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Los hombres que no veían la televisión (2)

- 16 septiembre, 2019 – 11:153 Comentarios

Manuel Valero.- “No, señora, la Isa es una santa lo que pasa es que el otro es más malo que la lepra malaya”, decía Liberto entre golpes y cortes con que preparaba la carne para la clientela.

Mientras le daba el corte al solomillo o deshuesaba un pollo con la maestría de un prestidigitador, cuchillo por aquí, corte por allá, hablaba con la parroquia que diariamente lo asediaba de cuanto habían visto en televisión, sobre todo los programas del cotorreo, ciencia en la que Liberto se había graduado merced a la fidelidad de hierro que dispensaba al condumio televisivo. Quizá era por esto que Carnicería Liberto era la más solicitada del mercado pues las señoras se enzarzaban en una tertulia mañanera sobre las inmundicias que habían visto y desgajaban cada palabra o imagen con el bisturí certero de un nivel  intelectual romo como los dientes vivos de un anciano, y se despachaban con un veredicto medieval sobre alguno de los personajes de la tertulia tóxica, antes de que Liberto despachara a su vez a la parroquia  la carne animal con unas cuantas sentencias de docto consumidor de mugre catódica. “A Antoñito Santojo había que darle dos hostias y se le quitaba la tontería”. Y así pasaba la mañana y la tarde Liberto Expósito hablando con la entregada clientela mientras miraba a ratos un pequeño televisor que tenía a un lado del mostrador que cambiaba automáticamente de canal cuando acababa un programa de casquería para enlazar con otro, sin que nadie supiera cómo lo había hecho.

Pero ese día cuando el carnicero locuaz echaba el cierre a su puesto del mercado oyó gruñir a alguien sentado un poco más allá, detrás de una esquina de azulejo que enfrentaba el pasillo principal del mercado. Liberto vio lo que asomaba por la esquina del cuerpo de  aquel hombre, de espaldas, sentado en el suelo con una botella de vino y farfullando cosas. Nadie parecía hacer cuentas de aquel ser desahuciado, desgreñado, sucio y maloliente, pero como era hora de cerrar el mercado se le acercó un municipal y le instó a que se marchara de allí con la botella de vino y lo que quedaba de él a otra parte a contemplar su propio derrumbe. Liberto espoleado por la curiosidad se acercó, saludó al municipal, “Hola, Bernando, buena casquería, ¿eh? “Inmundicia” “Ya te digo” “Pues aquí en Bobilandia no hay sitio para los vagabundos” “Ya te digo, poca vergüenza”. “Mierda puta, mierda puta”, dijo el indigente. Al levantarse regó al municipal y al carnicero con un aliento de vino podrido que casi los gasea allí mismo. “A ese Tonchu Velázquez lo tengo que matar, por mis muertos que a ese hijoputa lo tengo que matar”, dijo. “Y encima insulta a Tonchu con lo educado que es en sus programas”, dijo el policía. Liberto acompañó al mendigo hasta un banco próximo conteniendo la respiración para no respirar el olor de hombre roto que emanaba de aquel desgraciado. Algo se le encendió dentro del caletre a nuestro hombre. Miró hacia ambos lados y le dijo casi con el volumen de voz de los espías. “¿Por qué dice usted eso de Tonchu Velázquez?”. “Porque es un hijoputa” “Si eso ya lo ha dicho usted pero… ¿por qué?” “Porque me ha arruinado la vida” le dijo mirándolo de frente, con ojos coléricos, mandíbulas apretadas y un poco de salivilla avinagrada rezumándole por la comisura de los labios. Y en ese instante Liberto Expósito quedó petrificado con tanta intensidad que el mendigo lo tuvo que zarandear para que volviera al mundo de las cosas. No podía ser posible, no, de ninguna manera, pero sí, si fue posible de la única manera como se manifiesta real y tangible lo único posible. Detrás de las greñas aceitosas y la barba sin orden que ocultaban el rostro del vagabundo, Liberto creyó reconocer a Ambrosio Duque. “Usted…usted es…” “Sí, yo soy. Soy Ambrosio Duque, marqués de La Atalaya y en cuanto me lo eche a la cara lo mato, mato a ese hijoputa”. El carnicero Liberto, locuaz tendero de carne fresca animal y experto en carne pútrida humana lo invitó a su casa. “Si no tiene usted inconveniente, claro, y le preparo una buena cena”. “¿Y usted quién coño es?” “Soy Liberto Expósito, el carnicero, mi puesto es ese de ahí”. El hombre gruñó de nuevo y se bebió el hilo de vino que aún quedaba en la botella. “Vivo a dos manzanas de aquí, sígame usted. Para ser discretos. No por otra cosa, ¿sabe usted?”. Con otro gruñido de cerdo el mendigo siguió a su samaritano hasta la puerta de su casa. Lo primero que hizo Liberto con su huésped fue indicarle el baño para que se diera una buena ducha, le prestó ropa suya y le preparó una buena cena. Mientras en el baño el aristócrata mendigo miraba caer el agua limpia y caliente por la alcachofa de la ducha y desaparecer por el sumidero negra como el alquitrán, Liberto no paraba de ir de aquí para allá, circunvaló cien veces el salón de la casa, anduvo por el pasillo como alma en pena, entraba en la cocina y abría el frigorífico y luego lo cerraba mecánicamente sin sacar nada en un gesto absurdo. No podía creérselo. Hasta que un poco más calmado se detuvo de nuevo en la cocina para darle de comer al hambriento marqués señor Duque. Le preparó un par de huevos fritos y un filete como la suela del zapato de un cíclope y cuatro rebanadas de pan. Iba a descorchar una botella de vino viejo pero consideró que el señor Duque ya había tomado suficiente y prefirió hablar con aquel personaje sobrio y fresco antes que beodo y amenazante. En plena faena culinaria le gritó: “¿Va todo bien, señor Duque?” “De maravilla, amigo Liberto, creo que he perdido peso de la mugre que me he quitado de encima. Nunca se lo agradeceré lo suficiente, amigo. Le juro que le recompensaré cuando recupere lo que me han quitado esas hienas”. A Liberto lo sacudió un escalofrío cuando miró el teléfono que tenía en la encimera de la cocina. Si llamaba al programa El bisturí de Toncho podría sacar una buena tajada. Era tan fácil como llamar al teléfono que siempre daba sobreimpreso el programa invitando a la gente a que diera información de algún famoso, y retener a su huésped en su casa camelándolo con su atención samaritana hasta que un equipo de la cadena montara la guardia y todo el operativo para entrar en directo. Un bombazo: “Ambrosio Duque, marqués de La Atalaya aparece en la casa de un carnicero después de un año prácticamente desaparecido” Y lo que llevó a Liberto hasta el desmayo de puro placer: se veía a sí mismo en el plató del programa de su admirado Tonchu convertido en el mayor  héroe de Bobilandia porque todo el mundo veía la televisión en Bobilandia con la misma necesitad orgánica que respiraba. Cogió el móvil. El teléfono se lo sabía de memoria pero no llegó a marcar. La voz del marqués lo detuvo en seco. “Si no le importa voy a usar su secador. ¿Sabe? Me siento como si me acabaran de hacer, limpio y sobrio”. “Por supuesto, claro, utilice cuanto le haga falta, aféitese si lo desea”. “Ah, buena idea, sí, lo haré”. Esa pequeña conversación doméstica fue suficiente para disuadir a Liberto de contactar con el programa principal de la inmundicia. Así que dejó el móvil, puso la cena sobre una bandeja y la llevó hasta la mesa del comedor. Cuando vio aparecer a Ambrosio Duque, limpio, afeitado, perfumado, con la gesticulación aristocrática que parecía dormitar bajo su aspecto patibulario de barrio infame, dio un alarido. Allí estaba sin duda, era él, el mismo personaje que ocupó el asunto principal del programa de Tonchu durante casi dos años hasta que fue detenido, puesto en libertad y desaparecido en su vagabundeo por el mundo sin un céntimo que llevarse al bolsillo y un mendrugo que llevarse a la boca. A Liberto todo aquello le parecía un prodigio. Incluso sospechó que estaba siendo víctima del programa La Camara Oculta Inculta pero le resultó imposible, como imposible le pareció esa misma mañana que por la noche le estuviera preparando una suculenta cena al mismísimo  marqués de La Atalaya, y ahora lo posible por real era que lo tenía bajo su techo. Fue verlo salir del baño y casi se le sale el corazón del pecho con tanto ímpetu que le hubiera roto las costillas. El marqués apenas habló mientras cenaba, ni siquiera levantó la vista para ver la televisión. Y ese gesto fue el principio del fin, la primera semilla lanzada sobre el humus de televidente adicto que rebozaba a Liberto, que de tanto estiércol aseguraba el florecimiento. Liberto le sirvió café y le ofreció un puro. Sorprendentemente rechazó una copa de coñac pero fumó con delectación. Luego le pidió cortésmente a su anfitrión que apagara la televisión porque con la historia que le iba a contar no le iba hacer falta: lo que veía en el aparato era mentira, lo que él le iba a contar era verdad, la verdad de su degradación, la única verdad de su rol en la corrala mediática bajo los focos biliosos del plató donde reinaba Tonchu, su entrega pactada y pagada para que se airease su vida privada e íntima y, finalmente, su caída en desgracia. Se sentaron en dos cómodas butacas junto a la ventana. Liberto apagó las luces y dejó únicamene viva la luz de una tulipa que la difuminaba con intimidad. Antes de que el señor Duque comenzara a hablar le dijo: “¿Pondrías un poco de música clásica? Liberto tragó saliva porque carecía de la mínima cultura musical aparte de Bustamante pero buscó en la radio el dial temático de la radio pública. Luego de una buena bocanada de humo azul, y después de un segundo café, Ambrosio Duque, marqués de La Atalaya comenzó el sorprendente relato de su fulgor y caída después de andar como un espantajo de plató en plató de todas las televisiones patrias que los bobalicones consumían como cerdos en medio del cieno.

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3 Comentarios »

  • Charles dice:

    Bueno, la televisión puede ser muy positiva si la usamos como medio de educación y no como fin….

    • manuel v. dice:

      Asi es. Información, análisis, debate, cultura y entretenimiento son los pilares de una televisión blanca. La deriva que está tomando es muy preocupante. Lo último no es la telebasura rampante sino los concursos o realitys temáticos que están guionizados y se emiten como si fueran espontáneos: desde los espacios de cocina como el de Chicote al de la comida esa infame entre amigos. La televisión hoy no es un medio de comunicación, información y entretenimiento sino una lacra del espectáculo tóxico y manipulado. No toda. Pero hay mas ganga, mucha más, que mena. Un saludo.

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