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Un banco en el parque (1)

- 25 diciembre, 2019 – 11:482 Comentarios

A finales de septiembre, las hojas empiezan a alfombrar el verde suelo del parque. Los niños juegan en los columpios, los corredores miran el reloj a la misma hora y paran a descansar en el mismo lugar todos los días, los que pasean a los perros se juntan en la misma zona para charlar con otros en su misma situación, los que caminan una hora ya saben dónde encontrarse para que el paseo se haga más ameno. Todo el parque es una coreografía muy bien ensayada. Nadie se atreve a romper la rutina, la costumbre del día a día.

¿Nadie? Esa tarde se vio una cara nueva, que avanzaba sin rumbo por el paseo central. Sorteó a los perros que corrían libremente, no oyó los gritos de júbilo de los niños al arrastrarse por el tobogán e ignoró las conversaciones de dos señores mayores que le adelantan por la izquierda. Miró el reloj y suspiró. El plan parecía más emocionante cuando lo pensó. Vio un banco vacío frente a unos árboles y se sentó en el centro. David no sabía si escuchar algo de música para no romper el silencio que allí reinaba. De repente, un ruido de hojas secas hizo que mirase hacia abajo. Justo enfrente de él, una ardilla lo contemplaba. David sonrió. Nunca había visto una tan cerca.

«Hola, chiquitita. ¿Has venido a saludarme?». La ardilla lo siguió mirando fijamente. «No me mires así, solo me quedaré un rato y no te molesto». Miró de nuevo el reloj, pero comprobó que todavía le quedaba una hora al menos para que Olivia, su mujer, saliese de casa para ir al taller de pintura. La ardilla inclinó la cabeza. «Ya, ya lo sé. Debería aprovechar lo poco que coincidimos en casa para estar con ella». Pero cada vez le costaba más conversar con ella. David no sabía cómo el silencio se había ido apoderando de ellos. Los pocos momentos que coincidían apenas hablaban. Tal vez un apunte sobre algo que faltaba por comprar, un recordatorio de alguna comida familiar o alguna sugerencia para ver una serie. En eso se resumían los últimos meses juntos. La ardilla seguía quieta.

David notó que alguien se sentaba en el lado izquierdo del banco. No se atrevió a mirar. Seguía embelesado por el animal que no huía. Por el rabillo del ojo, entrevió una falda gris de uniforme escolar y unos leotardos oscuros. Los pies se movían nerviosos.

De repente, la ardilla cambió de posición. Se colocó enfrente de la nueva inquilina del banco. La miró fijamente, como había hecho antes con David.

«Hola, preciosa», pensó Nora, mientras dejaba la mochila en el suelo. La ardilla ladeó la cabeza. Nora sonrió. Le recordó a Victoria cuando aún «lo suyo» no existía. Así lo llamaba para no darle el nombre que era. Recordó a Victoria el primer año de instituto. Tan alegre, tan simpática, dispuesta siempre a colaborar y a participar en todo. Era como esa ardilla que ahora la miraba. Los ojos vivaces siempre observaban todo. Pero esos ojos curiosos no vieron que llegaba el terror. Porque nunca se ve venir, aunque se intuya.

«Si yo ahora cogiese una piedra y te la lanzase a la cabeza, ¿saldrías huyendo? ¿O te quedarías parada como estás ahora, preguntándome por qué con la mirada?». La ardilla irguió la cabeza. «La culpa es de ella. Si le hacen todo eso, es porque ella lo consiente».

Nora notó cómo el hombre de al lado se acercaba un poco más hacia ella para dejar hueco a uno nuevo. No le miró a la cara, pero supo que era un hombre, por los pantalones grises y los zapatos que llevaba. Su padre había tenido unos iguales, aunque nunca los llevó tan sucios. La ardilla se movió despacio hacia el nuevo espectador. Se puso frente a él y lo miró.

A Bruno le hizo gracia ver a la ardilla venir hacia él, como si quisiera saludarlo y recibirlo en ese su gran hogar. No llevaba nada en los bolsillos para ofrecerle. Tampoco lo permitían las normas del parque. La miró. «Hola, bichejo. ¿Llevas el día aburrido como yo?». La ardilla ladeó de nuevo la cabeza, sin dejar de mirarlo. Bruno sonrió con tristeza. «Bueno, tú estarás más ocupada. Seguro que buscas comida y encuentras algo. Yo busco trabajo y no encuentro nada. Que soy mayor, dicen… Por eso me he venido al parque, quizás es lo único que puedo hacer por edad. Venir a ver ardillas». El pequeño animal volvió al centro, enfrente de David.

«¿Ahora me prefieres? ¿Te has cansado de ver a los otros dos?». Eso mismo pensaba él de Olivia, que se habían cansado ya de verse, de tocarse, de besarse, de escucharse. Recordó los primeros años, los bailes que nunca acababan, los desayunos tardíos después de estar toda la noche despiertos, los fines de semana de escapadas imprevistas. No sabía cuándo dejaron de hacerlo, no recordaba cuándo empezaron a planear todo: día de sexo, día de serie, día de pizza, día de ir a ver los padres, día de deporte, día de museos, día de salir a comer fuera… y todos ellos eran días de silencios.

Después la ardilla se colocó enfrente de Nora. Pero ella no quería mirarle a los ojos, porque veía los de Victoria que la miraban por debajo de la puerta del baño. Los ojos que gritaban, que pedían ayuda, los ojos de Nora cerrados para no ver el horror, para ignorar el auxilio desgarrador que las lágrimas de Victoria dejaban caer mientras le hacían «lo suyo». Así lo llamaban las demás. Así lo llevaba oyendo durante tres años. «Te mereces lo tuyo». «Te vamos a dar lo tuyo». «Cuando te chivas, estás pidiendo lo tuyo». Pero Nora no acababa de entender qué es eso «suyo». Las humillaciones, los golpes a escondidas en los baños, perseguirla hasta su casa y darle patadas en las espinillas. La ardilla bajó la cabeza. Nora creyó que la escuchaba pensar y se avergonzaba de su postura.

El animal peludo se fue a la otra punta. Bruno ya no la miraba. Se quedó ensimismado, sin mirar hacia ningún sitio. «Se lo tendré que decir, la indemnización se acabará y se dará cuenta de que no tenemos dinero en el banco». Pero no quería decírselo aún. Confíaba en su experiencia, en su buen hacer, en su capacidad para aprender. Pero, en cuanto veían su fecha de nacimiento, no lo llamaban, no es lo que buscaban. Y él no podía cambiar eso, no podía mentir sobre eso. Intentaba hacerles ver que podía ser una ventaja. Pero no, lo tenían claro, era un filtro más para desechar gente. Cuatro dígitos hacían imposible una entrevista más.

La ardilla se echó un poco hacia atrás. Miró a los tres y se marchó. David, Bruno y Nora, sin decirse nada, se levantaron y se marcharon cada uno por distinto camino.

Al día siguiente, David llegó a la misma hora al banco del parque. La ardilla miraba a una señora mayor, en silla de ruedas. Su cuidadora estaba sentada en el banco, con las manos cruzadas sobre su regazo. Él se sentó en el centro. No se saludaron. La ardilla entonces cambió de lugar y se puso frente a él. Lo miró.

«Amiga, hoy tengo un ratito». Dentro de media hora, Olivia se irá al gimnasio y después de vinos con amigas. Puede que se cruzasen en el garaje a lo sumo. La ardilla volvió a colocarse enfrente de la señora mayor. Esta la miraba embelesada. Le gustaba el animal, cómo se movía, se contoneaba al ritmo del Bolero de Ravel que Iris tarareaba en su cabeza. Miró las rodillas tapadas con una manta fina de cuadros. Esas rodillas que bailaron en los mejores teatros por todo el mundo. La derecha es la que falló en el salto en Londres y se acabó. Volvió a casa, herida, derrotada, y se rehízo siendo una madre de familia al uso. Cuatro hijos, un marido rico y fiestas con gente adinerada. Pero el vacío que dejó el baile nunca se llenó con nada de eso. Ahora era anciana, sin movilidad, y solo tenía relación con Anita, que la cuidaba como si fuera su propia madre. Sus hijos apenas la llamaban porque no tenían tiempo, no venían a verla porque tenían que trabajar, cada uno en una punta del mundo y ella en su lujosa casa sola. «Con Anita». Anita no miraba a la ardilla. No le gustaba mirar hacia abajo. «Bastante miraron mi madre y mi abuela». Ella contemplaba el cielo azul que se perfilaba entre las hojas doradas. Le encantaba la ciudad. Tuvo suerte de encontrar ese trabajo. Iris era buena jefa. Procuraba hacer todo lo que podía ella sola, excepto acostarse y el baño. Por lo demás, se manejaba muy bien dentro de su casa. Ella fue la que le animó a matricularse en la universidad. «Venga, Anita, si eres muy inteligente». Su padre también se lo decía a menudo. Estaba contenta con los estudios. Había conocido gente nueva, de fuera del barrio, y había hecho un buen grupo para salir. Ella se sentía una más. Y, como no miraba a la pequeña ardilla, esta se fue al otro extremo, donde acababa de sentarse Nora.

«Hola, pequeña ratilla. ¿Cómo ha ido el día?». La ardilla ladeó la cabeza. Nora se fijó en el pelaje marrón que asomaba por detrás de la diminuta cabeza y recordó la escena del baño de nuevo. No había dormido apenas. Se levantó varias veces durante la noche decidida a contárselo a sus padres. Ellos sabrían qué hacer. Pero, al llegar a la puerta del dormitorio, no se atrevió a entrar. Ella ya había tomado esa decisión hace años. Pasar desapercibida y que no la molestasen. Victoria debería haber hecho lo mismo. Pero, claro, ella no podía hacer lo mismo porque las burlas se dirigían a ella. Nora, en vez de ayudarla, decidió callar. Y con el paso del tiempo dejó de mirar, de verla. Cuando a Victoria le quitaban la ropa y tenía que andar en bragas por los pasillos porque se la habían tirado en el contenedor del comedor, ella volteaba la cabeza. Si no lo veía, no existiría. Se pueden cerrar los ojos, no los oídos. Las risas, las burlas, los «depílate, gorda» o los insultos traspasaban cualquier muro invisible que Nora hubiese construido para evitar verlo. Y Nora calló mil veces. Las mismas que Victoria se inventaba cualquier excusa para justificar esas situaciones ante el director, sus padres o los profesores. Hasta que Victoria pasó a ser la rara, la extraña, la loca, la que se cortaba el pelo a trasquilones «porque me apetecía», la que paseaba medio desnuda «porque tenía mucho calor», la que quemaba los libros de texto en el patio «porque me aburre estudiar».

La ardilla se movió hacia Iris. Sus hijos le habían dicho que las próximas navidades vendrían si falta. Ella ya le había dicho a Anita que haría muchas fiestas, invitaría a los amigos de siempre, «los que queden vivos, claro», reservaré un palco para ir a la ópera con ellos como cuando eran pequeños, «habrá que ir comprando ya regalos», aunque estaban en septiembre que acababa ya, octubre pasaría rápido y luego, con nieve, ya era complicado que Anita la empujase en la silla. Además, en diciembre Anita tendría los primeros exámenes y no quería quitarle tiempo para estudiar. Estaba tan emocionada por ese encuentro familiar tan ansiado…

Notó que Anita se juntaba más hacia ella. Alguien había llegado. La ardilla fue corriendo y se colocó frente a las nuevas piernas. Nora vio que eran los zapatos del día anterior, un poco más limpios.

«Hola, bichejo. Poca comida recoges si nos miras así…». Bruno estaba más animado. Un antiguo compañero le había dicho que a lo mejor en su empresa podía haber un puesto para él, que no confiara mucho porque, ya se sabe, la edad es una desventaja. «Si puedes hacer algo…», le dijo con voz suplicante. Él pidiendo un favor, si su mujer se enterara. Ella siempre contaba tan orgullosa que se habían hecho a sí mismos, que estaban donde estaban con mucho sacrificio, trabajo y esfuerzo. Pero todo eso de nada sirvió a la hora de despedirlo. Y él no se veía capaz de decirle la verdad.

La ardilla empezó a ir de un lado a otro. Paraba poco frente a cada uno, pero siempre les concedía unos segundos. Los pensamientos siempre van mucho más rápido que las palabras, siempre.                

La ardilla se fue. Nora cogió su mochila del suelo y se marchó. Anita quitó el freno de la silla de Iris y se fueron sobre las hojas doradas. Bruno se sacudió los zapatos y desapareció sin decir nada. Y David se quedó un rato más, hasta que vio que el reloj marcaba la hora en la que Olivia estaría ya fuera de casa. Se levantó y desapareció por el camino más oscuro.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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