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Decor-Nadal

- 5 diciembre, 2019 – 11:41Un comentario

Cada vez más la Navidad y las Navidades, como fiestas que trazan la rememoración de la Natividad cristiana y del cambio de año, viven una suerte de estetización exagerada.

Fruto de los tiempos y fruto de la alta estilización social programada y de la proliferación atolondrada  del estilismo por doquier. Baste observar como síntoma de esa extensión, la proliferación incontable de establecimientos con contenido implícito del llamado Estilismo como reclamo universal. Que no dejan de encubrir a las antiguas peluquerías, que ahora se han incrementado en sus cometidos con tratamientos faciales, masajes, manicuras y similares, para componer el constructo denominado Estilismo. Algo parecido podría decirse de los renacidos GYM, que no encubren sino gimnasios y salas de musculación, reciclados y ornamentados con máquinas 3D para ejercitarse y ganar físico y glamour. Dando lugar a ese espléndido renacimiento de lo físico y de la cultura física por antonomasia.

Recorrido de exaltación que no se limita a los cuerpos, sino que regatea por las casas y viviendas, buscando rincones ocultos, manteles de la abundancia y pasillos diversos súbitamente iluminados, que debe ser decorados y enfatizados en un raro brillo, que contradice la grisura de los días con menos horas  de luz de todo el año. Pero todo ello ya es parte argumental de unas fiestas que se han desnaturalizado a medida que se han americanizado. Han perdido la austeridad pasada a medida que se han mostrado más laicas que nunca, y han conseguido transformarlas en un festival del consumo. Baste observar los dispendios de todo tipo que realiza la primera dama de la Casa Blanca, año tras año, y ya van dos de pleonasmo decorativo. Todo ello por imaginar un País-de-nunca-jamás, donde el empalago no sólo edulcora los sentimientos embotados, sino que adormece las entendederas.

El círculo temático del apogeo de lo físico-ornamental-edulcorado no se limita a las personas y a sus bienes próximos, sino que llega a centros de trabajo, centros comerciales, centros sociales y medios de comunicación; donde florecen guirnaldas imposibles, viandas no menos imposibles y dosis de felicidad enlatada por toneladas. Triunfo de lo ornamental-pasajero y de cierto pleonasmo kitsch, como demuestran los concursos de escaparatismo –que algunos consideran ya como una nueva forma artística o como un performance de efectos reales– promovidos por instituciones comerciales, Cámaras de Comercio y entidades financieras.

Incluso la ola de complacencia y autobombo de estos días ficcionales y cada vez más ficticios, llega a las ciudades mismas, que pugnan en estos días prenavideños por una ornamentación luminosa desproporcionada –al menos en las zonas centrales, las más comerciales y las más representativas– que contradice los buenos propósitos de reducir la huella de carbón que predica  la COP 25, y apalea los presupuestos municipales a los que todos contribuimos.

Es tal el debate sobre lo ornamental-iluminado, que las grandes ciudades rivalizan en el dispendio luminoso y en el consumo injustificado de kilovatios, para dar a entender una rara suerte de poderío ¿energético? Y de primacía urbana. Ahí están, por ejemplo y por mal ejemplo, las carreras precipitadas de Málaga por superar a Vigo –que presume de ser la ciudad mejor iluminada del mundo–; y la rivalidad por los pesebres abstractos que plantan en Barcelona en la misma Plaza de San Jaume, decoradores y escenógrafos nacionalistas, con la colmatación celestial del imaginario luminoso madrileño, donde compiten actores de muchos postín con arquitectos reciclados en la órbita de la estratosfera municipal. Y es que no hay corporación municipal recién posesionada, que no pretenda dejar su huella y su firma sobre el imaginario ornamental de la ciudadanía en estos días helados a la par que calurosos. Como demostró en 2015 la cabalgata de Reyes de Madrid montada por la corporación dirigida entonces, por Más Madrid.

La otra resultante de todo el marasmo decorativo-municipal-navideño, es el factor repetición y la profunda similitud que se repite a lo largo y ancho, como un eco de tendencias. No vayan a creer en innovación alguna. Lo que se ensayó el pasado año en Madison square, en Place Vendôme o en Picadilly Circus como primicia superior y excelsa, al año siguiente se ha extendido como una plaga ornamental por plazas urbanas incontables e impensables de todos los lugares imaginables. De lo cual se encargan de dar salida y eficacia, los industriales periféricos de orlas, banderolas y todo tipo de baratijas susceptibles de ser iluminadas y colocadas como tótems de una nueva religión o de una nueva secta. Ya sean esferas gigantescas que en la noche parpadean con mensajes de paz; conos enormes que asumen el esquematismo geométrico de un abeto como emblema pasado de cierta Navidad y triángulos misteriosos, que no se saben a qué o a quién representan. Todo ello en la medida en que los viejos emblemas navideños de pesebre, villancico y misa del Gallo, han cedido su lugar a una escenografía que a veces resulta indescifrable, atormentada y muy enfática. Pero eso sí, muy decorada y muy costeada.

Periferia sentimental
José Rivero

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