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Barcelona-Croacia

- 6 junio, 2019 – 15:042 Comentarios

Sabido es el valor simbólico de los colores que a todos afectan y ocupan.

Blanco pureza, rojo pasión, azul elegancia, verde esperanza y gris diplomático.

Por poner algunos ejemplos conocidos de sobra.

Y no digamos nada del valor simbólico de los colores cuando se aproximan a realidades cercanas.

Como banderas nacionales, colores de las hermandades de Semana Santa y, sobre todo, colores de los equipos de futbol de nuestros amores y de nuestros pesares.

Pero junto a ello, lo simbólico, hay que hacer constar el peso de lo práctico en el último caso: el de las camisetas de los clubs de futbol que nos abastecen de sentimientos primarios y muy aguerridos.

Y de ello y por ello, la costumbre de inventarse camisetas nuevas que renueven a las viejas y fuercen las ventas de las equipaciones oficiales, en las tiendas no menos oficiales.

Frente a la quietud y el estatismo del pasado, cuando una camiseta era –como los matrimonios– para toda la vida, ahora asistimos a una muda precipitada de carácter anual.

Además la equipación oficial era única e indivisible.

Ahora las fruslerías de las directivas empresariales, de la RFEF, de la UEFA y de la FIFA obligan a tener hasta tres equipaciones oficiales.

La de domingo y dos de diario, como algunos roperíos de antaño.

Para dar más carácter de negocio al emblema camiseteril.

De forma que todos los años, los equipos y clubes se prestan a ese forzada metamorfosis primaveral, que dicta la renovación que arrastra una rara inventiva de tonos, colores y otros detalles.

Una suerte de orden preternatural de metamorfosis de oruga, larva y crisálidas.

Que estudian las casas deportivas patrocinadoras con esmero religioso, fotográfico, anatómico y comercial.

Dicen que los equipos grandes tienen un negocio muy sencillo con la venta de camisetas y de otros gadgets coloreados.

Pero junto a ello, y de un tiempo a esta parte ha renacido el carácter reivindicativo de la vestimenta.

Baste mirar alrededor.

El engendro camiseteril del este año del Barcelona Club de Fútbol, en pleno juicio del proceso de 1-O, remite obviamente a la República de Croacia.

Proclamar la camiseta del Barça, que por algo es ‘mes que un club’, como una nueva insignia del proceso independentista.

Y por eso Croacia, como antes fuera Eslovenia.

Por eso Torra habló de asimilar la vía eslovena.

Ahora parece que van a asimilar la vía croata. A pesar de jugadores como Rakitic.

Croacia que fue parte de la antigua República Federativa de Yugoeslavia y que hoy bebe sola en la mesa.

Por más que digan que la nueva camiseta representa una visión y una interpretación  del Ensache –el Eixample– barcelonés.

Conjunto de manzanas cuadradas que compone la traza urbana de la ciudad en su crecimiento del siglo XIX.

Por más que obvien que el ensanche de Ildefonso Cerdá de 1859, fue rechazado en Barcelona por el Ayuntamiento que apoyaba la solución de Rovira y Trias.

Y luego, el Plan Cerdá fue impuesto desde Madrid, contando con el apoyo de Pascual Madoz que había sido gobernado civil en Barcelona.

Por ello deberían pensar que el Ensanche de Cerdá es un gesto fruto del centralismo madrileño más que de catalanismo y barcelonismo.

Y casa poco y mal como el emblema del nuevo Barcelona Club de Fútbol en sus camisetas cuadriculadas.

Salvo que estén buscando otra cosa y pretenda construir influencias de la moda y de la meta-moda.

Antes ternos amarillos y ahora  piezas ajedrezadas o en damero grama.

Menuda partida.

José Rivero
Divagario

2 Comentarios »

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