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Gente exclusiva

- 28 septiembre, 2019 – 10:094 Comentarios

Hay determinados paisajes urbanos, pueblos o ciudades, que a uno le resulta grato contemplar en su conjunto. Pueden ser casitas blancas, o bloques de viviendas de estética decimonónica.

Pueden ser pueblecitos del Norte o del Sur de España, capitales extranjeras, Nueva York … Estos paisajes tienen algo en común: sus calles no son unívocas, como lo son las promociones de viviendas unifamiliares;sus viviendas son variadas, pero a la vez uniformes.

Desgraciadamente, los pueblos y ciudades de España, fuera de los entornos turísticos, son más bien feotes. En muchos casos, horrorosos. Ya sea por la pretensión del arquitecto de distinguir las fachadas de sus casas, de las de al lado, ya sea porque sus dueños prefieren alicatarla a su antojo. También por fuera la casa es el espejo del alma; y es que los españoles somos así: pretenciosos y exclusivos. El resultado de esta exclusividad expandida, es un esperpento.

Por definición, la exclusividad es incompatible con las masas:la gente exclusiva, ahora y siempre, está vinculada al alto poder económico, sean personajes de títulos nobiliarios – como el Presidente del IE Business School (el “Instituto de Empresas”) – o altos ejecutivos de grandes empresas.Para ellos, adquirir productos de alta gama (sea un reloj, un coche, una vivienda, … o más de uno, de lo que sea) es muy asequible. A veces, aparece alguno de estos personajes en las revistas(como la “Ex” del Marqués de Griñón y Julio Iglesias, o como la hija de la Duquesa de Alba) envueltos por un halo de glamour que a mucha gente le resulta atractivo. Y así, tanta gente hay que quiere parecerse de algún modo a estos modelos de “Photocall”, como si así se contagiara la exclusividad. Lejos de ello, las personas ricas de verdad no hacen ostentación de su riqueza, sino que, tras la valla de la parcela de su exclusiva vivienda, llevan su vida con discreción.

Por mucho que se parezcan, o lo compartan, el medio y las costumbres de las personas de clase alta se distinguen de los que son de los comunes. A aquellos, la “clase” se les nota, son necesariamente exclusivos. Pero el caso de los ciudadanos comunes, es muy diferente. No parecen entender que forman parte de una comunidad, y por eso, desde esa aparente exclusividad desconsideran al prójimo. Creen tener más derechos que deberes, escritos o no (educación, respeto); en todo, han de estar un poco por encima del resto. Sus actos, por indignos que sean, siempre se revisten de la dignidad que creen portar. No es cuestión de dinero: no es que luzcan artículos que estén por encima de su poder adquisitivo real (allá cada cual que se gaste el dinero como quiera); este tipo de gente “exclusiva” se la encuentra uno en todos los barrios.

Al final, la exclusividad no es sino un valor contrapuesto a la inclusividad. El precio que ha de pagar un ciudadano por pertenecer a un medio inclusivo, es pequeño: adaptarse a la comunidad y aceptar a sus miembros (como uno sea aceptado) como iguales. Tampoco es tan difícil, tan solo hay que observar y respetar las normas que son para todos. Es lo que ocurre en las sociedades “civilizadas”.Aquellas sociedades cuyos miembros dan valor a la inclusividad, son sociedades más cohesionadas, más sólidas, más preparadas para competir, más cultas, que aquellas de características similares en donde no se pone en valor la comunidad. Hay un viejo proverbio que dice que “la unión hace la fuerza”. Por eso nuestro país no explota su potencial, porque hay demasiadas desconfianzas, porque no hay voluntad de cohesión. Los españoles nos caracterizamos por ser demasiado individualistas; a muchos, esto les parecerá un motivo de orgullo, pero a mí, todo lo contrario.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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