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Grita

- 17 marzo, 2019 – 08:236 Comentarios

Otto no puede respirar. La noche ha llegado y los ruidos no cesan. En su desvencijada casa, la madera cruje por el viento. La ventana de la buhardilla no encaja bien y los marcos de madera golpean de forma alterna la pared. No consigue dormir. El colchón se le hace muy grande desde que Eleonora se marchó con Alex. «No puedo seguir así». En un par de maletas, metieron lo poco que tenían y se fueron al otro lado del pueblo. Alex iba a su casa varias veces por semana y le había acondicionado la buhardilla para que pintara allí. «Se le habrá olvidado cerrar las ventanas».

Fue a la cocina a beber agua. El motor de la nevera emite un pequeño zumbido. La bombilla de la lámpara parpadea de vez en cuando. Para Otto, son sonidos molestos. Él necesita el absoluto silencio porque necesita gritar de una vez y nunca puede, siempre hay ruido. Por las mañanas, en la oficina de la cofradía de pescadores no deja de sonar el teléfono, interrumpen las visitas inesperadas y las consultas de los marineros. En el bar donde toma el café a media mañana, las tazas chocan constantemente y el papel de los periódicos deportivos no deja de rasgarse en los oídos al mismo ritmo que las conversaciones banales de los que pululan por la vieja taberna. Las palmadas en la espalda que le recuerdan que ya no va al mar no sabe si son por envidia o por compasión. A él nunca le gustó navegar. No lo echa de menos.

Pero ahora es de noche y los ruidos no cesan. El grito está a punto de salir de su garganta, lo nota. Pero necesita silencio, calma total para que su berrido inunde el pueblo y el monte y el mar malditos. Coge el impermeable rojo, aquel que Eleonora le regaló las últimas navidades que pasaron juntos. Ahora llueve poco, pero él sabe que pronto irá a más. Baja las empedradas calles del pueblo que se construyó poco a poco en cuesta, saliendo del monte y acabando en el mar. De las casas se escapan sonidos ya comunes para Otto: persianas que bajan, las risas enlatadas de los programas de medianoche, cacharros que se guardan ordenados en las impolutas cocinas para servir el desayuno deldía siguiente, cerrojos de puertas que salvaguardan los pocos ahorros que se tengan y las muchas miserias que encierra cada casa... Todos esos ruidos no le dejan gritar, que es lo único que necesita hacer.

Llega hasta la playa, por la noche vacía ya de familias de la ciudad que han ido a pasar el día, de jóvenes en grupo que tuestan sus cuerpos con el cálido sol de verano en la norteña villa, callada de las voces de mujeres que se ponen al día en secretos de belleza y recetas adelgazantes, de hombres que comentan los partidos de fútbol y las últimas noticias sobre la regulación de pesca… Pero, aunque ninguno de ellos esté ya allí, el ruido sigue. Las olas que despacioen la orilla sucumben en la arena. Y ese ruido le impide gritar. En el paseo marítimo ya no hay niños jugando, ni viejos paseando, ni bicicletas sorteando a los despistados que paran a ver el atardecer, pero las baldosas rojas bajo sus pies resuenan con cada paso que da. Otto decide andar por la playa, pero la arena rozala suela de sus gastados zapatos. Ese crepitar le molesta, le impide oír la nada.

Parado, mira hacia el antiguo faro. Se eleva sobre el acantilado, llamándolo. «Aquí, Otto, aquí hay silencio». Sube el zigzagueante sendero, donde las zarzas y los tojos, ayudados por el viento y la llovizna, murmuran con sus hojas. Llega a la pequeña explanada. La enhiesta torre blanca y azulya no luce desde hace años. Tampoco iluminó aquella noche con Capitán. Contempla el mar abierto, ennegrecido por la oscuridad. Allí las olas rugen, gritan, braman al chocar con las vetustas rocas desgastadas del acantilado. Tan alto como debería hacerlo él. Pero el estallido de las inmensas olas no le deja gritar, aunque lo intenta. Al abrir la boca, solo consigue exhalar el aire retenido. Las olas se engrandecen conforme pasa la noche. Ensordecen ya a Otto, que no quiere mirar atrás. Le recuerdan cada instante de la noche que el mar se tragó a Capitán y él no lo salvó. Lo oía gritar: «Otto, Otto, ayúdame». Pero Otto se quedó parado en el barco destartalado, sujetándose para no caerse él también al mar. Ni siquiera miró a su alrededor para buscar algo con que agarrarlo. Solo veía las manos agitándose y la cabeza canosa que de vez en cuando asomaba entre las olas pidiéndole ayuda. Hasta que dejó de verla. Hasta que dejó de oírlo. Se encerró en la cabina y se tumbó. Y quiso gritar muy fuerte, pero la voz no salió. Por eso, lo intenta cada noche. El alarido está en su estómago, en sus pulmones, en su corazón, en su cabeza y ya no aguanta más. Si no sale, lo matará. Y nadie podrá ayudarle porque nadie lo podrá oír.

Capitán, poco antes del accidente, le había comentado que tenía planes para Alex.

—Tu chico ya es mayor y puede salir al mar. Estás cansado y el barco tiene que pescar todos los días. Los peces no saben de fines de semana. —Fumaba tabaco de liar y, al hablar, escupía pequeñas hebras amarronadas—. Le he dicho a Eleonora que el sábado me lo traigo y tú descansas.

Otto no contestó. Apenas hablaba con él unos monosílabos necesarios. Entrelazaba los dedos mojados mientras pensaba alguna excusa que darle a Capitán.

—Además, tendrá que ir preparándose un oficio. Eso de ir a estudiar a la ciudad para pintar es un disparate. Sabes que de eso no podrá vivir. —Capitán calló. Durante unos segundos los ojos brillaron con igual fulgor que la luna que los iluminaba—. Tu hermano también quería ser artista, si no recuerdo mal… —Capitán se levantó para ir a la cabina.

Otto se levantó a la vez que él. Solo veía la espalda, amarilla por el chubasquero, de Capitán. Lo empujó al mar por la borda. Rápido, sin defensa, sin golpes, sin ruido. Solo las olas arreando en el casco. Y entonces, sí, los gritos de Capitán, los alaridos, los auxilios y socorros, implorando ayuda con los ojos vacíos negros, sin brillo ya. Otto lo contemplaba en silencio, en el suyo particular.

La historia que tuvo que contar a los que le rescataron era como muchas más: la tormenta, las olas, Capitán que cayó, él no pudo hacer nada. La tempestad fue su coartada. No quiso volver al mar y, como a muchos que habían sobrevivido a algún naufragio, le ofrecieron un trabajo de tierra. Pero Otto tenía el grito dentro y no sabía qué hacer con él.

En la explanada del viejo faro, sigue contemplando la pugna de las olas por derrotar al acantilado. A su espalda, está el monte. Gira poco a poco para contemplar la inmensa mole que aparece ante sus ojos por la negrura de la noche. La silueta redondeada de la cima, llena de abedules y eucaliptos, parece que lo llama también. La voz que sale del monte, tan grande, tan inmenso, es infantil. Como la de Capitán, también pide ayuda, socorro y auxilio. Pero, en esta ocasión, Otto tiene solo diez años y mucho miedo. Escondido entre arbustos, ve a Capitán. un poco delante de él, va su hermano Hans, con sus cuadernos y los lápices de colores nuevos que le había comprado su madre en la ciudad esa misma mañana. Mira las copas de los árboles sin darse cuenta del hombre que va detrás. Capitán apresura el paso y, justo cuando Hans va a darse la vuelta, el leño que levanta el hombre cae sobre la cabeza de su hermano. El golpe seco del cráneo al caer sobre una piedra resuena en los oídos de Otto. Su hermano grita, patalea, bracea al aire para protegerse de los golpes. Pero Capitán no para. Atiza con el leño en la cabeza, los pies, el estómago, las rodillas, los muslos del joven Hans que intenta escapar reptando. Capitán no deja que avance más. Hans solo sabe gritar, aullar como los animales heridos. Otto no puede levantarse y ayudarlo. Quiere gritar al hombre malvado que deje en paz a a su hermano.Es capaz de abrir la boca, pero no salen sonidos. Los gritos y chillidos dan paso a un lento gorgoteo rojo que sale de la cabeza y de la boca de Hans. Las hojas chascan bajo el cuerpo, aún no inerte, de su hermano. Los latidos apresurados de Capitán contemplando aquel cuerpo ensangrentado ensordecen a Otto, que sigue sin gritar. Las ramas que van a ocultar el cadáver de su hermano durante dos semanas, hasta que unos vecinos del pueblo lo encuentren medio descompuesto, no dejan de restallar en los oídos de Otto. Y la risa del Capitán la empezará a oír cada noche con un estruendo insoportable: en el colegio, en su casa, en sus sueños, en el llanto de su madre por el hijo muerto, en las palabras de amor que años más tarde le dedicará Eleonora, en los balbuceos de Alex cuando sea un bebé…

Necesita gritar en la explanada del viejo faro. Mirando al mar o mirando al monte. Necesitó gritar cuando su desesperada madre estuvo dos semanas buscando a Hans, su hijo mayor, el artista, tan sensible como ella, pero no pudo porque el goteo de la sangre sobre las hojas y los aullidos de su hermano no le dejaban oír nada más. Necesitó gritar años después cuando su madre le dijo que Capitán le ofrecía trabajo en su barco, pero no lo hizo. Necesitó gritar cuando Capitán le dijo que quería que Alex fuera al barco, pero decidió callarlo para siempre. Necesitó gritar cuando Eleonora se marchó llorando de casa porque no soportaba su silencio y sus respuestas cortas, pero su silencio pudo más que la incansable voz de Capitán ahogándose en el mar. Y necesitaba pedir perdón a Hans, desde el mar al monte, desde el monte al mar, por no haber gritado aquel día.

Las descomunales olas salpican ahora la espalda de Otto. El viento y la lluvia se unen al equipo ensordecedor. Otto se tapa las orejas y abre la boca, como el hombre de aquella lámina que colgó Alex en la pared de la buhardilla. Está dispuesto a gritar, a soltar el alarido que le permita poder estar en silencio por primera vez en muchos años. Descansar por fin. Marchar con Alex a la ciudad cuando se vaya estudiar. Acariciar el pelo de Eleonora en el colchón que volverá a ser pequeño cuando estén los dos.

Pero no sale nada de la garganta. Ningún sonido. No chilla, ni brama, ni clama. Derrotado, vencido, cae de rodillas sobre el suelo mojado y con su boca muda. Las olas se llevan su silencio una vez más.


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Beatriz Abeleira

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