de la Fuente, obispo emérito

Muy estimados Sres. arzobispos y obispos concelebrantes. Saludo con especial afecto a D. Antonio Algora Hernando, obispo emérito de esta diócesis, y sucesor de D. Rafael y con el que fue siempre tan atento, cercano y fraternal.

Queridos sacerdotes, religiosos y fieles todos de nuestra Diócesis de Ciudad Real que llenáis esta Santa Iglesia Prioral, Basílica Catedral de las Ordenes Militares de Santa María Del Prado.

Y, cómo no, nuestras palabras más cariñosas y entrañables para toda la familia de D. Rafael, sobrinos y demás familiares que tanto lo han querido y a los que tanto él quería.

Saludo a su Alteza Real, D. Pedro de Borbón y a todos los caballeros de las Órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, que siempre tuvieron una estrecha y cordial relación con D. Rafael como Prior de las mismas que fue.

Un saludo especial también para las autoridades, nacionales, autonómicas, provinciales y locales, que han querido acompañarnos, en este momento triste pero lleno de esperanza, de dar nuestro último adiós a D. Rafael.

Gracias a todos por vuestra presencia, en este momento de la celebración de las exequias de D. Rafael Torija de la Fuente, obispo emérito de la esta diócesis prioral de Ciudad Real.

D. Rafael ayudó a lo largo de su vida a muchas personas a prepararse y pensar con esperanza en este momento de la muerte de cada uno. Él mismo pensó a lo largo de su vida muchas veces en este momento de su propia muerte. Lo hizo siempre con fe y esperanza, confiando del todo en la misericordia divina. Así lo expresa el en su testamento espiritual que, ante la hora de su muerte, nos ha dejado.

«Con frecuencia, dice él, a lo largo de mi vida, he pensado en la muerte. Ahora, ya emérito la contemplo con más serenidad y lleno de esperanza: Vamos a la casa del Padre, sabiendo que, con la muerte, la vida no termina, se transforma y que, destruida nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo, en la Casa del Padre. Me consuela la esperanza en la misericordia infinita de Dios».

Desde este convencimiento sobre la realidad de la muerte, D. Rafael elevaba su acción de gracias al Padre por todo cuanto ha recibido en vida de mano de Dios y manifestaba su alegría y confianza por el paso de la muerte a la vida, a la vez que pedía que el Espíritu le perdonase y purificase cuanto hubiera en él de pecado.

Decía literalmente así:

«Te ruego Padre, que aceptes mi acción de gracias por todos los innumerables dones de tu amor: existencia, vida cristiana, vocación sacerdotal, ministerio pastoral de sacerdote y obispo de la Iglesia; familia, seminario, presbiterio, Conferencia Episcopal, personas consagradas, apóstoles seglares…dificultades y sufrimientos, gozos y alegrías, salud y enfermedad. Gracias Padre. Espero con alegría y confianza, con gozo pascual, el momento en el que dispongas “mi paso” a tu casa. Te ruego una muerte en tu gracia y en tu paz. Por Cristo, tu Hijo, mi hermano y Salvador.; me apoyo en la intercesión de María, su Madre y Madre de la Iglesia. Que tu Espíritu realice en mí lo que tantas veces le he pedido: “Lava lo que está sucio, riega lo que está seco, sana lo que está herido, dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está torcido”».

Igualmente, lleno de un gran afecto hacia toda la Diócesis, a quienes han sido y son sus pastores y fieles; pide a todos perdón por sus deficiencias, manifestando también el gran amor que siempre tuvo a la Iglesia y expresando su gran alegría por morir en brazos de la Madre Iglesia.

Textualmente lo expresa así:

«A la Iglesia diocesana tan querida –pastores y fieles- os ruego miréis con bondad y piedad mi pobre vida y ministerio sacerdotal entre vosotros: que perdonéis mis deficiencias, sobre todo si, en algún momento, he sido ocasión de escándalo para alguno. Creo que os puedo asegurar con toda sinceridad que he querido mucho, mucho, a la Iglesia, una y muy diversa, santa y pecadora. He querido siempre servirla con amor, aunque, en ocasiones, hayáis podido observar deficiencias e incoherencias. Os pido me perdonéis. Qué alegría esperar la muerte en los brazos de la Madre Iglesia. Deseo recibir los sacramentos de la Penitencia, de la Eucaristía y de la Unción de Enfermos».

Tras citar a algunas personas concretas, a las que agradece especialmente su entrega y su generosidad con él, su cuidado y sus atenciones, su cercanía y su cariño; agradece especialmente a toda su familia: padres, hermanos primos y demás familiares todo lo que han hecho por él, y para ellos pide que Dios les pague todo, especialmente la generosidad que han demostrado con él, y se despide de todos hasta que nos encontremos en la casa del Padre; terminando sus ruegos y su testamento para esta hora de su muerte con estas palabras:

«En esta hora, Señor, me llena de consuelo, de esperanza, de alegría, tu palabra, tu presencia, tu Iglesia “sé de quién me he fiado”. Sé que si morimos contigo, viviremos contigo, que si perseveramos reinaremos contigo. Porque incluso si hubiéramos sido infieles contigo, Tú permaneces siempre fiel, pues no puedes negarte a Ti mismo (cf. 2 Tim 2,8. 11-13). Sé que Tú eres mi pastor, que nada me falta; que me haces recostar en fuentes tranquilas, que no debo tener miedo, aunque tenga que pasar por cañadas oscuras, porque Tú vienes conmigo; que tu bondad y tu misericordia me acompañan hasta la Casa del Padre por años sin término. Me pongo, Señor, en tus manos. Tú eres mi Padre».

Nos hemos reunido en esta mañana para agradecer a Dios el regalo de la persona, de la vida y del ministerio sacerdotal y episcopal de nuestro hermano Rafael, que dedicó su vida a vivir como un auténtico creyente y como un gran y verdadero misionero, al servicio de la Iglesia desde el ejercicio del ministerio sacerdotal y episcopal.

Él fue un gran regalo de Dios para nuestra Diócesis de Ciudad Real. Con sus gestos y palabras dejó siempre traslucir el amor a Dios y a la Iglesia. Esta diócesis ha sido bendecida con la vida y el pastoreo de D. Rafael. Fue un pastor, sencillo, cercano, interesado por todos y por todos sus problemas, y siempre estuvo al lado de los que más le necesitaban en cada momento.

La Palabra de Dios que alimenta la fe y robustece la esperanza, es también bálsamo para todos los que hoy sentimos la muerte de nuestro hermano, especialmente sus familiares, sus hermanos sacerdotes y los fieles que de mil maneras le expresaban su cariño, afecto y cercanía mientras vivía.

Hemos escuchado en la Carta a los Romanos que hemos proclamado estas palabras: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor». Estas palabras describen con mucha propiedad lo que ha sido la vida de don Rafael. Una vida no para sí mismo, sino para su Señor. Ha sido un pastor fiel y solícito del rebaño de Cristo en Ciudad Real que pastoreo durante 27 años.

Don Rafael nació en Noez (Toledo) el 18 de marzo de 1927, cumpliría 92 años el día 18 de este mes. Fue ordenado sacerdote el 7 de junio de 1952. Fue obispo auxiliar de Santander entre los años 1969 y 1976, Prior de la Ordenes Militares y Obispo de Dora entre 1976 y 1980 y primer Obispo de Ciudad Real desde 1980 y 2003 cuando que presentó su renuncia por edad y fue aceptada por el papa san juan Pablo II.

Fue obispo consiliario de la Acción Católica entre 1971 y 1976. Y presidente de las Comisiones Episcopales de Apostolado Seglar y de Seminarios y Universidades.

El paso de Don Rafael de este mundo a la casa del Padre nos recuerda a todos que el camino de Jesús es el único que da sentido a la vida y en la muerte. La fe en la resurrección es el único fundamento de la esperanza humana. Esa fe nos hace capaces de entregar la vida generosamente para que Cristo sea anunciado a todos los hombres.


La trayectoria de un cristiano ha de estar marcada por la entrega constante de la vida a Dios y al prójimo. Este es el itinerario pascual al que todo nosotros estamos llamados a recorrer: morir a uno mismo para generar vida en el nombre del Señor.


Jesús, lo dice claramente en el Evangelio: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Al igual que el supremo Pastor, nuestro Señor Jesucristo, los obispos hemos de dar la vida, entregarla constantemente, para que la fuerza de la resurrección de Cristo alcance a todos, sin excepción. Ese es el resumen del deseo más profundo de D. Rafael Torija.

Como creyente D. Rafael caminó a la luz de la fe en Cristo. El Señor iluminó su vida y guio su ministerio. Su condición de pastor le puso ante los fieles como signo de la presencia del Señor resucitado y del acompañamiento que el Espíritu Santo hace a la humanidad entera.

D. Rafael fue un Obispo cercano a todos, por eso el recuerdo de su persona es un recuerdo imborrable como persona sencilla y cercana. Él animó, representó y garantizó la vivencia de la fe de la Iglesia y la proclamación del Evangelio. Y siempre deseó cumplir con el mandato recibido de Cristo de velar y guiar al Pueblo de Dios.

«Con el servicio de la predicación, infundió en el corazón de los fieles la conmovedora y consoladora verdad del amor de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16)».

En nombre del Dios del amor sus manos bendijeron, sus palabras confortaron y su presencia -incluso silenciosa- testimonió con elocuencia que la cercanía y misericordia de Dios son infinitas, que su compasión es inagotable.

Vamos a pedir al Señor hoy por el eterno descanso de D. Rafael. Que el Señor le dé la luz eterna de su presencia y el gozo de su visión, cara a cara, por toda la eternidad.

Pedimos perdón por los fallos humanos que él pudiera haber tenido como persona que era, pidiéndole al Señor que si en algo quedó manchado como fruto de su debilidad humana, que el Señor lo perdone y lo purifique y le lleve a gozar eternamente de su presencia y la de todos los Santos en el cielo.

Dales Señor el descanso eterno y brille para él la luz eterna.

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