Mundo “progre”

Tomé conciencia de la palabra progresista, en un sentido político, durante la Transición. No era nueva. De pequeño mi padre me había hablado del progreso como el horizonte al que estaba llamada la humanidad. Nunca le di demasiada importancia ¿Quién en su sano juicio podría negarse al progreso?

Mi padre, y así lo entendía yo, identificaba progreso con el desarrollo científico y las ventajas del mismo para el hombre; él utilizaba la palabra hombre como genérico para referirse a ambos sexos. No entendería que hoy alguien lo tildara de machista por ello.

Recuerdo a Felipe González renegar del marxismo –“Antes socialista que marxista” – Y, poco a poco, utilizar indistintamente socialista y progresista, mientras la palabra izquierda era arrinconada en silencio, apenas revitalizada en las campañas electorales, cuando era necesario un lenguaje más contundente. En poco tiempo el vocablo progresista se hizo preponderante allí donde antes se utilizara marxista, socialista o de izquierda.

El problema era, y es, la dificultad de definir la idea de progreso.

Para unos, el derecho al aborto es un signo de progreso; para otros, una clara involución de los derechos humanos. La ideología de género, que consagra la discriminación legal en función del sexo, es progresismo puro, para unos, mientras otros denuncian un flagrante retroceso del principio de igualdad ante la ley. Que a los niños se les enseñe a descubrir su sexualidad en las guarderías sin considerar su sexo biológico, es, para unos, progreso en estado puro; otros, al contrario, lo consideran reaccionario y anticientífico.

En el programa de un partido socialista, cualquiera sabía, más o menos, qué se podía encontrar, se estuviera de acuerdo o no. Los programas de los partidos progresistas se han tornado poco previsibles, y todo por una sencilla razón: Mientras los antiguos partidos socialistas buscaban mejorar las condiciones materiales y objetivas de las personas, los progresistas se han ido apartando de la materia objetiva, compensando este vacío con la incorporación de aspectos antropológicos, subjetivistas y metafísicos.

De seguir con la tendencia actual, los derechos subjetivos identitarios pueden llevar a reconocer la identidad que a cada cual le venga bien. Si un adolescente afirmara que se siente gato, en vez de que alguien le ponga frente a un espejo y le pregunte dónde está el gato, existe el riesgo de asumir el delirio identitario como un nuevo derecho en lugar de tratar clínicamente al afectado. En caso de que los padres se opusieran al reconocimiento de una identidad patológica podrían ser privados de la patria potestad. No es una hipótesis; sucede ya en países escandinavos.

Las ideologías se organizaron doctrinalmente tomando como referencia a las religiones; en especial, la católica.

En esta secularización, la idea de progreso masónico-liberal es el equivalente a la Tierra Prometida del pueblo judío y, la travesía del desierto, los sinsabores que “el pueblo de Dios” -la ciudadanía- debe aceptar con “cristiana” –ciudadana- resignación. Por eso, los historiadores, cuando no saben cómo justificar barbaridades cometidas en nombre de ciertas ideologías afines, piden al lector que tales barbaridades las analicen con “perspectiva histórica”; no hay mejor forma de lavarse las manos. Para razonar así, es preferible limitarse a exponer los hechos y callar.

Las logias masónicas  hacen gala de virtudes diversas. Suelen coincidir en que son entidades filosóficas, filantrópicas y progresistas.

Dejaremos los dos primeros aspectos para mejor ocasión y nos centraremos en el tercero.

¿Qué es el progreso para la masonería?

El elemento clave de todo buen masón progresista es combatir los dogmas.

Combatieron a la metafísica, circunscribiendo la realidad a la naturaleza física. El problema es que la realidad es dogmática, en el sentido de que está formada por elementos objetivos, es decir, cuya existencia es independiente de los sujetos que conozcan de ella.

El pensamiento liberal-masónico dio un paso más y decidió que la realidad objetiva es un obstáculo para la realización del sujeto. Por tanto, la naturaleza de las cosas debe supeditarse a la interpretación que cada individuo haga de ella, aunque esta interpretación sea cambiante.

La famosa frase de Mayo del 68, “Prohibido prohibir”, define la inconsistencia antidogmática: Sustituir unas prohibiciones por otras; unos dogmas por otros. Además, desde el momento en que la realidad contiene elementos objetivos, es dogmática por naturaleza.

El fundamentalismo antidogmático en que se sustenta el progresismo liberal-masónico conduce inexorablemente a una sociedad desquiciada, pues sólo reconoce la interpretación subjetiva de la realidad.

Tratan de imponer al mundo que la realidad es puro subjetivismo psicologista. En “román paladino”: Que la realidad es la consecuencia de las impresiones agregadas que de ella tengan miles de millones de pollos sin cabeza, antaño considerados seres humanos.

Progreso científico, aparte, el progresismo no es una idea material, es inmaterial, puro subjetivismo.

Un error capital, muy implantado, es relacionar este progresismo psicologista con el marxismo cultural. Es liberalismo puro. Es la individualidad del sujeto llevada a extremos patológicos. Recordemos que desde mediados del siglo pasado el liberalismo socialdemócrata y protestante selló una alianza de hierro con el marxismo cultural y la jerarquía católica cuyo máximo exponente fue el Concilio Vaticano II, con el inexplicable compromiso  de la Iglesia de renunciar a la apologética, lo que dejó el campo libre a la invasión del pensamiento del liberalismo más rancio promovido por las religiones protestantes, que tanto daño están causando en Hispanoamérica.

El mundo “progre” está defendido, promovido e impuesto por los grandes centros de poder económico-financieros y las instituciones supranacionales, comenzando por la ONU. Y su piquete ideológico lo conforma ese “centro” ampliado llamado hoy socio-liberal.

Por eso, el mundo progre lo impregna todo. Y quienes tratan de no empaparse de esta lluvia ácida serán tratados como indeseables.

Efectivamente no los quieren en el campo de juego.

Sin tapujos
Marcelino Lastra Muñiz

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4 COMENTARIOS

  1. Muy buen artículo Marcelino, pero yo introduciría otro matiz.

    Llaman a la actual cultura POS-MODERNIDAD, y se caracteriza fundamentalmente por la de-construcción de mitos religiosos o ideológicos.

    Eso significa (y enlaza con lo que dices) antidogmatismo, y lo que has apuntado muchas veces, FRAGMENTACIÓN.

    Algo así favorece los intereses de quienes consideran que los Estados Nación y los principios morales basados en el pensamiento crítico ponen freno a su satisfacción.

    El marxismo hoy está aliado con eso que llamas Masonería por su común internacionalismo y porque los Estados comunistas desestabilizan políticamente como sus distintas corrientes fragmentadoras (feminismo, animalismo, ecologismo…), por otra parte financiadas como sabemos por George Soros.

    LA MEJOR DEFINICIÓN DE PROGRE Y PROGRESO ES LA QUE HACE JULIO ANGUITA.

    «Insúlteme usted si quiere, pero no me llame progre…

    La palabra progresismo tiene una raíz en el XIX, son los que se enfrentan a la carcunda de Fernando VII. Era meliorativa.

    Hoy la palabra progresista tiene un barniz de izquierdas, pero en el fondo habla de alguien que es profundamente conservador de su estatus.

    El progre es un esnob, un tipo de izquierda en los salones, pero que no quiere darse cuenta de que la vida es muy dura. La progresía es algo perjudicial para un movimiento de cambio.»

    https://www.elmundo.es/cultura/2016/08/29/57c31c0ce5fdea112f8b4580.html

  2. Marcelino, desde 1978 nos hemos dotado de una serie de derechos y deberes que solo han sido posibles gracias al progreso.

    Desde 1978 hemos ido dejando atrás prácticas ancestrales, burras de cojones, para ser una sociedad mejor.

    Que ahora vengan cuatro cavernícolas a decirnos que ser «progre» es malo es de jajá.

    Si ellos quieren volver a la cueva, es su puto problema. Pero a los demás que nos dejen seguir avanzando.

    Yo no quiero que ninguno de ellos siga siendo un rancio, pero que me dejen a mi no serlo. Si quieren respeto, que empiecen por respetar. Y si no, que se vayan a la cueva.

  3. De la misma manera que el frío no existe más que como la interpretación de una realidad física por parte de nuestros sentidos, el conservador cree que el mal no es más que una interpretación moral de la realidad. Para el progresista, el bien es el estado natural del ser humano…..

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