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Guantes

- 23 marzo, 2020 – 14:286 Comentarios

Los guantes tienen una doble genealogía que complica su percepción y su entendimiento.

Son tanto signo de distinción y de caballerosidad, como referencia de protección para las manos esforzadas de los trabajadores, obviamente llamados manuales.

Entre el guante erotizado de Gilda y los guantes que se arrojan a la cara del rival, para retarle en duelo, hay la misma distancia que entre la guanteleta caballeresca de cota de malla y los guantes blancos papales con el anillo colocado por fuera del revestimiento de seda vaticana.

Por no decir nada del nacimiento de lo que hoy conocemos como guante quirúrgico, introducidos por el médico vienés Semmelweis en el siglo XIX.

Por no citar las manoplas de herreros y de otros oficios esforzados, que trabajan en condiciones complicadas para la integridad de las manos.

Como pudiera pensar el niño protagonista de esa memorable película de 1953 ‘Los 5.000 dedos del doctor T’ de Roy Rowland.

La obsesión de los alumnos de piano del profesor Terwilliker por mejorar su técnica pianística, da rienda suelta a la fantasía del niño atormentado.

Quien piensa que con 5.000 dedos podrá tocarse el piano de forma extraordinaria.

Claro que ello daría, por el contrario, dificultades extraordinarias para encontrar un guante a tono de esa mano elefantiásica y deformada por tantos deditos.

Hacer un guante para esa extremidad, sería una proeza inmensa.

Un guante con 5.000 apéndices colgando.

Desde el día 13 de marzo en que se decretó el Estado de Alarma, por parte del Gobierno de Pedro Sánchez, he tratado de comprar los habituales guantes de nitrilo que gastábamos en casa.

Habituales en tareas domésticas de limpiezas diversas y de variadas tareas de jardinería, de bricolaje o de pinturas aficionadas y artísticas.

Pero no lo consigo de ninguna de las maneras.

Y estoy desguantado y desconcertado.

No sé si el efecto bumerán de la capacidad de aislamiento de los guantes han acabado con sus existencias comerciales.

Pero vengo observando que las papeleras de los centros comerciales rebosan de esos utensilios tan demandados.

Igualmente, los veo tirados por las aceras de la ciudad, una vez verificado el único uso y completada la demanda creciente.

Sobre todo, desde que se lo vieran a la Ministra de EducaciónCelaá y alaexministra Valerio en la manifestación del 8 de marzo.

Enguantadas de nitrilo y manifestándose.

Ajenas a la pandemia que se cernía sobre todos.

Como medida de protección o de reivindicación.

O como medida de distinción, según ha respondido la otra ministra desguantada, González Laya.

Se trataba, dice ésta última, de llevar encima algo morado: gafas, pañuelo, bufanda o guantes de nitrilo.

Pero lo cierto es que el efecto inducido por las ministras enguantadas ha agotado la existencias de guantes en todos los supermercados.

He llegado a preguntar a algún almacenero la paradoja de encontrar las estanterías vacías y las papeleras llenas.

Y su respuesta ha sido que no sabe de dónde sacan los guantes.

Aunque quizás la respuesta esté en la explicación que daba este domingo Montero Glez, en su trabajo La pandemia y los trastornos delirantes.

Decía que “Cada vez que las autoridades aparecen en los distintos medios para hacer un comunicado, el papel higiénico se agota”.

No se sabe si como una ley de Murphy o como principio del cabreo sostenido por los ciudadanos.

Pero lo cierto es que faltan guantes, tanto como papel higiénico.

Y no digamos nada de las mascarillas, reclamadas por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

Me apuntan una solución para la crisis de suministro los guantes.

Pero me callo por no dar malas ideas.

José Rivero
Divagario

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