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Callejero floral, callejero santoral

- 17 diciembre, 2019 – 21:133 Comentarios

A mediados de los años cincuenta, Julián Alonso –el que fuera más tarde, nombrado como Cronista local en 1954, junto a Emilio Bernabéu– trazaría en las páginas del diario Lanza, varios asuntos callejeros de su interés.

Como fueran algunas plazas y plazuelas.

Y como fuera el llamado por él:Callejero floral.

Asuntos que, en buena media, componían otra suerte de diario anómalo de un paseantemelancólico.

No sé si perdido, pero si divagante, en un anticipo de mi personal extravío del Divagario.

Que es otro diario anómalo y extraviado.

Y en esos recorridos urbanos Alonso recogía, como un recolector floral cualquiera, calles atravesadas por su nombre botánico y por aromas enroscados en las paredes.

Que más tarde enlazaba con la cuerda de la memoria para componer un ramillete de gavillas de escritos, hoy olvidados.

De ese denominado Callejero floral, recogía Alonso, las piezas de los Alamillos –Bajo y Alto–, la Rosa, el Ciprés, el Clavel, el Espino, la Zarza o el Jacinto.

Sin llegar a conclusión alguna en la denominación de esas calles perfumadas, al menos nominalmente.

Otras veces los nombres adoptados, señalaban presencias anteriores de masas vegetales o de cuerpos forestales.

No llegaría Alonso a ver el cambio de nombre de las calles de la Ciudad Jardín, realizado a tono con  el nombre propio del barrio, operado ya en 1980.

Dejando de lado a los generales victoriosos de la Guerra Civil, para volver las calles al redil de la botánica.

Razón que le habría servido para seguir callejeando y meditando en vías si no aromatizadas, al menos sí nominadas por la botánica.

Y así sería con Robles, Sabinas, Madroños, Quejigos o  Encinas.

Años más tarde de todo ello, y con los crecimientos del callejero, la nómina se ampliaría con las denominaciones de las calles del barrio de Los Rosales, al sur de la ciudad.

Barrio al que dieron forma y nombre varias urbanizaciones botánicas, como Las Orquídeas, Los Alisos y Los Girasoles.

Y así el callejero se incrementaría con nuevos nombres como Romero, Tomillo, Arándano, Enebro, Brezo o Lentisco.

Ahora denominadas en singular como al comienzo del Callejero floral, cuando antes en los 80 se había optado por aplicar el plural.

Sin solución de continuidad con lo anterior, me vi una tarde turbia y otoñal de Divagario, extraviado y rodeado por calles nominadas con nombres propios del santoral y de la corte celestial.

Casi como una aparición en el crepúsculo ahumado.

Transitando, como un aparecido del pasado religioso y ya disminuido, de la Ciudad Vegetal a la Ciudad de Dios.

Y no me pregunten por qué, ni como ocurrió todo ello.

Ni tampoco por qué vinculo las flores con los santos y vírgenes.

Así me encontré con las calles de Santa Teresa, San Antón, Juan de Ávila, Inmaculada Concepción, Cristo de la Caridad, Santiago y San José.

Y pensé en la presencia –no sé si abundancia para los laicos– del que podríamos llamar Callejero santoral –aunque no todos los nominados por las placas urbanas cuenten con las tres estrellas del escalafón del santoral–.

Otra cosa será la movilidad que se presenta y se promueve desde el Vaticano en esa suerte de panel, que va de la Beatificación a la Canonización, sin olvidar los estados previos y preliminares del escalafón.

Calles con nombres de Obispos, he contado hasta tres.

Calles/plazas/jardines con nombres de Papas, nuevamente tres.

Un diseminado de frailes: Fray Hernando y San Martin de Porres/Fray Escoba.

Una advocación para la patrona de artilleros –de cuando hubo cuartel de Artillería en la plaza– en honor de Santa Bárbara.

Una particularidad, al atravesar Rondas, para la viajera Virgen de la Esperanza.

Aunque la calle sólo se denomina como Esperanza, sin más atributos.

Dejando la duda de la designación, si la virtud teologal o si la Virgen vestida de verde esmeralda.

Por no citar el monopolio concentrado de calles con nombres de Vírgenes que adornan el Barrio del Pilar, promovido por el gobernador azulado y falangista Jacobo Roldán.

Carrasca, Viñas, de los Santos, Fátima, Begoña, Virgen del Prado, Santa María de Alarcos, de la Blanca y de la Estrella.

Vírgenes de devoción y de proximidad popular.

Calles del monte botánico y calles del monte santoral.

Como un paisaje de otoño, más gris que verde pese a todo.

Por no citar las peticiones de más callejeros de advocación religiosa (un conocido párroco, una Virgen y un Crucificado), como las que hace un piadoso blog local.

Pero no solo España. También Portugal en pueblos y ciudades.

Y ¿qué significan, además, esos pueblos desviados con nombres y advocaciones de santos y santas, de patrones y patronas?: ¿lugares imaginarios?, ¿lugares piadosos?, ¿la patria natal del santo o de la santa?, ¿el enclave del milagro?, ¿centros espirituales y de piedad?, ¿lugares penitenciales, centros de peregrinación?

Así: Espiríto Santo, Sao Bras, Trinidadeo Santa Iria, son algunas de esas posibilidades que relatan y marcan los mapas portugueses.

Pero también España tira del santoral en la toponimia.

Mucho San Vicente al norte de Talavera de la Reina (con Hinojosas y con el Real); más al norte incluso unos Arenales del Santo Pedro. Son preferibles, pues, otras formas laicas de designar el medio y sus accidentes físicos: La Calzada, Las Ventas, La Nava, Robledo, Montesclaros, Perceveira, Mourao, Vila Nova de Milfontes, Montemor o Alfarelos. Pero también Bonales del Barranco del Chorro, Sierra del Hontanar, Arroyo de Valdelamaderay Morro de la Parrilla.

José Rivero
Divagario

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