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Belleza, verdad, bondad (3): El mecenazgo actual

- 5 enero, 2020 – 12:235 Comentarios

Las artes plásticas y escénicas han dejado de serpropios solo de la Iglesia, la aristocracia, o la burguesía, para extenderse a la sociedad en su conjunto, la cual contribuye con su interés a su presencia y mantenimiento.

Ya no hay trabas económicas,la adquisición de reproducciones a bajo precio, o incluso gratuitamente, permiten que el acceso al arte pueda ser universal, y que los ciudadanos conozcan su aportación a la educación, a la cultura, al respeto y a sus valores (belleza, verdad, bondad). Pero aun siendo cierto, la función del arte y su relación con la sociedad distan de ser idílicos.

Para que haya demanda de arte, y forme parte de la vida cotidiana de los ciudadanos, es preciso que haya una presencia continua y renovada de hechos artísticos, de estilos anteriores y recientes. Esto solo es posible en áreas urbanas pujantes o con alto número de habitantes, lo cual excluye a la población de las zonas rurales, o de pequeñas poblaciones;por lo que aquíel arte se convierte en una realidad ajena. Tampoco hay que pertenecer a una élite de entendidos: el objeto artístico (en cualquier forma de expresión) trata siempre de transmitir algo, y debería bastar un nivel básico de educación para entenderlo mínimamente.Una orientación, un conocimiento previo del fenómeno, sirve para que la contemplación sea provechosa; lo cual se puede suplir con una actitud atenta que nos permita captar al máximo los detalles de la obra, y esto solo se logra con la “inmersión” (todo lo cual nos retrotrae al punto inicial: hace falta presencia continua y renovada).

La obra de arte exclusiva es un bien patrimonial; pero el concepto de Patrimonio se ha ampliado de una manera interesante: si antaño significaba un conjunto de bienes muebles o inmuebles de propiedad privada, hoy también se entiende como un conjunto de bienes públicos, materiales o inmateriales. A diferencia de las instituciones privadas (que lógicamente buscan la rentabilidad y el beneficio propio), la razón de ser de las administraciones públicas es velar por el bien común.  El poder político también propaga su bondad y su verdad con el auxilio del arte: la recuperación del Patrimonio, las salas de exposiciones, la rehabilitación de edificios emblemáticos, o la construcción de edificios civiles singulares, sirven para dar lustre a las poblaciones y a sus gobernantes. No obstante, la oferta de arte que se hace a la población (así como las promociones y subvenciones a sus productores) tiene más que ver con satisfacer su ocio que con el fomento de la cultura, la tradición o el arte contemporáneo – cuestiones éstas que, debiendo ser primordiales, estructurales, devienen en coyunturales. Un objeto de consumo fácil. Al fin y al cabo, el poder político debe ser revalidado por ciudadanos satisfechos con la gestión. No es de extrañar que en la oferta de teatro, abunden la comedia moderna y el teatro infantil; o que la música seria tenga poco hueco.

No solo la taquilla, o la subvención: el mecenazgo (y el “micromecenazgo” – o colecta, o crowdfunding) debería servir para que la sociedad tuviera la oportunidad de decidir su forma de contribución al sostenimiento continuo y la promoción del arte y sus artistas. Pero la Ley de Mecenazgo española limita quiénes pueden ser destinatarios de aportaciones, qué condiciones tienen los donantes y qué beneficios obtienen. El mecenazgo artístico solo cabe a través de donaciones a fundaciones. Éstas, a través de su propio concepto de belleza, verdad y bondad, modelan la oferta que, en tiempos tan opresivos como los actuales, tienen un trasfondo político.Por otra parte, la prevalencia de las compañías profesionales sobre las asociaciones sin ánimo de lucro (sean como formas de participación ciudadana, como oferta poco comercial, o como entidad que aún no alcanza algún tipo de requisito para lanzarse a la profesionalización), limitan mucho las posibilidades de oferta de éstas últimas.

El arte en la economía liberal, al término de la segunda década del siglo XXI,no trata de reflejar belleza/ verdad/ bondad a través de un estilo artístico más o menos “a la última”.Cumple la misma función social que antaño, aunque la “verdad” que hay tras la obra de arte esté despojada en gran medida de su valor humanista y prevalezcan en ella otros valores.En un tiempo en que hay que pagar hasta por el más mínimo servicio, las aportaciones económicas de los mecenas no pretenden en última instancia un fin altruista, una bondad, sino desgravar impuestos. La verdad implícita que hay en las actuales obras de arte de gran dimensión, es similar a la que representan el valor de las propiedades inmobiliarias o las embarcaciones de recreo privadas de sus promotores: la de la ostentación del poder adquisitivo.

Los diseños de rascacielos que albergan las entidades financieras, en Madrid, Barcelona, Londres o Singapur, rivalizan entre sí como en otros tiempos rivalizaban los palacios suntuosamente decorados de las cortes europeas. Las cifras astronómicas que alcanza el mercado de la pintura en las subastas (sin que se conozca la identidad del comprador), no depende de la belleza de las obras: la obra de arte se convierte en un objeto económicamente muy rentable y que es susceptible de transacciones. Ya no es preciso tener en nómina a los mejores artistas del momento, se compra lo necesario.El valor de las cosas depende más de su singularidad que de su valor humanista.  Esa es la paradoja del mundo.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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