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Belleza, verdad y bondad (1): el Museo del Prado

- 12 diciembre, 2019 – 11:402 Comentarios

Con ocasión del ducentésimo aniversario de la apertura del Museo del Prado – en noviembre de 1819 – se han realizado distintos documentales que se han podido ver recientemente en el cine o en distintos canales de televisión.

A los célebres largometrajes sobre biografías de distintos pintores como Van Gogh, Touluse Lautrec, Goya o Miguel Ángel, siguieron las que toman como protagonistas a las propias pinturas de Caravaggio, Goya o Van Gogh. Estas películas sobre el Museo del Prado van un poco más allá: el Museo no son ya el edificio y su contenido, sino las personas que allí trabajan: guardias de seguridad, restauradores, expertos en historia del arte, mozos de almacén … y las historias, la de sus cuadros, la del museo y la de España. No habría de extrañarnos: la evolución de las artes plásticas ha recorrido un camino similar, desde la ilustración de los evangelios, al ensalzamiento del paganismo, al realismo de figuras y modelos retratados, para terminar más o menos como al principio, buscando en el arte moderno los recovecos del alma.

El arte, incluso las obras de “arte por el arte”, sirve a un propósito. El más primario es el ocio, aunque el arte también tiene una función social que no hay que desdeñar.Arquitectos, pintores, orfebres – todos artistas o artesanos, sirvientes de la nobleza – daban lo mejor de sí para crear obras de la mejor calidad, que incluso han logrado trascender su propia época para convertirse en clásicos. La música de cámara, la que componían los compositores de cámara, o de la corte, era un placer al alcance de muy poca gente, aquella que podía pagar a los mejores músicos a su alcance. Hoy en día, los reyes no contratan músicos para escuchar en sus veladas públicas o privadas (ya no son imprescindibles), sino las administraciones públicas…pero dejemos la digresión en este punto. Evidentemente, la obra de arte era un signo de poder y distinción de sus promotores. Todo centro de poder se significaba – y se sigue significando – a través del arte: en España, en Francia, en Italia, en Inglaterra, en Rusia, en EE.UU. La colección de la pinacoteca del Prado se inicia con la colección del Emperador Carlos V (Carlos I de España) y se amplía con los herederos de las casas de Austria y Borbón. No puede obviarse que los territorios del sur de Italia y Flandes (donde estuvieron las escuelas de pintura más importantes de nuestro mundo) formaban parte de la Corona española. Quien tuvo, retuvo. Así, el Museo del Prado sigue cumpliendo esta función, la de rivalizar con las grandes pinacotecas del mundo (la de ponerles difícil que superen esta colección), la de poner en valor a los artistas, a la historia y al poder y esplendor pasado de la nación española.

¿Y qué significa, en definitiva, el arte? Leon Tolstoi lo ilustra en su ensayo ¿Qué es el arte?haciendo referencia a lo que dicen numerosos pensadores desde el s. XVIII (aún observando la evolución del pensamiento a lo largo de dos siglos): Propagar, a través de lo bello, lo verdadero (¡una verdad!) que inevitablemente ha de conducir a lo bueno (el ideal de “belleza”). Algo que entienden hasta los animales. Pues en definitiva, éste es el trasfondo encriptado del arte clásico.Por eso no se escatimaban recursos para transmitir el mensaje por esta vía.

Volviendo al Museo del Prado. El Museo es la “joya de la Corona” del arte español, y por eso debe ser modelo de referencia para otros espacios expositivos similares. Su principal reto es absorber el impacto del amplísimo número de personas que lo visitan a diario. Renovarse o morir. Los espacios expositivos han evolucionado con el tiempo, han ampliado el foco de interés, desde lo que fue la mera colección de objetos, hasta hoy; se cuida al máximo el entorno para que el objeto de la exposición resulte más atractivo: la luz, el color, la disposición, el criterio de ordenación, el aspecto didáctico … son fundamentales. Todo ha de ser un espectáculo, en tiempos en que el valor de las cosas reside en su espectacularidad. Lo que en otras áreas podría resultar artificioso, en el caso de los museos resulta imprescindible para conseguir que la experiencia sea lo más gratificante posible. De este modo,los museos no solo ponen en valor los objetos que contienen, sino el propio espacio del museo y la población que los alberga; son incentivos de interés para atraer a visitantes, y – junto a la monumentalidad de los espacios públicos – dan una categoría a las ciudades que otros incentivos turísticos (como bares y restaurantes, tiendas o lucecitas navideñas) no puedan lograr. Lo que muestran los museos proporciona otro nivel de satisfacción, diferente de otros placeres inmediatos. Claro, que eso requiere una predisposición del visitante.Ampliar el número de museos y su número de visitas son los principales retos de pueblos y ciudades. Hoy en día, el objetivo del museo, especialmente en los museos humildes, no puede ser otro que la revalorización de la cultura y el pensamiento.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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