Manuel Herrera Piña: memoria de lo que fuimos

José Rivero.– El grueso de las imágenes que componen el trabajo Manuel Herrera Piña. Fotografía: Ciudad Real en los años 70 (BAM, 2019), componen una prolongación y un añadido de las ya aportadas, en la primera entrega fotográfica,  Manuel Herrera Piña. Fotografías: Ciudad Real en los años 50 y 60 (BAM, 2017), trabajo que ya fue comentado en estas páginas de Mi Ciudad Real, el 3 de diciembre de 2017, bajo el título oblicuo Herrera Piña: el cielo en la  alacena.

Donde traté de significar el valor de las imágenes legadas en unos años en los que la fotografía aún era una pura rareza. Una alacena enunciada como caja de las maravillas de un pasado agraz y algo rural; una alacena de sueño y misterio que, por otra parte, es la portada callada de Memoria de cosas. Signos y señas de identidad de Castilla-la Mancha (1999), con una foto de Juan José Gómez Molina, procedente de su trabajo El desvanecimiento de la memoria. Autorretrato de una comunidad rural (1998), para referirse a la cocina de  Tarín en Carcelén. Pero me quedo con la idea del desvanecimiento de la memoria ejecutado desde la captura fotográfica. Como si la captura y la retención que comporta la fotografía más que una custodia del pasado llevara en su seno su propia disolución y su propio olvido. De aquí la idea de desvanecimiento de lo que nos es mostrado desde el recuerdo fotográfico. ¿Somos lo que fuimos y los que fuimos? O ¿ya perdimos aquella textura infinita del pasado quebradizo? Como si perdiéramos identidad, al compás de la sepia perdida y desleída del papel fotográfico. Todo ello visto desde el caudal de abundancia visual del presente, que ya es pura presencialidad repetitiva, y por eso descreemos del  valor testimonial de la fotografía multimedia.

Hay una imagen que cuenta con una notable capacidad para el relato posible. Se trata de la captura del Domingo de Ramos de marzo de 1970 en Ciudad Real. Donde sobre un paso de peatones del comienzo de la Calle Alarcos (entonces aún Avenida de los Mártires), un porta estandarte de la cofradía de Las Palmas, se balancea empujado por un brusco golpe de  viento que ha traído la lluvia inesperada de la primavera atrasada. Lluvia que va a malograr el desfile inaugural de la Semana Santa y que fuerza, como un impulso desconocido, a los escasos espectadores endomingados, a guarecerse en los bajos del edificio del Banco de Bilbao, junto al Teatro  Cervantes. Hay una luz grávida que se mastica junto a los golpes de lluvia y el brillo tenue del pavimento plastificado. O incluso esos detalles menores, de la bicicleta aparcada o de los bordillos publicitarios que en las tardes se iluminan con mensajes y consejos que destellan en la noche.

Todo ello me lleva a preguntarme si Manolo Herrera Piña, en el momento del disparo de su cámara, sabía que estaba construyendo una historia visual de la ciudad, o si sólo trataba de documentar un suceso sucedido, o trataba de responder con ello, a la demanda de su trabajo como fotógrafo de prensa. Y por ello ese caudal de imágenes de corridas de toros, de partidos de fútbol, de fiestas y festivales, de celebraciones musicales en la pista de la Fuente Talaverana (páginas 156 a 159), o la espléndida de la página 155, de la Batalla de Flores de 1971 en la calle Alarcos (entonces aún Avenida de los Mártires). Pieza  donde se repiten algunos de los factores constantes de la colección de imágenes de Manuel Herrera Piña (MHP), casi como acrónimo de Memoria Histórica Popular. Por ello, los textos que acompañan las imágenes (Lorenzo Selas, Carlos María San Martín, Antonio  Sánchez Puerto, Joaquín Muñoz y José Luís Loarce) abundan en esas facetas de su trabajo como documentalista político, periodístico, taurino, deportivo y social. Y este cruce amalgamado de secuencias y de imágenes de naturaleza variada es el valor que permanece en el libro. Donde la selección de fotografías aportadas no recorre una pauta cronológica ni temática y van surgiendo como las imágenes volanderas del sueño: desplazadas unas veces, sintetizadas otras, condensadas las más.

Y es que vemos desfilar la ciudad como un telón de fondo de una ensoñación, en una suerte de escenografía urbana que daría paso a severas destrucciones y a los procesos de extrañamiento que conlleva toda nueva construcción. Como nos repiten las imágenes de la demolición del viejo Ayuntamiento de Cirilo Vara y Soria (página 69), en paralelo al proceso de levantamiento de la nueva pieza consistorial de Fernando Higueras (página 26). Quien repite imagen, en la presentación de su proyecto en junio de 1971 (página 8). Y donde nos muestra ya sus dotes persuasivas, donde seduce al Alcalde Sancho, al Secretario  Municipal y me imagino que al público asistente al acto y a los medios de comunicación. Mientras sostiene la cachimba, desde un chaleco ibicenco vistoso y una camisa floreada, todo ello ante el gesto impasible del promotor principal de la apuesta: el hijo adoptivo Manuel López Villaseñor.

Pero no solo piedras en desmonte o en erección, los andamios de madera y los primeros anuncios posibles. También la sociedad que se va forjando en el desfiladero de una década demasiado larga y poco honda. Sobre todo en el papel de la mujer. Acurrucadas en el desván del pasado irremediable (páginas 34 y 35) con toca, mantoncillo y pañuelo, o con el mundillo enfilerado, donde desplegar la labor del encaje, para dejar pasar el paso insensible del tiempo en la costura. Hasta llegar a esa suerte de modernidad aparente e iridiscente de los concursos de belleza, como el de Maja de España, en el que posan las aspirantes en confusión, ante el Molino de Gregorio Prieto (página 61). También hay mujeres trabajadoras y risueñas que se incorporan a una tímida igualdad laboral, en las fábricas Calzado de Bolaños de Calatrava o las de Pegamento Imedio en Calzada de Calatrava (páginas 58 y 59); aunque sigan desfilando las majorettes francesas en las ferias de agosto de 1973 (página 56) o sigan deslumbrando las aspirantes a Maja de la Mancha con su posado en Radio Popular de Puertollano (página 57) con locutor-florero mediante.

También la marcialidad de las mujercitas en flor de la Sección Femenina, en la fiesta de Santa Teresa, uniformadas y amparadas por el pendón de la OJE en versión femenina (página 48). Prolongando el estatus de marcialidad juvenil de sus compañeros de estudios, flequillos y paseos; arqueros de la Organización Juvenil Española, quietos parados en el Santuario de las Nieves (página 49) y con la mirada perdida en lejanías imposibles y brumosas. Y de esas marcialidades juveniles llegamos a la comprensión del costumbrismo político del momento y del Movimiento organización de adultos acomodados. Imágenes que se despliegan en la toma de posesión del alcalde  Eloy Sancho (página 94), en presencia del raro Gobernador Roger Amat, ejemplo de integración franquista de muchos catalanes de orden y mando. Quien repite encomienda y primicia en Piedrabuena (página 95) y en Herencia (página 96). Y esa sería la secuencia de los rostros  visibles de los dirigentes, no diré líderes ni mucho menos, del alto franquismo en forma de Gobernadores Civiles y Jefes Provinciales del Movimiento: Roger Amat, Villalobos Beltrán, Ameijide y Ramón Bello Bañón. Por no citar otras presencias tan testimoniales como intermitentes, que van desde Blas Piñar en el Castillo de Calatrava la Nueva (página100) a Fraga recibiendo la medalla de oro de la provincia en 1977, distinción demorada 10 años, desde su época de Ministro de Información y Turismo. 

Para pasar en esa secuencia de movimientos políticos a las congregaciones de masas activas y a veces uniformadas. Como se expone el 21 de diciembre de 1970 (página 97), ante la sede del Gobierno Civil en concentración de Adhesión a Franco, donde jóvenes, hermandades sindicales de agricultores, Vieja Guardia de Franco, cuadros falangistas de Mestanza y Alféreces Provisionales abrazan al líder y ahogan la pieza escultórica de Cervantes. La reunión de mandos azules, en un atestado Teatro Ayala de Daimiel (página 102) en fechas tan avanzadas como noviembre de 1973, donde son reconocibles muchas caras de jerarcas y barandas, camisas viejas y camisas nuevas, que pronto bajarían el brazo del saludo a la romana. Esa posteridad aplazada se visualiza sobre todo,  a lo largo de 1974, en vísperas del final físico  del franquismo. En el recorrido que realiza Pilar Primo de Rivera, llegando a inaugurar sendos monumentos a la memoria de su hermano, José Antonio, (página 104) en noviembre y  diciembre, en Alcázar de San Juan y  en Socuéllamos, bronces livianos sobre las plazas públicas. O la mucho más acrisolada, de junio de mismo año de 1974, ante la basílica del Valle de los Caídos, en la misa anual en honor de los caídos. Incluso esa multitud aglomerada el 1 de octubre de 1975, en protesta por la injerencia extranjera ante los últimos fusilamientos (página 191), deja adivinar ya un final que no pueden esconder las pancartas desplegadas por colectivos patrióticos del régimen que perciben su próximo derrumbe. Y  donde el ejercicio de mirar con lupa la instantánea, podría deparar sorpresas significativas.

El telón virtual del 20 de noviembre de 1975, se despliega en imágenes de los talleres del diario Lanza (páginas 110 y 111), y casi de forma simultánea en la pieza  de la página 113, donde el alcalde Bernalte Bernardo, el procurador Martínez Gutiérrez y el delegado de Industria Ochoa, realizan la ofrenda conmemorativa de la muerte de José Antonio (página 113), en un gesto ajeno a los momentos que transcurren a su alrededor, justamente en los instantes finales del régimen y de sus exequias fúnebres. Y de aquí el salto a las imágenes de la Transición, con una colección de las formaciones políticas que poco a poco comenzaron a desfilar y hacerse visibles. Visible ese despliegue en las páginas 118 y 119. Fraga, Blas Camacho, Areilza, Tierno Galván, Javier Paulino, Manolo Marín, Miguel Ángel Martínez, Sánchez Miras, Santiago Carrillo y Pepe Ortega, como flujos de memoria abierta. Los primeros votantes, en un ejercicio olvidado; las primeras manifestaciones autorizadas y los mítines de febrero de 1979, casi coincidiendo las generales, tras la aprobación de la Constitución, y las primeras municipales. ‘UCD cumple’, Rato y la Coalición Democrática ‘Para ordenar bien las cosas’,y el del PSOE ‘100 años de honradez y firmeza’, con Felipe González en el Pabellón  Príncipe Felipe, donde se coló un pájaro negro que fue expulsado por el servicio de orden.

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