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Afectos, horrores y maravillas de la Feria de Mayo de Puertollano

- 2 mayo, 2019 – 19:584 Comentarios

Santos G. Monroy.- La Feria de Mayo de Puertollano llega más como monumento sentimental de lo que fuimos que como hito festivo, lo que no es tan malo en tiempos de incertidumbre: para salir del laberinto siempre hace falta un hilo de Ariadna que reconstruya nuestros pasos.

Con mayo llegan las calendas de la primavera al paseo de San Gregorio, como un cuadro impresionista de naturaleza urbana, y el recuerdo de la cuerda del ganado recupera los afectos y los horrores,  la nostalgia minera por un suelo retumbante bajo el martilleo de poleas negras.

Aquel miedo de la mina es hoy bandera del orgullo puertollanero, que ha legado al imaginario colectivo las bicicletas surcando el barro de la cuenca, brasas de cigarros marcando la niebla, huelgas cenetistas, revólveres en la noche, sueños libertarios, carromatos gitanos en el resplandor de la lumbre.

Puertollano guarda en el almario los almuerzos de carbura bajo tierra, el reloj desaparecido de la calle Aduana, los abrigos de espiga y frío ante el Gran Teatro, el INI y la guardia mora, la furia del grisú, vestidos de estreno en la plaza de toros, ruido de vasos en la Giralda del Egido, el tañido jondo en el Chinato y la épica de un fútbol legendario.

Aquellos también fuimos nosotros, felices o desgraciados, hombres vestidos con gabardinas en un ferial de guirnaldas, mujeres luciendo tobillos del brazo de las amigas, divisando el humo de un tren del Oeste camino de La Mancha, muertas de risa por las cosquillas de la noria, bailando pasodobles en las casetas del egido.

Llegaría después la libertad y con ella una relectura de la feria, que adquiría una significación sideral y excitante. Orbitaban los paseantes alrededor de la fuente central de colores cambiantes, luminosa e hipnotizadora, y ante la vieja concha de la música y sus impenetrables ninfas en bajorrelieve, que vertían agua infinita desde cántaros sin fondo. En el Bosque, causaban espanto los delirios sangrientos de las casas de los horrores y el trofeo de feria era la escoba de un esqueleto acechando a la salida de un túnel, entre el humo del adobo y el sabor del vinagre.

La feria de Puertollano recuperó después el ciclo adolescente en un nuevo recinto, laureada por la gloriosa herencia ochentera, el mestizaje de la movida con la generación X, y la edad dorada del asociacionismo en rebujito con lo cañí y lo flamenco.

Hoy la atracción estrella en el ferial es la emulación de un videojuego de matanzas on line, y la fiesta bascula entre el reguetón y el botellón, quizá a la espera de un cambio de piel. Así es la vida, el continuo reconocimiento de nuestro rostro, que cambia y envejece y es sustituido por otros rostros que caminan por el ferial con el mismo brillo en los ojos de todos aquellos que alguna vez llegaron y pasaron... tal como nosotros.

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